Leon Del Norte
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Capítulo I El Rey valeiron
Era el quinto mes de invierno en el continente Dragón.
Aún faltaban varias semanas para que el hielo comenzará a retirarse de los caminos y los primeros brotes verdes aparecieran entre la nieve.
Allí, el invierno no era una estación breve que llegaba para desaparecer después de unas cuantas semanas.
Duraba seis meses enteros, y durante ese tiempo los habitantes de los reinos aprendían a vivir con el frío como si fuera otro miembro de la familia.
Las chimeneas permanecían encendidas día y noche, los establos se llenaban de animales y los caminos quedaban cubiertos por una capa blanca que hacía parecer al continente mucho más silencioso de lo que realmente era.
Sin embargo, aquella mañana había algo distinto en el aire.
En el castillo de la Costa Dragón, los sirvientes caminaban apresurados por los corredores. Los guardias vigilaban las puertas con una atención poco habitual y los criados llevaban mensajesñ de una habitación a otra sin detenerse siquiera para intercambiar palabras.
Dentro de unas semanas nacería un niño.
Y aunque nadie podía saberlo todavía, aquel niño cambiaría para siempre la historia de aquel mundo.
—¡Atención!
La voz del mayordomo resonó por la sala del trono.
Los consejeros dejaron de hablar.
Los soldados se fueron.
Los sirvientes bajaron la mirada.
Las enormes puertas de madera comenzaron a abrirse lentamente.
—¡Su Majestad, Valerion León III, rey de la Costa Dragón y rey de los últimos hombres de la realeza!
El rey entró.
No necesitaba levantar la voz ni ordenar silencio. Su sola presencia bastaba para que todos recordarán quién ocupaba aquel trono.
Llevaba una larga capa oscura sobre los hombros. En la espalda había sido bordado un león con las fauces abiertas, rodeado por pequeñas figuras que representaban las antiguas provincias que habían jurado lealtad a su familia. Sus pasos resonaron sobre las piedras mientras avanzaba hacia el trono.
Pero había algo que hacía que nadie pudiera confundirlo con otro hombre.
Sus ojos.
Eran rojos.
Rojos como la sangre.
Aquellos ojos habían pertenecido durante generaciones a la familia real. En todo el continente eran reconocidos como una señal del linaje que había gobernado aquellas tierras durante siglos.
Valerion se sentó.
Durante unos segundos contempló a los hombres y mujeres reunidos frente a él.
—Thorgaard. ¿Qué tenemos previsto para hoy?
El consejero dio un paso adelante.
Era un hombre de barba gris y rostro severo, acostumbrado a pensar antes de hablar. Había servido al padre de Valerio y continuó sirviendo a su hijo después de que éste heredará la corona.
—No mucho, mi señor. Aunque hay noticias del reino orco.
Los ojos del rey cambiaron ligeramente.
—¿Buenas?
Thorgaard negó con la cabeza.
—No, majestad.
Sacó un pequeño pergamino.
—La invitación para el nacimiento del próximo heredero ha sido rechazada por el rey orco.
La expresión de Valerion se endureció.
—¿Rechazada?
—Sí.
—Eso ya lo esperaba. ¿Qué más?
Thorgaard guardó silencio un instante.
—Nuestro mensajero fue asesinado.
La sala quedó completamente quieta.
Valerion apoyó una mano sobre el brazo del trono.
—¿Asesinado?
—Encontraron su cuerpo cerca de la frontera. El rey orco no ha enviado ninguna explicación.
Valerion bajó la mirada.
Durante años había intentado establecer una relación con los orcos. Había enviado alimentos, metales, animales, herramientas y regalos destinados a sus líderes. También había enviado cartas proponiendo acuerdos comerciales y tratados de paz.
Nunca había recibido una respuesta que pudiera considerarse amistosa.
—Son unos insolentes —dijo finalmente—. Durante años he intentado ser su amigo. Les he enviado regalos. He intentado establecer vínculos con ellos. Y ahora matan a uno de mis hombres simplemente por llevar una invitación.
Otro consejero dio un paso adelante.
—Mi señor, si me permite.
Valerion levantó la mirada.
—Habla, Sundering.
—En mi opinión, majestad, quizá sea mejor que los orcos permanezcan lejos de nuestras tierras.
Son criaturas que no razonan como nosotros.
Por alguna razón nunca nos han atacado directamente, y quizá eso sea lo único que debemos agradecerles.
Si desean permanecer en su continente, deberíamos dejarlos allí.
Valerion permaneció pensativo.
No le gustaba admitirlo, pero había algo de verdad en las palabras de Sunder.
Los orcos eran diferentes.
Mucho más grandes que los hombres.
Mucho más violentos.
Y nadie conocía realmente lo que ocurría más allá de las montañas del continente Orco.
Finalmente, el rey asintió.
—Tienes razón.
Miró a Thorgaard.
—Cancelad todos los futuros regalos y cualquier intento de tratado con los orcos.
Thorgaard inclinó la cabeza.
—Como ordene, majestad.
Valerion respiró profundamente.
—Ahora bien. ¿Qué me dices del rey elfo del bosque?
Thorgaard sonrió ligeramente.
—Muchas mejores noticias, mi señor.
—Eso espero.
—El rey Alderion agradece profundamente la invitación. Ha confirmado que asistirá junto con su familia.
Valerion sonrió.
—Me alegra escucharlo.
Los elfos habían sido aliados durante generaciones y, aunque su pueblo tenía costumbres que los humanos no siempre comprenden, las relaciones entre ambos reinos habían permanecido estables.
—¿Y los Altos Elfos?
—También enviaron confirmación. Algunos miembros de sus familias más antiguas viajarán hacia la Costa Dragón.
—Perfecto.
El rey relajó los hombros.
Por primera vez aquella mañana parecía tranquilo.
Pero entonces Thorgaard volvió a hablar.
—Mi señor...
Valerion levantó una ceja.
—¿Qué ocurre ahora?
—Su hermano volvió a causar problemas.
El rey cerró los ojos durante un instante.
—¿Qué hizo esta vez?
—Estuvo en la Taberna del Viajero.
—Eso ya es suficiente para preocuparme.
Algunos consejeros contuvieron una sonrisa.
—Comenzó una pelea con un viajero. La discusión terminó en asesinato.
El rostro de Valerion perdió cualquier rastro de humor.
—¿Está vivo el viajero?
Thorgaard negó con la cabeza.
—No.
—¿Y mi hermano?
—En los calabozos.
Valerion se quedó mirando el suelo.
Había tenido aquella conversación demasiadas veces.
Su hermano siempre había sido problemático. Desde que su padre había muerto y Valerio había heredado la corona, parecía haber nacido dentro de él un resentimiento que nunca había conseguido apagar.
—No sé qué hacer con él —murmuró.
Nadie respondió.
—Desde que nuestro padre me dio el trono se comportó como si yo hubiera elegido nacer primero. Como si fuera culpa mía haber sido el primogénito.
Una voz femenina rompió el silencio.
—Quizá ha sido demasiado débil con él, majestad.
Valerion levantó la mirada.
Era Lady Elysandra.
Una mujer joven, de cabello oscuro, miembro del consejo y, sobre todo, alguien cuya inteligencia había demostrado en más de una ocasión ser mucho mayor de lo que su posición sugería.
—Habla, mi lady.
—Si me permite opinar, respecto a su hermano creo que ha llegado el momento de que responda ante la ley como cualquier otro hombre.
Valerion la observó.
—Es mi hermano.
—Precisamente por eso la gente habla.
El rey permaneció inmóvil.
Elysandra continuó:
—Se ha derramado sangre por mucho menos en este reino. Los habitantes comienzan a decir que sus leyes son estrictas para todos excepto para su familia.
Aquellas palabras golpearon al rey más fuerte que cualquier insulto.
Porque sabía que eran ciertas.
Valerion bajó lentamente la mirada.
Después de unos segundos habló.
—Tienes razón.
Se incorporó al trono.
—Preparad todo.
Thorgaard dio un paso adelante.
—¿Majestad?
—Mañana, a primera hora, mi hermano será juzgado frente al consejo.
Los tres consejeros intercambiaron miradas.
—¿Está seguro?
Valerion asintió.
—He sido demasiado indulgente.
Miró hacia las enormes puertas de la sala.
—Si quiero que este reino respete sus leyes, mi propia familia deberá respetarlas primero.
Después volvió a mirar a sus consejeros.
—Eso es todo por hoy. Gracias, mis queridos consejeros.
Los tres inclinaron la cabeza.
—Estamos para servirle, majestad.
La sala comenzó a vaciarse.
Valerion permaneció unos instantes sentado en el trono.
Cuando finalmente se levantó, abandonó la sala sin decir una palabra.
Caminó por los corredores del castillo.
A medida que avanzaba, el ruido de la corte desaparecía detrás de él. Pasó junto a ventanas cubiertas de hielo y antorchas que iluminaban las paredes de piedra. Fuera, la nieve caía lentamente sobre los patios.
Finalmente llegó a una habitación situada en una de las torres más tranquilas del castillo.
Abrió la puerta.
Su expresión cambió inmediatamente.
Allí estaba ella.
La reina.
Sentada junto a una ventana, observa la nieve caer sobre el reino que algún día pertenecería a su hijo.
Al escuchar la puerta, giró la cabeza.
—Mi amor.
Valerion sonrió.
—Mi reina.
Se acercó y se sentó junto a ella.
La mujer tomó su mano.
—Muy pronto nacerá tu heredero.
Valerion miró el vientre de su esposa.
Durante unos segundos no dijo nada.
—¿Estás preocupado?
—Un poco.
—¿Por el niño?
—No.
Ella lo observó con ternura.
—Entonces, ¿por qué?
Valerion suspiró.
—Mi hermano.
La reina dejó escapar una pequeña sonrisa.
—Otra vez.
—Mañana tendré que juzgarlo.
—¿Y no sabes qué hacer?
—No sé qué tengo que hacer para que sea algo más que un borracho que busca problemas.
La reina permaneció pensativa.
—Tal vez has sido demasiado débil con él.
Valerion soltó una pequeña risa.
—Elysandra me dijo exactamente lo mismo.
—Entonces quizá deberías escucharla.
—Siempre tan sabia.
La reina apoyó la cabeza sobre su hombro.
Valerion miró nuevamente hacia la ventana.
Durante unos segundos contempló la nieve.
No podía saberlo.
Ninguno de los dos podía saberlo.
Pero dentro de aquel castillo, mientras hablaban sobre el futuro de su hijo, algo mucho más grande comenzaba a moverse.
Una historia que atravesaría reinos.
Una historia que sobreviviría a generaciones.
Una historia que algún día sería contada por aquellos que ni siquiera habían nacido todavía.
Valerion besó la frente de su esposa.
—Gracias por aceptar a tu hermana en el consejo.
La reina sonrió.
—No tienes nada que agradecer. También está mi familia.
Valerion volvió a mirar la nieve.