Capítulo 13
Amy
Pasé una noche de mierda. No porque Trixie me despertara o llorara durante la noche. Se portó como un angelito.
Fui yo. Mi mente no paraba de dar vueltas. No conseguía pensar en nada agradable o positivo en qué concentrarme, y una extraña melancolía me perseguía, incluso en mis sueños cuando por fin logré dormirme.
Después de esperar horas a que Noah volviera, me fui a la cama enfadada.
Por eso estaba despierta cuando por fin llegó.
Lo oí entrar, cenar lo que le había preparado y luego detenerse frente a la puerta de mi habitación.
Estaba tan enfadada con él por haber tardado tanto que estaba a punto de saltar de la cama y cantarle las cuarenta si abría la puerta para ver cómo estaba. Pero no lo hizo.
Después de lo que pareció una eternidad conteniendo la respiración y sin moverme ni un milímetro, lo oí suspirar profundamente y dirigirse a su habitación, sin molestarse siquiera en comprobar si estaba despierta.
Por culpa de ese momento tan frustrante, estuve dando vueltas en la cama casi toda la noche.
Cuando me desperté a la mañana siguiente, estaba agotada y lo único que quería era pasarme el día durmiendo.
—Mamá, mamá —llamó Trixie desde su parque.
No moví ni un músculo, con la esperanza de que se tumbara y volviera a dormirse si pensaba que yo seguía frita.
En cambio, oí el crujido del fino colchón mientras daba saltos. Era evidente que le hacía ilusión verme en una cama en su habitación.
Levanté la cabeza y la miré. —Ay, cariño. ¡Por favor, dime que hoy vas a echar al menos dos siestas! ¡Las voy a necesitar!
Me levanté de la cama y la saqué de la cuna. Estaba tan preciosa y radiante como siempre, con sus preciosos ojos azules y su piel clara y suave.
—¿De verdad vas a convertirte en uno de esos lobos algún día? —le pregunté, aún sin terminar de creerme esas palabras—. Porque si lo haces, voy a ser el bicho raro por aquí.
Fui de puntillas hasta la puerta, la abrí y salí a la cocina a prepararle un biberón.
Las transformaciones que había presenciado el día anterior entre Noah y Lacey me habían dejado impactada.
Y sin embargo, a pesar de lo feroces y amenazadores que habían parecido al enfrentarse, sabía que Noah solo nos estaba protegiendo.
Ese hecho resultaba extrañamente reconfortante.
Noah había demostrado que nos defendería contra cualquier enemigo, incluidos los de su propia especie.
Por no hablar de que, sin duda, sería capaz de darle una paliza a cualquier humano, eso seguro.
Le preparé el biberón a Trixie, puse la cafetera y me la llevé de vuelta a la cama para acurrucarme con ella.
Me quedé tumbada con la cabeza en la almohada, contemplando a la preciosa hija que había creado.
Con Noah. Le acaricié la mejilla y le acuné la orejita con la mano, disfrutando de los pocos minutos de tranquilidad que teníamos juntas por la mañana, antes de que el día empezara de verdad y el torbellino de la vida se apoderara de todo.
Trixie terminó el biberón, me lo pasó vacío y se dio la vuelta para sentarse. Era tan independiente ahora, tan mayor. Mi pequeña bebé casi había desaparecido.
Llamaron a la puerta y me giré para mirar. —¿Sí?
La puerta se abrió y Noah asomó la cabeza, con sus ojos azules apagados y tristes. —Buenos días.
—Buenos días.
Trixie se bajó de la cama y corrió hacia él.
—Papá —canturreó, y Noah se rio mientras la cogía en brazos.
—Ya dice papá.
Tragué saliva con dificultad, notando el nudo de emociones en la garganta. —Sí. Es muy lista.
Asintió, estrechándola entre sus brazos. —Voy a preparar el desayuno y luego tenemos que irnos.
—¿Ah, sí? ¿Adónde vamos? —pregunté mientras me levantaba y buscaba las bolsas con nuestra ropa limpia.
—Anoche, cuando fui a ver a Ronan y Kara, quedamos en ir hoy a casa de Tammy. Kara pensó que podrías hacerle más preguntas a su cuñada sobre los bebés híbridos, ya que ella también tiene uno.
Sentí un gran alivio al oírlo. Sonaba como una idea estupenda. Saqué pañales para Trixie y preparé nuestras cosas para el día. —Perfecto, gracias.
Noah me pasó a nuestra hija y señaló hacia la cocina con el pulgar. —Voy a preparar el desayuno y nos vamos.
—Genial.
Noah se fue sin decir nada más, y un enorme vacío se abrió en mi corazón.
La poca amistad que habíamos construido en los últimos días había sido arrancada de cuajo, dejando solo esa tensión incómoda que suele haber entre ex.
Esa sensación hacía que todo pareciera insuperable.
Lo del lobo. Lo de ser madre soltera. El hecho de haberle mentido durante tanto tiempo. Todo.
De repente, mi vida era demasiado difícil y no veía forma de arreglarla.
Trixie me tiró de la pierna y me tendió el pañal limpio. Mi niña lista. Suspiré y respiré hondo, despacio. Esta pequeña dependía de mí, así que no podía venirme abajo hoy. Ni mañana tampoco.
Quizás más adelante. Cuando fuera mayor y pudiera cuidarse sola.
—Venga, cariño. Vamos a cambiarte y vestirte.
Cuando las dos estuvimos listas para afrontar el día, salí al salón y me encontré con un desayuno sencillo pero con una pinta estupenda.
—Tiene una pinta genial. Gracias.
Noah miró la mesa. —No sé cocinar mucho, pero cortar sí sé.
Había cortado fresas, manzanas, plátanos y peras. También había yogur, tostadas y panecillos.
—Está perfecto. Gracias.
Se me alegró el corazón al verlo esforzarse tanto con nosotras de nuevo.
Me pasó un café con el rostro tan sereno e impasible como la superficie de un estanque. Igual de indescifrable. —Vamos a desayunar.
Nos sentamos a comer, con Trixie pasando de uno a otro para robar bocados de nuestros desayunos.
Un mordisco de tostada de mi plato, un trozo de plátano del de Noah.
Era encantador, y mi tonto corazón se llenó de esperanza de que así podrían ser las cosas entre nosotros, si tan solo encontráramos la manera de seguir adelante.
Cuando terminamos, sin haber hablado de nada más que de lo adorable que era Trixie, recogimos y cargamos el coche en un silencio casi total.
—Me sentaré atrás con Trixie si no te importa conducir —le dije a Noah, lanzándole las llaves.
Las atrapó con cara de sorpresa.
—¿Estás segura?
—Sí, claro. Kara debería sentarse delante contigo porque necesitará espacio para las piernas. Además, puede ayudarte a orientarte. Ni siquiera sé adónde vamos.
Y no me importaba. Cruzaría el país de punta a punta y volvería si con eso conseguía respuestas sobre la salud de Trixie.
Subimos al coche, yo en el asiento trasero con la bebé, y Noah nos llevó hasta una casa enorme en lo alto de la colina.
—Vaya. ¿Así que esa es la casa del Alfa? —pregunté.
—Sí. Es grande, ¿verdad?
Asentí.
—Enorme.
Kara salió con su andar de embarazada, sonriendo.
—¿Qué tal esta mañana, chicos?
—Bien, gracias —dijimos los dos mientras subía. Y nos pusimos en marcha.
—¿Cuánto hay hasta ese sitio? —pregunté sin dirigirme a nadie en particular.
Kara se giró para sonreírme.
—Más o menos una hora por las carreteras principales, pero conozco algunos atajos para llegar antes.
Atravesamos el bosque, subiendo colinas y tomando curvas, con Noah siguiendo las indicaciones de Kara. Si hubiera temido por mi seguridad con estas dos personas, el hecho de que estuviéramos adentrándonos en plena naturaleza sin rastro de vida habría hecho saltar todas las alarmas.
Pero no tenía nada que temer de ellos dos, así que deseché el pensamiento absurdo. Una mujer embarazada y un hombre que quería a mi hija no iban a hacerme ningún daño.
Me recosté y los escuché charlar sobre la manada mientras entretenía a Trixie con comida, juguetes y, cuando ya nada más funcionaba, con mi móvil.
Cuando llegamos a otro pueblo pequeño, con casitas preciosas y calles bien asfaltadas, suspiré.
—Vaya. Qué sitio tan bonito.
—Sí —dijo Kara en voz baja—. Crecí aquí, y aunque hemos pasado por momentos difíciles, es un pueblo estupendo. Si tenemos tiempo de pasar a ver a Allara, creo que te caería muy bien.
—¿Quién es Allara? —pregunté.
—Mi mejor amiga.
—La Alfa —añadió Noah.
—¿Te refieres a la compañera del Alfa? —pregunté, dando por hecho que Allara era la esposa del Alfa, igual que Kara era la compañera de Ronan.
—No, ella es la Alfa —dijo Kara—. Era la única hija de nuestro antiguo Alfa, y aunque Jaime la retó, ganó en un combate a muerte.
—Vaya. —Sin duda era una mujer a la que quería conocer. Aunque lo de combate a muerte... eso sonaba bastante aterrador.
Kara se rio.
—Sí, es bastante impresionante.
Sin duda.
Llegamos a una casa pequeña, y una mujer sonriente salió por la puerta principal con una niña en brazos.
—¡Tammy! —gritó Kara, bajando del coche y acercándose a ella con su andar de embarazada.
Desabroché a Trixie de la sillita. Mi hija estaba desesperada por salir, retorciéndose y llorando mientras la sacaba.
—Ya la saco yo —dijo Noah, rodeando el coche hasta el lado de Trixie y abriendo la puerta.
—Oh. Vale. Gracias. —¿Qué más podía decir? ¿Que yo quería sacarla, como siempre? Eso habría sonado mezquino.
En lugar de eso, cogí mi bolso y las cosas de Trixie y me acerqué a la mujer, que parecía tan humana como yo. Y como Kara. Nunca habría podido adivinar que Tammy era humana y Kara no. A simple vista, las dos parecían mujeres normales y corrientes, como cualquier otra que hubiera conocido.
—Hola —dije, sonriendo a Tammy y a la pequeña que llevaba en brazos—. Soy Amy.
—¡Hola! Soy Tammy y esta es Claire.
Tammy tenía una voz firme y segura, y una cara dulce. También tenía más curvas que las cambiaformas lobo que había visto en el pueblo de Noah.
—Hola, Claire. —Saludé a la pequeña con la mano y ella me dedicó una sonrisa tímida—. Dios mío, es preciosa.
Tammy suspiró.
—Bueno, puede que parezca mona, pero me tuvo despierta media noche por vete tú a saber qué, así que pasad y tomemos un café. Perdonadme de antemano si estoy gruñona.
Me reí mientras la seguía.
—Sé lo que es eso.
Kara se quedó junto a la puerta, pero no entró.
—Oye, Tammy, ¿te importa si voy a saludar a Allara?
—Claro que no. Ve. Creo que esta mañana estará en el edificio del consejo.
Kara se escabulló y me dejó a solas con Tammy, Noah y las dos pequeñas.
Tammy fue a la cocina y encendió la cafetera.
—Bueno, chicos, ¿qué os trae por aquí?
Miré a Noah, que seguía con Trixie en brazos y parecía haberse quedado mudo.
—Bueno... tengo algunas preguntas, si no te importa.
—¿Sí? ¿Sobre qué?
—Sobre, ya sabes, los bebés de cambiaformas lobo y humanos, y cómo es vivir aquí cuando no eres... uno de ellos.
Tammy sentó a su hija en una trona y me dedicó una sonrisa.
—¿Ya has visto a Noah transformarse? Da un miedo de cojones, ¿verdad?
—Teniendo en cuenta que se transformó en el salón para protegernos a mí y a Trixie de otra loba, una mujer, que quería atacarnos, diría que sí, daba un miedo de cojones.
Miré a Noah, que evitaba mis ojos y no vio que había suavizado mis palabras con una sonrisa. Me volví hacia Tammy, que se había quedado boquiabierta, y no pude contener la risa que me subió por la garganta.
—Fue bastante surrealista, la verdad, presenciar esa transformación. Todavía no estoy segura de haberlo asimilado del todo.
—No me extraña —dijo Tammy, sacudiendo la cabeza.
Noah me lanzó una mirada cortante cuando me reí, y aunque seguía sin decir nada, algo en su mandíbula pareció relajarse un poco.
Se sentó en el suelo con Trixie y la dejó rebuscar en la caja de juguetes de Claire.
—Bueno, siéntate —me dijo Tammy, señalando una de las sillas del comedor que rodeaban la bonita mesa de madera—. Parece que tenemos mucho de qué hablar.