Legado (Saga Arlov nº 1) Capítulo 1 El encuentro
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Legado (Saga Arlov nº 1)

Legado (Saga Arlov nº 1)

Por Keisy E. Alcantara

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Capítulo 1 El encuentro

Nueva York, último día de junio

Me estiré en la silla, apartándome el flequillo de la cara.

Había pasado las últimas dos horas revisando notas y preparando preguntas para la entrevista más importante de mi vida: Víktor Arlov.

CEO de ArlovTech. Enigmático. Intocable.

Y, por alguna razón que aún no comprendía del todo, Nueva York parecía inclinarse ante él, como si el suelo que pisaba fuera sagrado.

Ahora, después de casi un año persiguiendo aquella entrevista, al fin había dicho que sí.

—Vamos, Lina, tú puedes hacerlo —murmuré para mí misma, ajustándome la blusa y tomando mi grabadora.

Era un poco tonto cargarla a todas partes cuando el teléfono podía hacer lo mismo, pero había sido un regalo de Navidad.

Mientras caminaba por el pasillo de la revista, iba girándola entre los dedos hasta que Daniels Morgan, mi editor en jefe, me detuvo.

—¿Lista para enfrentar al dragón? —bromeó con una sonrisa.

—Si por «dragón» te refieres a Víktor Arlov, entonces sí —respondí con lo que pretendía ser una sonrisa, aunque los nervios me traicionaron al final.

—Recuerda, Lina, este tipo es conocido por ser una pared de hielo. No te frustres demasiado si no obtienes mucho.

—Tranquilo, Daniels. Hasta una pared de hielo puede derretirse… Pero, siendo realista, puedo conformarme con que se enamore locamente de mí y me proponga matrimonio —repuse en tono burlón.

—¿Y que se lleve a mi mejor periodista? ¡Que Dios no lo quiera! —respondió con fingido horror.

—Aunque… si eso llegara a pasar, podría resistirme a la tentación si me das ese jugoso aumento.

—O bien podría cruzar los dedos para que te encuentre horrorosa —soltó, alzando una ceja. Una cálida chispa juguetona se encendió en sus ojos verdes—. Eso sería más barato.

Me dio una palmada en el hombro, tratando de infundirme confianza.

Aun así, me repetí que el señor Arlov era una persona normal… bueno, relativamente normal.

Sabía que aquellas palabras no surtirían efecto.

✽✽✽

Los titulares siempre lo describían como alguien calculador y reservado hasta más no poder, con ojos de halcón para los negocios. Había amasado una enorme fortuna a una edad sorprendentemente joven, triplicando el patrimonio familiar.

Se decía mucho sobre Víktor Arlov. Hasta había quienes aseguraban que podía ser un ser inmortal. Pero, si había algo en lo que todos coincidían, era en que resultaba encantador.

Con eso en mente, crucé la entrada del edificio.

Al llegar, me recibió una joven secretaria, hermosa, pero con una sonrisa capaz de juzgarte a kilómetros.

—Señorita Taylor —dijo por fin, tras unos minutos—. Por aquí, por favor. El señor Arlov la recibirá ahora.

La seguí, apurando el paso para no quedarme atrás.

Intenté mantener la calma.

El edificio era aún más impresionante por dentro: techos altos, líneas limpias, todo demasiado perfecto y sin un color llamativo a la vista.

Subimos en silencio.

Ella revisaba una tableta sin mirarme; yo me limité a observar mi reflejo en las puertas del ascensor, como si eso fuera a ayudar.

Finalmente, se detuvo frente a una enorme puerta de madera.

La abrió sin anunciar nada más y la oficina se desplegó ante mí.

—Señor Arlov, la señorita Lina Taylor está aquí —anunció.

Levantó la vista.

Sus ojos azules se posaron en mí y me recorrieron con una calma que me hizo tensarme sin darme cuenta.

Entonces se puso de pie y me extendió la mano.

—Señorita Taylor. Supongo que es un placer conocerla —dijo con voz profunda.

Y, por alguna razón desconocida, casi olvidé cómo respirar.

—El placer es… mío, señor Arlov —respondí con cierta dificultad, apretando su mano con demasiada fuerza.

La tenía fría.

Encajaba demasiado bien con todo lo que se decía de él.

—Por favor, tome asiento —indicó, señalando la silla frente a su escritorio.

Asentí y me senté enseguida. Él hizo lo mismo.

Por un segundo, ninguno dijo nada.

—¿Planea entrevistarme o solo observarme? —preguntó con una calma que no ayudaba en absoluto.

—Sí… claro. Sí, por supuesto. Perdón —respondí, reaccionando tarde.

Saqué la grabadora, quizá con más prisa de la necesaria.

—Espero que no le importe que grabe la conversación. Escribo lento… y no me gustaría malinterpretar nada.

—Para nada. Adelante.

Se recostó en la silla y cruzó las piernas.

Su actitud era… distante.

Como si aquella entrevista le importara muy poco.

Respiré hondo y empecé por lo básico.

—¿Qué se siente haber alcanzado este nivel de éxito a una edad tan temprana?

—Trabajo —respondió sin más.

Parpadeé, esperando que añadiera algo.

—ArlovTech ha crecido de forma exponencial en los últimos años. ¿A qué atribuye ese crecimiento?

—A tomar decisiones correctas.

Asentí despacio, apretando un poco el bolígrafo entre los dedos.

—¿Y el liderazgo? Muchos lo consideran clave en ese proceso.

—Supongo.

Silencio.

Demasiado silencio.

Sentí que la paciencia empezaba a agotárseme.

Bien.

Perfecto.

Esto no iba a funcionar así.

—He leído que tiene un gran interés por la historia, especialmente por la época de los zares. ¿Es cierto?

Levantó una ceja, claramente sorprendido.

Sí, señor Arlov. He hecho mi tarea.

—Es correcto. La historia de los zares siempre me ha fascinado.

Su tono cambió apenas.

O quizá lo imaginé.

Eso me bastó para mirarlo un segundo más de la cuenta.

Mandíbula firme, pómulos marcados… y esos labios.

Espera.

¿Desde cuándo estoy mirando sus labios?

Tranquilízate, Lina.

—¿Le resulta inspiradora, quizá, la forma en que manejaban el poder y las intrigas de la corte? —pregunté, inclinándome hacia delante con expectación.

—En cierto modo —respondió—. Los zares no eran admirables por lo que mostraban, sino por lo que eran capaces de hacer cuando nadie miraba. El poder no se sostiene con buenas intenciones. Se sostiene con decisiones que otros no estarían dispuestos a tomar.

Hizo una pausa mínima.

—De mi parte, espero no necesitar llegar tan lejos.

No supe qué decir de inmediato.

No era la respuesta que esperaba.

—¿Cree que su padre está orgulloso de usted? —pregunté casi sin pensarlo.

—Tal vez.

—Bueno… lo pregunto porque se ha convertido en alguien poderoso. Como un gran zar. Además, asumió la presidencia siendo muy joven.

Dejó escapar una pequeña exhalación, casi burlona.

—¿Eso cree?

Fruncí ligeramente el ceño.

—Por supuesto. Quiero decir, todo el mundo sabe quién es usted, más allá de su padre. La gente lo admira.

—Interesante —murmuró.

El silencio se estiró un segundo más.

Por un instante, creí que la barrera estaba cediendo.

—Pero no tengo la habilidad de comunicarme con los muertos.

—Señor Arlov, yo…

—Señorita Taylor —me interrumpió—. Está de más decir que mi tiempo es limitado y tengo otra reunión en breve. Mi secretaria le comunicó, después de tanta insistencia de su parte, que esto sería corto. ¿Alguna pregunta final?

No hacía falta nada más para entender que la entrevista había terminado.

Me sentí derrotada, pero no iba a darle la satisfacción de verme humillada.

—No, creo que con esto es suficiente. Gracias por su tiempo, señor Arlov… y perdone por haber sido tan insistente. Tal vez pueda escribir un libro con todo lo que me ha dado.

Me levanté y él hizo lo mismo antes de acompañarme hasta la puerta.

¿Por qué me acompaña si de todos modos acaba de echarme?

—Me satisface que haya obtenido lo que buscaba —añadió con ese tono frío que parecía no cambiar nunca.

Por un segundo, volví a perderme en sus ojos.

—Fue… interesante —respondí.

—Espero que gane un Pulitzer.

Apretó apenas los labios.

No supe si era una sonrisa… o una burla.

Salí de la oficina.

Y entonces sí, la frustración me golpeó de lleno.

Víktor Arlov era un idiota.