Linaje Defectuoso (AJ Docker 2) CAPÍTULO 1
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Linaje Defectuoso (AJ Docker 2)

Linaje Defectuoso (AJ Docker 2)

Por Gary Gerlacher

© inepub.com

CAPÍTULO 1

Acechando a su presa, el hombre se deslizó silenciosamente de árbol en árbol.

A cada paso, su excitación crecía a medida que le consumía el hambre de su próxima presa.

Esta vez, sin embargo, habría dos cadáveres, la primera vez para él.

Uno de ellos sería una mujer, también la primera vez.

La anticipación retumbaba en sus venas mientras acortaba la distancia entre ellos.

La pareja, felizmente inconsciente del peligro que los acechaba, iban agarrados de la mano, riendo y coqueteando mientras caminaban por el sendero.

La luz del sol se filtraba a través de los árboles y una brisa moderada mantenía el aire agradable y hacía crujir tranquilamente los álamos temblones.

Se apartaron del sendero y encontraron un claro para almorzar.

El asesino observó cómo se quitaban las mochilas y extendían una manta.

Al acercarse, el hombre rodeó a la mujer por detrás con sus brazos, apretándole el pecho con una mano mientras le besaba el cuello.

La mujer se dio la vuelta, poniéndose de puntitas para devolverle el beso.

El largo y apasionado beso llevó a la pareja a buscar entre la ropa del otro .

El asesino retrocedió hacia los árboles para observar.

La pareja se quitó las playeras y los shorts, mostrando cuerpos musculosos de excursionistas experimentados.

Rodaron sobre la manta, y la mujer acabó encima del hombre, cabalgándolo enérgicamente.

El asesino observaba fascinado, la escena excitaba aún más su estado emocional.

El hambre en su interior crecía a medida que aumentaba su intensidad y, cuando llegaron al clímax, ya no pudo contenerse más.

Su corazón latía con fuerza mientras caminaba hacia sus cuerpos desnudos.

Todos sus sentidos hormigueaban al acercarse a ellos. Hora de volver a matar.

La mujer lo notó primero y gritó mientras se incorporaba e intentaba cubrirse con la manta. Su pareja se quedó paralizado de miedo. Vieron ante ellos a un hombre que agitaba entre los dos una gran pistola con una cruel sonrisa curvada en el rostro. El hombre les arrojó dos palas a los pies.

—Pónganse las botas y pónganse a cavar.

El asesino no pudo ocultar la emoción en su voz cuando dio la orden.

La pareja miraba atónita y horrorizada mientras giraban sus cabezas de las palas a la pistola. Finalmente, el hombre habló.

—Espera un minuto, es que...

El disparo sonó como un cañón a corta distancia. Las llamas salieron disparadas del cañón de la pistola cuando la bala del calibre 45 cayó al suelo entre ellos. El asesino habló despacio.

—Que se pongan las botas y que caven un pinche hoyo.

La pareja se levantó lentamente, cubriéndose aún con la manta. La mujer empezó a recoger su ropa, pero el asesino tenía otras ideas. Esta iba a ser su mejor asesinato hasta el momento.

—Sin ropa, solo las botas.

La mujer sollozaba mientras el hombre la miraba impotente. Resignados a lo inevitable, recogieron sus botas y se las ataron.

—Muy bien. Ahora necesito que caven un hoyo de un metro de profundidad y lo suficientemente ancho para dos cuerpos.

La mujer sollozaba desconsoladamente y el hombre temblaba de miedo, pero encontró el valor para hablar .

—Tenemos dinero. ¿Qué quieres?

El asesino se acercó a él y vio cómo aumentaban los temblores del hombre. La anticipación del asesino era casi incontrolable.

—Todo lo que quiero es que caven ese hoyo. Si lo hacen, les prometo una muerte rápida y sin dolor. Si a mí me hacen cavar, los voy a destripar, tirarlos a ese hoyo y enterrarlos vivos. Les sugiero que tomen el camino fácil y que caven un buen hoyo.

El hombre se agachó con cautela y recogió las palas, entregándole una a la mujer. Tímidamente, escarbaron entre las lágrimas.

El asesino apenas podía contener sus emociones. La impotencia de la pareja era más estimulante que todos sus otros asesinatos combinados. Pidieron clemencia, sin darse cuenta de que las súplicas alimentaban su deseo de matar. Fueron los treinta minutos más largos y satisfactorios de su vida.

Por fin, el hoyo era lo bastante profundo y les ordenó que tiraran las palas y se pusieran de rodillas. La pareja se volvió hacia él por última vez. La suciedad y el sudor cubrían sus cuerpos desnudos, y todo intento de pudor había desaparecido hacía tiempo. La mujer se puso a rogar una vez más.

—Por favor, haremos lo que sea. Déjanos ir. Por favor.

El asesino apenas la oyó mientras la sangre corría por su cuerpo. Sus músculos se crisparon y su respiración se volvió superficial a medida que se acercaba el momento. Ansiosamente les señaló que se pusieran de rodillas.

Perdida toda esperanza, la pareja se giró y se arrodilló, apoyándose el uno al otro y agarrados de la mano, susurrando palabras que el asesino no pudo oír.

Fue perfecto. El asesino nunca se había sentido tan emocionado.

Flotó en el aire, observando desde arriba cómo apretaba el gatillo dos veces, y sus cuerpos crispados se desplomaban lentamente el uno sobre el otro.

Fue demasiado, y el asesino cayó hacia atrás, con la vista entrecerrada, mientras la adrenalina alcanzaba su punto máximo.

Permaneció sentado hasta que su corazón y su respiración volvieron a la normalidad, luego se levantó y admiró su obra.

La mujer aterrizó encima del hombre, sus cuerpos y su sangre entrelazados para siempre.

Sacó su celular y tomó unas cuantas fotos para añadirlas a su colección.

Lleno de energía, tiró sus pertenencias encima, tomó una pala y rellenó rápidamente el hoyo.

Con cada palada, repetía el momento en que los cuerpos caían uno sobre el otro.

En un abrir y cerrar de ojos, terminó. Llevaba sus palas con una sonrisa mientras caminaba hacia su carro, con el recuerdo del asesinato sonando una y otra vez.