Capítulo 41. Jo
Jo
Me despierto con un sonido de pasos en mi habitación.
Tardo un rato en despejar la mente de sueños sobre un barco pesquero y una sed infinita.
Cuando abro los ojos, veo a Acker rebuscando en la cómoda que está al lado de mi cama.
La luz de la mañana se filtra a través de la escarcha de la ventana y baña la habitación con un resplandor cálido y suave.
—¿Qué pasa? —pregunto, incorporándome y frotándome los ojos.
Acker saca un puñado de prendas y las mete en el morral abierto que ha dejado sobre la cómoda.
—Tenemos que movernos mientras el clima lo permita —dice.
Estoy confusa.
Después de la partida de Kai y Aurora la noche anterior, todos acordamos descansar y discutir los planes por la mañana.
Pero, a medida que mi mente se despeja del sueño, observo a Acker mientras sigue metiendo calcetines y ropa interior en el morral que crece rápidamente, y deduzco que ya ha decidido un plan de acción.
Lleva la misma ropa de anoche; el cabello despeinado por haber pasado las manos por él.
Me siento en el borde de la cama.
—¿Y a dónde nos vamos?
—A unas dos jornadas a caballo hasta el puerto más cercano. Desde allí, cogeremos un ferri hacia el norte, a un puerto llamado Claudine.
Cojo los pantalones que dejé al pie de la cama y me los pongo, me levanto y me los abrocho a la cintura.
—¿Qué hay en Claudine? —pregunto, dándome cuenta de que todavía no me ha mirado.
—Los padres de Wells —responde mientras cierra el morral—. Les envié un mensaje cuando regresamos, así que esperan nuestra llegada. Son buena gente. Cuidarán de ti y de Irina.
«Cuidarán de ti y de Irina».
—Planeas volver al palacio solo —digo, juntando las piezas.
Deja el morral sobre la cama, detrás de mí.
Supuestamente es mi equipaje. Sus ojos al fin se encuentran con los míos mientras se me planta enfrente.
Estamos tan cerca que tengo que inclinar la cabeza hacia atrás para mantener su mirada y no puedo evitar pensar que intenta distraerme con su proximidad, haciéndome sentir pequeña a propósito.
—Fredrich me acompañará —dice.
—Aunque fueras capaz de matar a tu padre tú solo, aún hay un ejército avanzando hacia la capital de Kenta —añado—. Y no sabemos si será el de Wren o el de Chryse.
Asiente levemente.
—Y eso sin contar con el ejército que tu madre, sin duda, estará movilizando desde el oeste.
No puedo creer su actitud tan despreocupada.
—¿Por qué me pediste que eligiera entre Kai y tú si nunca has tenido la intención de que luchara a tu lado? —pregunto, con la rabia empezándome a hervir en el pecho—. ¿Por qué me sacaste de Maile?
Su atención se dirige a los mechones de pelo que todavía no he peinado y me los aparta tras la oreja.
—Te saqué de allí porque estabas decidida a matarte —responde.
Vuelvo la cabeza para alejarme de su alcance.
—¿De qué estás hablando?
—Te vi ese día, cuando Fredrich y tú emboscasteis a los strou en la cueva —dice, perdiendo la compostura que siempre mantiene, con el ceño fruncido por la frustración—. Habías entrado en batalla, no porque quisieras la victoria, sino porque te daba igual vivir o morir.
—¡Yo luchaba por mi gente mientras tú tenías a otra mujer en tu cama! —Me avergüenzo de inmediato por la explosión de mi confesión—. No tienes derecho a juzgarme.
Se pasa la mano por la boca, me da la espalda y empieza a pasear antes de detenerse en medio de la habitación.
—¿Cuál era el puto objetivo, Jovie? —pregunta, girándose hacia mí de nuevo.
—¿El objetivo de qué?
—De destrozarme —casi grita—. ¿Cuál era el objetivo de destrozarme solo para, al momento siguiente, destrozarte a ti misma también? —Luego, tan rápido como apareció su ira, desaparece—. A veces me parece que no creías merecer el amor que teníamos. Lo de Kai fue solo una excusa fácil para irte.
Lo miro durante un largo rato mientras dejo que el dolor de sus palabras se asiente.
—Creía que estaba haciendo lo correcto —le digo, con la voz quebrada.
En tres pasos está frente a mí y sus manos me enmarcan el rostro.
—Lo estabas haciendo —dice, con arrepentimiento en la mirada—. Siento que me haya llevado tanto tiempo darme cuenta.
Cuando presiona sus labios contra los míos, duele.
No físicamente, sino en un lugar que había decidido mantener enterrado, una herida que me había negado a reconocer hasta ahora.
Y al presionar la nuca de Acker para acercarlo más a mí mientras las lágrimas me recorren las mejillas, siento que empieza a sanar.
Se separa y entrelaza mis manos con las suyas contra su pecho.
—Necesito que hagas algo muy importante, Jovie: que sobrevivas.
Sabiendo lo que viene, suspiro.
—Acker...
—Necesito que estés viva porque ayer por la noche, ya tarde, envié a Messer a decirle a Kai que acepto su condición.
Se me para el corazón.
—¿Por qué ibas a aceptar eso? ¿Tu trono, Acker?
—No tenemos ninguna posibilidad sin él y es lo único que puedo ofrecerle que no seas tú.
—No puedes renunciar a tu título.
Frunce el ceño.
—¿Por qué no? Tampoco es que me lo haya ganado —dice sin vergüenza—. He hecho un trabajo terrible manejando esta guerra. Parece que estoy mejor en el campo de batalla, matando hombres. Demonios, le estoy pidiendo que ataque a mis propios soldados.
—Para protegerme —intervengo.
—Exacto, Jovie. Mi prioridad está en otro lugar. —Sonríe, medio derrotado, pero con aceptación en la mirada—. Siempre ha estado contigo. —El beso que me da es tierno antes de decir—: Ayúdame a terminar esta guerra y serviré felizmente a tus pies.
No entiendo por qué su oferta me enfurece aún más, pero lo hace. Aparto las manos, airada.
—No quiero eso de ti.
—¿Prefieres a algún otro? —bromea.
Estoy asombrada de su capacidad para tomarse la situación a la ligera. Solo repito:
—No lo quiero.
Da un paso más cerca.
—No hay otro lugar donde quiera estar —dice—. En Maile, contigo, como tu mano derecha.
—¿Y si me niego? —reto.
—Si te niegas, la única misericordia que podrías ofrecerme sería la muerte.
Hay demasiadas emociones para articularlas, así que lo beso de nuevo, sé que puede sentirlo todo sin palabras. Pero no tarda en imponerse la rabia y rompo el beso, empujándole.
—Eres un idiota.