Capítulo 2 Primer día en la cima
Un mes después
Todo había vuelto a lo de siempre. El episodio con el señor Arlov quedó donde dejo las cosas cuando hago el ridículo: en un rincón donde nadie las toca… ni siquiera yo.
Era más fácil así.
Por ahora, tenía cosas más importantes en las que enfocarme.
Y debía dejar de pensar en la forma en que me había cerrado la puerta en la cara.
—Lina, ¿estás escuchando? —La voz de Daniels sonaba apresurada al otro lado de la línea—. Es sobre la gala. Rachel está enferma; no puede ir.
—¿En serio? Sabes que odio esas fiestas. Son solo un desfile de trajes caros y sonrisas falsas —respondí, mirándome en el espejo.
Mi cabello era un desastre. Llevaba más de una semana sin tiempo siquiera para lavarlo.
Había aceptado trabajos extra para compensarlo. Al menos ante mí misma. Aunque Daniels insistiera en que no debía ser tan dura.
Hice una mueca.
Coleta baja, entonces.
—Lo típico de la élite de Nueva York —añadió—. Pero trabajas en una revista de sociedad y entretenimiento… y eres la única disponible. Quién sabe, tal vez encuentres una buena historia.
Intentó sonar convincente.
No lo logró.
Pero no tenía opción. Después de todo, él firmaba mi cheque.
Que lo pidiera así, en lugar de simplemente ordenarlo, ya era una ventaja.
—Una mujer asaltando el carrito de camarones no es una buena historia. Pero no me queda de otra. Eres el jefe, aunque agradezco que te tomes el tiempo de pedirlo con amabilidad.
—Y sabes que odio que me digas jefe…
—Daniels.
—Ya, ya, Lina. Lo siento.
Me arreglé lo mejor que pude y me dirigí al evento.
Al entrar, encontré el salón abarrotado. Trajes impecables, vestidos ajustados al detalle, copas de champán por aquí y por allá, y conversaciones que flotaban sin llegar a ninguna parte, acompañadas de risas suaves.
Me detuve un segundo.
¿Se suponía que debía escribir sobre esto?
Miré a mi alrededor otra vez.
No es una historia capaz de mover los cimientos.
Es solo… gente aparentando ser generosa para inflar su ego.
Exhalé por la nariz y bajé la mirada.
Media hora después, seguía dando vueltas por el salón sin un rumbo claro cuando mi teléfono comenzó a sonar.
—¿Ya te encontraste con tu «amigo millonario»? —La línea se llenó con su risa burlona—. ¡Víktor Arlov tiene que estar ahí con toda su tropa de millonarios estirados! Por favor, dile que le mando saludos… y que sigue siendo ridículamente guapo, aunque me gusta más su hermano.
Rodé los ojos.
—Creo que es un poco más que un millonario, Kat.
Y, honestamente, no me interesa lo más mínimo.
Es como un iceberg con piernas. Disfruta incomodar a la gente, se te queda mirando fijo…
como si quisiera hacerte llorar o robarte el alma —repliqué, tomando una copa de champán de una bandeja que pasaba.
Todavía me sentía frustrada.
Y no debería.
Debería dejar aquel encuentro atrás. ¿Para qué seguir dándole vueltas?
Aunque, siendo sincera, no era solo haber perdido la oportunidad.
Y eso era lo que más me molestaba.
¿Por qué, cada vez que su nombre me cruzaba la cabeza, terminaba pensando en sus ojos?
Profundos.
Inexpresivos.
Fríos.
Solté el aire por la nariz.
Es nefasto.
Es un maldito ser nefasto, Lina.
—Seguro hay algo más detrás de esa frialdad. Deberías intentarlo de nuevo si te topas con él, pero esta vez usa tus encantos, mujer. Acomódate bien las tetas. Una fiesta es el mejor lugar para conversar. Vamos, Lina, nadie es tan reservado sin una razón. Él sigue siendo tu boleto a lo que quieres…
—Ya no hay boleto, Kat. Y la explicación más lógica es que tiene un palo atorado en el trasero —solté una risotada—. Pero, hablando en serio, dudo que me note. Así que lo único bueno que saldrá de esta fiesta es el champán gratis…
—¿Hablando de mí, señorita Taylor?
Una voz tan reconocible como un golpe de viento frío en la cara me hizo girar enseguida.
El calor me subió a las mejillas al verlo observándome con una leve sonrisa divertida.
¿Sabe sonreír?
—Kat, necesito que arregles un servicio fúnebre. No dejes que Daniels toque la lista de canciones y, antes de que mis padres toquen mi computador, borra el historial…
Colgué rápidamente mientras él seguía observándome.
—Al menos sé que tengo su atención —dijo.
Le quité la copa de champán de la mano y me la bebí de un trago, buscando calmarme.
¿Por qué diablos hice eso?
Estúpida, Lina
Estúpida.
—Señor Arlov… No esperaba verlo aquí. Perdón por lo del champán y por lo que sea que haya escuchado —dije, intentando sonar compuesta, aunque sentía que el corazón iba a delatarme en cualquier momento.
—Evidentemente —replicó con una sonrisa divertida—. ¿Champán?
En ese momento, un camarero pasó junto a nosotros y, con un gesto ágil, tomó dos copas de la bandeja.
—Gracias —susurré, aceptando la que me ofrecía, aunque lo último que necesitaba era más alcohol.
—Que lo disfrute. Por lo visto tiene sed.
—No… Yo…
—¿Disfruta de la fiesta? —preguntó de repente en tono casual, mientras sus ojos me recorrían.
—Para ser sincera, no mucho. Este no es precisamente mi ambiente, pero trabajo es trabajo… No debería quejarme —admití, tomando otro sorbo.
—Curioso. ¿Y qué ambiente le resulta más cómodo, señorita Taylor?
—El tipo de ambiente donde la gente no lleva máscaras ni es pretenciosa… Tal vez un partido de los Yankees.
—¿Un partido de los Yankees? —soltó una breve risa—. Una respuesta digna de alguien que busca la verdad a toda costa. Sin embargo, las personas que están aquí se han ganado el derecho de ser presuntuosas.
—¿Por nacer en una cuna de oro?
Su proximidad hizo que se me erizara la piel.
—Entiendo. Odiar a los millonarios está de moda hoy en día. Pero no hablemos de los ricos estirados. Dígame, cuando no está cazando la verdad, ¿qué le gusta hacer para entretenerse?
Cálmate, Lina. Es el champán hablando.
—Yo… no lo sé. Supongo que… ¿leer?
—¡Vaya! ¿No tiene hobbies, señorita Taylor? Eso no es saludable y es bastante triste.
Levanté una ceja, sin saber si intentaba seducirme o simplemente divertirse a mi costa.
—¿Le gustan los desafíos?
—Depende del tipo de desafío —contesté.
Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas.
—Supongo que la entrevista que intentó hace un mes no fue el desafío que esperaba. Debo admitir que no fui muy cooperador. —Sonrió de nuevo y mis piernas flaquearon por un instante.
Deje de sonreír así, se lo ruego.
—Pero tengo una propuesta para usted —añadió.
—¿Una propuesta? —repetí, sintiendo despertar mi curiosidad.
—Trabaje para mí durante treinta días como mi asistente personal. Estoy buscando una y usted parece encajar —dijo con una naturalidad que me descolocó por completo—. Al final, le concederé la entrevista exclusiva que tanto desea, para que muestre al mundo que soy humano.
Lo miré, sorprendida y desconfiada al mismo tiempo.
Daniels probablemente me arrancaría la cabeza si aceptaba, pero la oportunidad era demasiado buena para ignorarla.
Era mi boleto para pasar del entretenimiento al periodismo real y, siendo sincera, ya estaba cansada de cubrir eventos como aquel.
—¿Y qué gana usted con esto? —pregunté, intentando entender sus verdaderos motivos—. Porque no creo llevar un letrero en la frente con la frase «solicito empleo».
—Es usted muy graciosa, señorita Taylor, pero considerémoslo un acto de caridad, acorde con el espíritu de esta ridícula gala.
O tal vez simplemente busco un poco de entretenimiento…
¿Quién sabe? —respondió con un sarcasmo que casi consiguió arrancarme una sonrisa—.
Pero le advierto: si decide renunciar antes de que pasen los treinta días, puede despedirse de la entrevista y de cualquier otra oportunidad con mi conglomerado.
—¿Le parezco un bufón, señor Arlov?
—Jamás he asegurado tal cosa —replicó con una pequeña sonrisa, como si la respuesta fuera obvia.
Sentí un nudo formarse en el estómago, pero extendí la mano.
No podía rechazar aquella oportunidad.
—Tiene usted un trato —aseguré, apretando su mano con firmeza.
—Nos vemos el lunes —agregó, dándose la vuelta y alejándose con esa seguridad que parecía acompañarlo a todas partes.
Lo vi desaparecer entre la multitud mientras intentaba asimilar qué demonios acababa de hacer.