Mannix
Estaba trabajando en los cimientos de una casa nueva cuando Tony llegó corriendo.
Me limpié el sudor de la frente y lo miré fijamente.
—¿Acabas de llamarme Alfa? ¿Qué demonios te pasa?
—Eh... tienes invitados.
Me reí.
—¿Invitados? ¿Por qué suenas tan pomposo y...? Oh, mierda. Están aquí, ¿verdad?
Amelie y Lacey. Podía sentir su presencia. También la de Reid, por alguna razón. Simplemente lo sabía.
Me había sentido fatal hasta esta mañana. Como la peor resaca de mi vida. Pero me había despertado y me encontraba mejor.
Al principio, había esperado que fuera solo porque me sentía mejor por estar en casa, recuperándome de todo lo que había pasado en las últimas dos semanas. Pero ahora que sabía que estaban aquí, me preguntaba si ellos eran la razón.
—¿Dónde están?
—En tu casa.
Gemí y dejé la pala.
—Vale.
Salí de la zanja y empecé a caminar hacia la casa de Alfred. Al darme cuenta de que estaba solo, me volví para hacerle un gesto a Tony.
—Vamos. Sé que quieres conocerlo.
Tony corrió tras de mí y, antes de lo que me habría gustado, ya estaba abriendo la puerta principal y entrando con las botas llenas de barro.
Una vez dentro, Tony señaló hacia el pasillo.
—Están en el salón.
Asentí, tomando aire con dificultad ante la repentina opresión en el pecho.
—Gracias.
Di un paso más y Lacey dobló la esquina corriendo.
—¡Mannix!
Se lanzó a mis brazos y no pude hacer otra cosa que abrazar a la niña.
—Hola, Lacey. ¿Cómo estás?
—Te eché de menos.
Apretó más fuerte.
Amelie apareció en el pasillo y su mirada se cruzó con la mía con un impacto que me recorrió todo el cuerpo.
—Cariño, vas a aplastar a Mannix. Déjalo pasar para que pueda hablar con nosotros, ¿vale?
Lacey me soltó pero me agarró de la mano para que pudiéramos caminar juntos.
No miré a Tony porque me imaginaba perfectamente la expresión de su cara.
A los niños de la manada no les caía bien, y nunca había tenido ningún problema con eso.
Lacey, sin embargo, no tenía ese problema. Y no solo eso, atravesó todos los muros que había erigido alrededor de mi corazón y los pulverizó como si estuvieran hechos de aire.
Me caía bien. La sentía... como algo natural.
—Vamos —dijo Lacey, tirando de mí más rápido—. Reid también vino a verte.
Cuando entré en el salón, la presencia de Reid se hizo abrumadora. Llenaba el espacio como un oso.
—Hola —dije, levantando la barbilla hacia él.
Él asintió en respuesta, sin decir nada.
Miré a Amelie, luego de nuevo a Reid.
—¿Puedo ayudaros en algo?
Reid emitió un extraño ruido gutural y Amelie se adelantó como para protegerlo.
—Esperábamos poder quedarnos aquí un par de días.
—¿Quedaros? —repetí—. ¿Aquí?
¿Desde cuándo querían tener algo que ver conmigo o con mi manada?
—Sí —Amelie tragó saliva con dificultad—. No pudimos hablar mucho contigo el otro día, y Allara pensó... bueno, pensamos...
Se interrumpió con incomodidad, y no pude evitar soltar una risa irónica.
—Eso sería típico. Allara pensó. Sí, bueno, ella haría eso.
Me acerqué a la mesita, cogí el contrato que Reid había firmado y lo agité frente a su cara.
—Renunciaste a tus derechos sobre esta manada, así que vuelve con tu compañera y tu bebé, y déjame en paz.
Mi corazón latía demasiado fuerte, y mis dientes empezaban a cambiar; el filo de mis caninos me mordía el labio.
Reid se acercó a mí con los ojos destellando en amarillo.
—Fuera. Ahora.
Oh, sí. Esto iba en serio.
Me di la vuelta y salí a zancadas de mi casa, quitándome la camiseta sobre la marcha. Mi hermano quería pelear conmigo, y estaba deseando darle una paliza a ese arrogante.
Cuando llegué al césped, oí su gruñido.
Giré la cabeza para ver a Reid transformarse en un enorme lobo negro.
Mi propio cambiante saltó hacia delante, desgarrando mi humanidad mientras me transformaba en mi lobo gris.
Clavé las patas en el suelo, mirando fijamente a mi hermano mayor mientras él me enseñaba los dientes.
No esperé y me lancé hacia él.
Él imitó mi movimiento, esquivándome en el último momento para que mis dientes no encontraran más que aire. Chasqueé las mandíbulas en su dirección a modo de advertencia y volví a lanzarme contra él.
Bailamos y nos esquivamos. Sus dientes se clavaron en mi hombro. Mis mandíbulas se aferraron a su espalda.
Puse toda mi ira y frustración en la pelea, pero al final, fue la fuerza de Reid la que ganó.
Me inmovilizó boca arriba, con los dientes cerrados en torno a mi cuello.
No gemí ni me sometí, pero cuando relajé los músculos lo suficiente como para que quedara claro que ya no estaba luchando, Reid retrocedió.
Se transformó de nuevo en humano en cuestión de pasos, luego se puso de pie, desnudo, con la sangre goteándole por el costado y la cadera.
Yo también me puse de pie y me transformé, jadeando, con el dolor punzándome la carne donde sus dientes se habían hundido.
Amelie salió corriendo mientras negaba con la cabeza. —Sois dos idiotas. Volved dentro y os revisaré las heridas.
La lógica y la razón volvieron de golpe. —¿Dónde está Lacey?
—Está con Tony. La llevó a dar una vuelta por la manada para que no os viera pelear.
Me alegré de que no me hubiera visto pelear con Reid y perder. No quería que pensara menos de mí. Pero ¿qué pensaría Amelie?
—Vamos —llamó Amelie, tan tranquila.
Reid la siguió adentro y yo fui tras él. No parecía alterada, pero eso no significaba nada. Ya había descubierto que Amelie era una experta en ocultar sus sentimientos.
Se había instalado como si estuviera en su casa y había sacado un botiquín de primeros auxilios que yo nunca había visto.
—Date la vuelta. Déjame verte la espalda. —Se dirigió primero a Reid y luego hizo una mueca al ver el daño—. Puede que necesite algunos puntos, pero sanará.
Limpió la zona y sacó unas tiritas de aproximación; cuando terminó, pasó al lado de Reid y vino hacia mí.
Me obligué a quedarme quieto y dejar que me examinara, lo cual no era fácil cuando mi lobo estaba tan encantado con ella y quería salir a saludarla.
Cuando me tocó, su piel fue como una descarga eléctrica contra la mía. —Deja que te limpie esto. Tus genes de lobo harán el resto.
Me palpó, presionó y limpió las heridas que me ardían, pero apenas sentí dolor. Su contacto hacía que el placer desplazara cualquier otra sensación.
Por fin terminó y se apartó. —¿Qué tal si os ducháis los dos, os vestís y os preparo un almuerzo temprano?
Asentí. No quería discutir con ella.
Señalé hacia mi baño. —Usa ese —le dije a Reid.
Luego entré en la habitación de Alfred por primera vez desde su muerte. No iba a permitir que Reid usara el baño de Alfred.
Su cepillo de dientes seguía en el lavabo y, al meterme en la ducha, el extraño aroma amaderado que asociaba con Alfred me envolvió.
El duelo me invadió. Me puse bajo el chorro y dejé que las lágrimas corrieran. El dolor, la desesperación, todo arremolinándose a mi alrededor, dejándome en carne viva y vacío. Y, extrañamente, hambriento.
Al salir del baño, me escabullí a mi dormitorio y cogí unos vaqueros limpios y una sudadera.
Me vestí y volví al salón. Amelie había encontrado lo que necesitaba en los armarios de mi cocina y estaba preparando beicon, huevos y tostadas con mantequilla.
—Huele de maravilla —admití mientras me sentaba a la mesa del comedor. No había comido en ese sitio desde que Alfred murió.
—Bueno, tenías mucho donde elegir, lo cual estuvo bien. —Me puso un plato delante y sirvió huevos revueltos de una cacerola—. Ahora te traigo las tostadas y el beicon.
Me lo sirvió todo, igual que solía hacer Alfred, y era como volver a formar parte de una familia. Pero esta vez había una mujer en ella.
Entonces llegó Reid, con una toalla enrollada a la cintura.
—Tu bolsa está ahí. —Amelie señaló hacia el pasillo y Reid desapareció de nuevo.
Cogí un tenedor y empecé a engullir la comida.
—¿Estás bien? —susurró Amelie mientras dejaba un vaso de zumo de naranja junto a mi plato.
Alcé la vista hacia ella, pero no me miraba directamente.
—Sí, estoy bien —dije, y ella asintió antes de volver a la cocina a por más comida y platos.
Luego apareció Reid y se sentó a la mesa.
Amelie le sirvió y se sentó con su propio plato; las tostadas con mantequilla estaban en el centro de la mesa.
Comimos todos, la pelea olvidada, el ambiente distendido.
Mordisqueé mi tostada y escuché los sonidos de gente que volvía a llenar mi hogar de la infancia.
Cuando terminamos de comer, Lacey había vuelto con Tony, y Amelie también le preparó el desayuno. Esa mujer sabía cocinar, eso seguro.
Me recosté y los observé a todos mientras charlaban; el corazón me dolía de la forma más extraña.
Había jurado no tener hijos propios, pero ¿me estaba perdiendo algo increíble?
—Reid, eh... —Tony carraspeó—. ¿Puedo enseñarte el pueblo? Han cambiado muchas cosas desde que te fuiste.
Reid se levantó y llevó su plato al fregadero. —No recuerdo mucho, la verdad. —Respiró hondo, como armándose de valor. Pero luego asintió—. Te lo agradecería.
Le tendió la mano a Lacey. —Eh, pequeña, ¿qué tal si vienes conmigo y me enseñas lo que encontraste en tu paseo?
Lacey corrió hacia Reid. —¡Tienes que ver el colegio! ¡Es genial!
Reid y Lacey siguieron a Tony y, al poco, Amelie y yo nos quedamos solos. Estaba apoyada en la encimera de la cocina, demasiado guapa.
—Gracias por el almuerzo —logré decir mientras me levantaba con esfuerzo, notando el tirón de dolor en la espalda—. Y por curarme.
—Me alegro de que no te hayas hecho daño de verdad. —Se mordió el labio.
—¿Por qué? —pregunté. Al ver que fruncía el ceño, añadí—: ¿Por qué te importaría?
No dijo nada, pero sus ojos parecían contener la respuesta.
Me acerqué más, me puse frente a ella e inhalé el dulce aroma que solo era suyo. —¿Por qué siento que te conozco? ¿Por qué siento que...? —Quiero besarte.
No terminé, pero ella dejó escapar un gemido de todos modos, un sonido extraño y dolido.
Me arriesgué: dejé el plato en la encimera detrás de ella y me acerqué un poco más. Posé las manos en sus caderas y di un paso hacia delante.
No se movió y, una vez más, evitaba mi mirada.
Le tomé la barbilla y le alcé el rostro con suavidad para que no pudiera evitar mirarme.
Cuando por fin lo hizo, vi tanta incertidumbre y preocupación en sus ojos que me quedé paralizado.
—¿Estás bien?
Asintió.
—Bésame, por favor. Antes de que cambie de opinión.
Me aparté.
—¿Por qué ibas a cambiar de opinión?
¿Sería por su pasado o por el mío?
Se adelantó, me agarró de la camisa y tiró de mí hacia ella. Sus labios se estrellaron contra los míos en un beso desesperado que hizo que todo mi cuerpo estallara como fuegos artificiales.
A pesar de que se había abalanzado sobre mí, no pude apartarme. Su sabor, su calor, todo en ella era perfecto.
La estreché entre mis brazos y gemí de placer mientras oleadas de sensaciones recorrían cada centímetro de mi cuerpo. Mi corazón, mi alma, mi lobo... todo en mí rebosaba de felicidad.
Y entonces caí en la cuenta.
Mierda.
Es mi compañera predestinada.