Lealtad de la manada Mannix
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Mannix

Cuando desperté, los primeros rayos de luz de la mañana llenaban mi dormitorio. Me dolía todo el cuerpo, pero estaba vivo. Y eso ya era algo.

Parpadeé varias veces mientras los ojos se me adaptaban a la penumbra.

Y ahí estaba ella, sentada en una silla, acurrucada y dormida. Mi compañera.

Intenté incorporarme y un dolor me atravesó el vientre, arrancándome un siseo. Joder, cómo dolía.

Amelie se incorporó de golpe, parpadeando con los ojos muy abiertos, como un búho.

—¡Estás despierto!

Gemí.

—A duras penas.

Se levantó de un salto y fue corriendo hacia la mesita de noche.

—Toma un poco de agua. ¿Quieres comer algo?

Conseguí incorporarme hasta quedar sentado y me apoyé en el cabecero.

—Estoy bien, pero ¿cómo están los demás? ¿Dónde está Lacey? ¿Está bien?

Amelie me pasó un vaso de agua con una sonrisa tímida.

—Todos están bien. Lacey está bien, gracias a ti.

Se dejó caer en la silla frente a mí.

—Gracias por salvarle la vida. Yo nunca habría llegado a tiempo.

Di un sorbo de agua.

—Bueno, no tuve elección. Mi lobo tomó el control sin más.

Asintió despacio.

—El Alfa que llevas dentro, supongo. La necesidad de proteger a una niña.

Había sido mucho más que eso. Mientras me enfrentaba a esos osos, lo único en lo que podía pensar era en que Lacey tenía que ponerse a salvo. Era demasiado importante como para perderla, y merecía la pena dar mi vida por ella.

—Ah... sí —fue todo lo que logré decir.

No sabía cuándo tendríamos tiempo para arreglar las cosas entre nosotros, pero no quería que Amelie se fuera.

—¿Te quedarás un poco más? Sé que estabas decidida a volver a casa...

—Me quedaré —se apresuró a decir—. Al menos hasta que te recuperes.

Miró hacia la puerta.

—A Lacey le gusta estar aquí. Ha hecho amigos entre los otros niños, y Reid por fin se está permitiendo hablar con algunos miembros de tu manada.

—¿Qué quieres decir con que se está permitiendo?

Era una forma extraña de decirlo.

—Bueno, creo que en parte le daba miedo conocer a los de tu manada. Ya sabes, por si lo culpaban por haberse ido o por haberse mantenido alejado, o algo así.

Asentí despacio.

—Sí, la verdad es que no había pensado en cómo se sentiría él con todo esto.

Se suponía que esta era su manada. Su gente. Pero había acabado convirtiendo otra manada en su hogar.

—Va mejorando —señaló Amelie—. Seguro que Allara se muere de ganas de venir, así que también vendrá de visita. Estoy convencida.

Sonreí.

—Me parece bien.

Fui moviendo el cuerpo poco a poco, comprobando si había lesiones. Los pies, las piernas, los brazos, luego el torso. Tenía muchos dolores y heridas profundas, pero la cabeza la tenía despejada. Me estaba curando bien.

—¿Me curaste tú? —pregunté. Ya no teníamos médicos en el pueblo. Algunas mujeres sabían de primeros auxilios básicos, pero nada más.

Asintió.

—Sí. Necesitabas algunos puntos, así que espero que no te importe.

Solté una risa y suspiré.

—Sí, es increíble. Gracias. Siempre acabas cuidándome, ¿verdad? Primero la migraña, ahora esto.

Alargó la mano y me pasó los dedos por el pelo.

—Sí, bueno... necesitas que alguien te cuide. No puedes estar siempre cuidando de los demás sin recibir nada a cambio.

Giré la cabeza, dejándome llevar por su caricia. Qué bien se sentía, joder.

—Mmm...

No recordaba que nadie me hubiera cuidado así en mucho tiempo. Aunque Albert había sido un gran mentor y un padre para mí, su respuesta ante cualquier lesión o migraña era más bien del tipo «aguántate y no te quejes».

—Voy a preparar el desayuno.

Se levantó y fue retrocediendo hacia la puerta.

—¿Podrías mandar a Lacey? —le dije—. Cuando esté despierta. Tengo que disculparme con ella.

Amelie me miró fijamente, con una expresión indescifrable.

—Ah... claro. Vale.

Y desapareció.

Me quedé allí tumbado, arrepintiéndome de todo lo que le había dicho a Amelie el día anterior después de hacer el amor. Era una mujer que ya había pasado por tanto, y yo prácticamente la había echado de mi cama diciéndole que nunca podría emparejarme con ella.

¿Quién no querría casarse con una mujer tan hermosa y generosa como ella?

Era un idiota. Un imbécil.

Y pensaba compensárselo.

Probé las articulaciones una a una, moviendo brazos y piernas para que la sangre volviera a circular. Amelie había hecho un buen trabajo cosiéndome, porque notaba cómo me iba curando con cada minuto que pasaba.

Sonaron unos golpecitos suaves en la puerta abierta y Lacey entró, deteniéndose vacilante en el umbral.

—Pasa, cariño. Siéntate.

Se sentó en la silla, con los ojos muy abiertos fijos en mí.

—¿Estás bien?

—Sí, claro que sí.

—Me salvaste —susurró—. Gracias.

Le cogí la mano y tiré de ella para que se sentara en la cama a mi lado.

—Fue culpa mía que salieras corriendo. Hice daño a tu mamá y te hice daño a ti. Y lo siento muchísimo.

Asintió y se echó a llorar. La atraje hacia mí y la abracé, dejando que desahogara toda la tensión acumulada en los últimos días.

—Lo siento mucho, Lacey —la abracé con fuerza—. Lamento haberte hecho creer que no quería ser tu padrastro. Nunca fue mi intención.

Se apartó y alzó la vista hacia mí.

—¿Eso significa que quieres ser mi papá?

Le tomé la mano y le apreté los dedos.

—No estoy seguro —dije, y su sonrisa se borró.

Le volví a coger la mano cuando intentó apartarse.

—No lo digo en ese sentido. Quiero decir... —Suspiré. ¿Cómo explicarle esto a una niña de nueve años?—. Mi padre no era muy buena persona. Y me preocupa no ser un buen padre para ti.

Ladeó la cabeza y me miró fijamente.

—Pero tú eres bueno. Eres amable conmigo, con tu manada. ¿Tu papá era así? ¿Les caía bien a los niños? ¿Su manada lo quería como tus betas te quieren a ti?

La pregunta era tan simple, pero me puso el mundo patas arriba.

—Bueno...

Todo el mundo odiaba a mi padre. Todos le tenían miedo.

—¿Sabes que cuando mamá te estaba curando, toda tu manada esperaba noticias? Tus betas estaban sentados en el porche hablando conmigo, y había mujeres y niños por todas partes.

—Eh...

—¿Eso no significa que les caes bien? ¿Que te respetan? Como nuestra manada con Reid y Allara. Todos los respetan.

Se me hizo un nudo en la garganta.

—Bueno, respondiendo a tu pregunta, no, no creo que a la manada le cayera muy bien mi padre.

Era demasiado pequeño cuando murió para recordar exactamente cómo reaccionaban todos, pero sí recordaba el miedo. Y las consecuencias de lo que les había hecho a su gente seguían sintiéndose hasta el día de hoy.

—Entonces no eres como él —se bajó de la cama y se puso a mi lado—. Así que puedes ser mi papá, y mamá y yo podemos quedarnos aquí.

Luego me señaló con su dedito y entrecerró los ojos, intentando fulminarme con la mirada.

—Pero tienes que pedirle perdón a mamá. Fuiste malo con ella. Y no le gusta que la gente mienta.

—¿Mentir? —repetí—. Yo no he mentido.

Esa era una de las cosas que defendía. Transparencia completa y absoluta. Era lo único que me quedaba algunos días.

Caminó hacia la puerta y se volvió para mirarme, con una sonrisita en la cara.

—Me prometiste que no le harías daño a mamá y se lo hiciste. Y segundo, dijiste que no podías protegerme y lo hiciste.

Y salió dando saltitos, llevándose mi corazón con ella.

Me quedé allí sentado demasiado rato, dándole vueltas a todo lo que había dicho, con la expresión de la boca de los niños resonando en mi cabeza.

Cuando la puerta volvió a abrirse, era Amelie, con un plato de beicon y tostadas.

—¿Tienes hambre?

Asentí.

—Sí, gracias.

Necesitaba comer y poner en orden mis ideas, y después sería el momento de lanzarme de lleno a la vida que estaba destinado a vivir.