Lealtad de la manada Ronan
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Ronan

Los días siguientes pasaron como en una nebulosa.

Perdí la noción del tiempo mientras los días se fundían con las noches. Permanecí sentado junto a la cama de Kit, con la luz cambiante de la ventana como única compañía.

Kara me traía comida de vez en cuando; entraba y salía de la habitación cerrando la puerta con suavidad tras de sí.

Algo debí de comer, pero apenas era consciente de lo que me llevaba a la boca.

A veces se quedaba conmigo, y juntos compartíamos el silencio que lo envolvía todo como una niebla espesa.

No podía ni plantearme la idea de una vida sin mi hermano a mi lado.

Al tercer día, Kit despertó.

Estaba adormilado con la cara hundida en la colcha cuando sentí un suave golpecito en la coronilla. Me sobresalté, murmuré algo y parpadeé para quitarme el sueño de los ojos.

—¿Kara? —murmuré.

—No. —La voz sonaba ronca por el desuso, pero me llenó el corazón de alegría—. Tu hermano.

Abrí los ojos del todo y me incorporé tan rápido que me mareé. Kit estaba recostado contra la almohada. Seguía pálido, pero despierto. Y me sonreía.

—Hola. —Le serví un vaso de agua de la mesita de noche y se lo di. Lo vació de un trago y se pasó una mano por la cara—. ¿Cómo te sientes?

—Como si me hubiera pasado un camión por encima. —Kit se pasó una mano por el pelo revuelto e inclinó la cabeza—. ¿Qué pasó?

—¿Qué recuerdas?

—No mucho. —Kit intentó incorporarse, removiéndose e ignorando mi mano en su hombro, con la que trataba de que se quedara quieto—. Recuerdo la pelea. Esos otros lobos preparándose para atacarte. Pensé que podría distraerlos... ayudarte... Pero después de eso, todo está difuso.

—El golpe fracasó. Jaime está muerto. Se acabó.

Kit arqueó una ceja.

—Lo mataste.

Lo dijo como una afirmación, no como una pregunta, como si confiara plenamente en mí.

Asentí despacio.

—Sí. Pero estuvo cerca.

—¿Estás bien, Ronan? ¿Y Kara?

—Lo estamos. La tormenta ha pasado, te lo juro, Kit. Estamos a salvo.

Kit sonrió.

—Venciste al retador. Felicidades.

No le devolví la sonrisa.

Cuando pensaba en la vida que había arrebatado, un torbellino de emociones me invadía. Amargura, tristeza... y la certeza absoluta de que volvería a hacerlo si fuera necesario.

Haría cualquier cosa por mantener a salvo a quienes amaba.

Pero aún no estaba preparado para que Kit descubriera la culpa que acompañaba a matar a un hombre. Para ver su mirada cuando supiera la verdad. Matar no traía triunfo. Matar era el último recurso, y siempre pesaba en el alma, aunque la muerte fuera merecida o en defensa propia.

—¿Entonces esto significa que has aceptado?

Parpadeé y volví al presente.

—¿Qué?

—Que eres nuestro Alfa —dijo Kit con cautela, como si me costara pillar las cosas—. La ceremonia no tiene por qué ser nada del otro mundo, Ronan. Es solo una formalidad, ¿no?

No dije nada. Me puse a tirar de un hilo suelto de la funda del edredón.

Por suerte, la atención de Kit ya se había desviado hacia otras cosas. Ahora que estaba despierto, aquella energía adolescente e inquieta había vuelto con más fuerza que nunca. Se removió bajo las sábanas, como si fuera a levantarse, y negué con la cabeza mientras lo empujaba de vuelta a la cama.

—Ni hablar, tío. Todavía te estás recuperando.

—Ronan. —La voz de Kit había adoptado ese tono quejumbroso de hermano pequeño. Abrió mucho los ojos al verme ponerme de pie y dirigirme hacia la puerta—. Venga ya, estoy bien.

—Hasta los cambiantes necesitan tiempo para recuperarse. —Me mantuve en mis trece, incluso cuando Kit puso los ojos en blanco y se dejó caer de nuevo—. Deja que tu cuerpo se cure, ¿vale? Al menos hasta mañana.

Al salir de la habitación, esperé que el alivio palpable en mi voz no le resultara a mi hermano tan evidente como a mí.

Tres días antes, no estábamos seguros de que fuera a despertar.

Me quedé frente a su puerta y dejé escapar un suspiro de alivio. Asimilando que mi hermano estaba vivo y se pondría bien.

No tuve ocasión de saborear el alivio por mucho tiempo. El respiro ya se desvanecía. Tenía otros problemas, y ahora no había nada que me distrajera de ellos.

Como un eco, sus palabras resonaron desde el fondo de mi mente.

Eres nuestro Alfa.

Sentía el pecho varias tallas más pequeño. Intenté respirar hondo, pero algo me comprimía los pulmones.

Aire fresco. Eso es lo que necesito.

El corazón me martilleaba en el pecho mientras bajaba la escalera a toda prisa. No había salido de casa en días. Una buena carrera por el bosque me despejaría los pulmones y calmaría la tensión que me recorría la espalda.

Kara salió de la cocina. Al ver mi expresión, se refugió en mis brazos.

—¿Está despierto?

—Sí. —Apoyé la cara en su coronilla, reconfortado—. Gracias —murmuré, apartándome para besarla como es debido—. Por todo.

Sus ojos brillaron al mirarme. Le acaricié la mejilla y le coloqué unos mechones sueltos detrás de la oreja.

—Tengo una sorpresa para ti. —Su sonrisa era dulce—. Mira... justo aquí.

Me alejó del pie de las escaleras, atravesando el vestíbulo hasta la pared de enfrente.

Me detuve en seco.

La pared, que llevaba casi un año desnuda, se había transformado.

Las fotos del archivo que guardaba enterrado en mi armario —las mismas que le había enseñado a Kara semanas atrás— formaban ahora un bonito collage en la pared. No reconocí el ecléctico conjunto de marcos que albergaban las imágenes: eran dispares, pero de algún modo encajaban entre sí.

Algunas fotos eran de Kit y de mí junto al arroyo, abrazados por los hombros con sonrisas idénticas.

En una de las fotos, Noah, Jake y Zac sujetaban cervezas mientras mi yo adolescente fruncía el ceño desde una esquina del marco.

Incluso había una reciente de Kara y de mí en el jardín trasero, entre los girasoles.

Creo que la hizo Kit hace un par de semanas.

Papá estaba en todas partes. En el centro del escenario de la casa de reuniones, meciendo a Kit en brazos, riendo y dándole una palmada en el hombro a un hombre. Me acerqué más y reconocí al otro hombre: era el Anciano Frey, solo que una versión menos curtida de la que yo conocía.

En el marco central, mis padres me miraban. Yo estaba encaramado a los hombros de papá con una sonrisa amplia y alegre; en brazos de mamá, el bebé Kit dormía plácidamente.

Intenté hablar, pero cuando abrí la boca, no me salió nada.

Todo el cansancio, la rabia, la confusión y la frustración acumulados durante los días junto a la cama de Kit me invadieron de golpe. Me tambaleé hacia atrás, incapaz de apartar la mirada de la foto del centro.

De la mirada inquebrantable y congelada de mi padre.

Eres nuestro Alfa.

Kara me puso la mano en el brazo.

—¿Qué te parece? ¿Te gusta?

Kara

Con cada momento que pasaba, cada segundo de silencio que se alargaba, mi ansiedad crecía.

Pensé que le encantaría la colección de fotos. Había pasado horas y horas revisándolas para encontrar las que reflejaran al Ronan que yo conocía. Quería regalarle este recordatorio de todas las relaciones que valoraba; de todos los que lo habían cuidado y apoyado a lo largo de los años.

Ronan miraba el collage con una expresión indescifrable. Estaba tan quieto que podría haber sido una estatua. Solo el lento subir y bajar de su pecho me indicaba lo contrario.

Volví a mirar la pared, con el estómago encogido.

Había querido canalizar toda la energía nerviosa acumulada durante la última semana en algo productivo. Algo que alegrara el vestíbulo desnudo. Algo que le recordara a Ronan lo que tenía justo delante.

La vida que tenía, las personas a las que había querido. Incluso a quienes había perdido.

Pensé que le ayudaría a aceptar lo ocurrido.

Ahora, la duda me inundaba. ¿Me habría pasado de la raya?

Ronan parecía apreciar todos los demás pequeños cambios que había hecho en la casa. Quizá esta vez me había dejado llevar.

Finalmente, los hombros de Ronan se encorvaron hacia delante y se dio la vuelta. Su mirada pasó de largo junto a la mía mientras se dirigía hacia la puerta. La abrió y se detuvo con la mano en el pomo.

—El chico ya está inquieto —dijo—. Deberías ir a verlo.

Miré hacia las fotos de la pared. Con la luz del atardecer entrando desde el porche, el cristal de los marcos brillaba.

Ronan tenía los ojos clavados en el suelo. Parecía incapaz de seguir mirando las fotos o a mí.

—Lo haré —respondí, orgullosa de que mi voz sonara firme—. Pero solo cuando me digas qué te pasa.

—Estoy bien —replicó con brusquedad, la mirada dura.

No era una expresión que estuviera acostumbrada a ver en él. Todo ese afecto y calidez parecían haber desaparecido. Este no era el Ronan que yo conocía.

Hizo ademán de cerrar la puerta, pero me adelanté sin pensar y me colé tras él hacia fuera.

—No —dije—. No lo estás. Ronan, lo siento. Quería que fuera una sorpresa. Pensé que te animaría.

—Está bien —se pasó una mano por la cara—. Kara, solo necesito aire. Necesito dar un paseo.

Por estúpido e irracional que fuera, una oleada de pánico aplastante me invadió.

La parte de mí que era humana —la parte racional y sensata— sabía que el pánico era ridículo. Pero no podía evitarlo. La otra parte estaba aterrada ante la idea de perder a su compañero. No atendía a razones. El miedo era primitivo, agazapado en lo más hondo de mi pecho.

Lo peor era que no podía combatirlo.

Llegó a la mitad de los escalones antes de que le pusiera una mano en el hombro.

—Ronan. Por favor. Solo háblame.

Quédate. La palabra flotaba en el aire entre nosotros, sin ser pronunciada.

Bajo mi mano, su cuerpo se tensó. Giró la cabeza hacia un lado, dejándome ver su perfil ensombrecido.

—Ya no quiero hablar más.

—¡Pues yo sí! Llevas días cuidando de tu hermano, sin apenas hablar con nadie. ¡Y ahora ni siquiera puedes mirarme!

La mención de su hermano pareció agrietar la superficie del muro que Ronan hubiera levantado. Se volvió hacia mí bruscamente.

—¡Porque he estado intentando cuidar de la única familia que me queda!

Me mordí el labio con fuerza para contener las lágrimas que amenazaban con brotar. Mi cambiante se estaba frustrando, y con la frustración llegaba la ira.

Me ardía la garganta y la respiración me salía rápida e irregular.

—¿Y qué se supone que debemos hacer los demás? Te comportas como si estuvieras solo, pero no lo estás. Mi clan⁠...

La boca de Ronan se torció con amargura.

—¿Tu clan? Tu clan dejó libre a Jaime. Tu Alfa imprudente casi consigue que maten a mi hermano.

—No te atrevas a hablar así de Allara.

Estábamos casi cara a cara, mirándonos fijamente sin pestañear. Odiaba que la mera proximidad de Ronan siempre hiciera que el corazón se me acelerara. Era totalmente inapropiado, pero sentí un calor en el estómago, y no precisamente por los motivos adecuados.

La mirada de Ronan se desvió hacia mi boca. Soltó un largo suspiro.

—Yo no pongo en peligro a los míos, Kara.

—Ella tampoco.

Lo miré y se me cortó la respiración al ver su mirada ardiente.

—Hay una diferencia entre proteger a la gente y mantenerla prisionera.

—¿Qué estás diciendo?

—Este lugar, estos muros. No estás protegiendo a la gente, la estás encerrando. Yo también tengo un hermano.

Las palabras salían rápido, más duras de lo que pretendía, pero no me importaba.

—Uno al que no he visto en semanas. Y una cuñada, y una sobrina.

Solté una risa corta, casi histérica.

—¿Qué hago siquiera aquí? Si ibas a volverte así, tan frío e insensible...

Algo cruzó el rostro de Ronan. Por un breve segundo, pareció angustiado.

—Kara.

—Quizás sea hora de que vuelva con mi propia familia. Mi clan.

Se me entrecortó la respiración mientras contenía un sollozo.

—Ahora que Jaime se ha ido.

—Kara, espera.

Negué con la cabeza y me escabullí de su alcance mientras bajaba los escalones del porche.

—Por eso estoy aquí, ¿verdad?

Me giré hacia su rostro consternado.

—Necesitabas una garantía. Algo para mantener tu tregua con el Clan Bane. Fui tan estúpida. Pensé... bueno, no importa lo que pensé. Estaba equivocada.

Ronan gruñó. Echó a andar hacia mí, pero me escabullí antes de que me alcanzara.

—No seas ridícula —gritó.

—¿Ridícula? ¿Yo estoy siendo ridícula?

El fuego que ardía en mi corazón era inextinguible.

—Jaime está muerto. Los clanes están a salvo. No queda nadie que te desafíe. Ya no me necesitas aquí.

—¡Kara!

La voz de Ronan me retumbó en el pecho. Por su postura, supe que estaba al borde de transformarse.

No quería que eso sucediera, porque sabía que, si lo hacía, yo también me transformaría.

Retrocedí lentamente, negando con la cabeza.

—Solo...

Las lágrimas me corrían por las mejillas sin control.

—No.

No podía mirarlo más. Me di la vuelta y huí, ignorando su voz atronadora y el eco de mi nombre que se desvanecía en la distancia. Solo un pensamiento me consumía.

Tengo que salir de aquí. Lejos de él.

Llegué al borde del pueblo de una pieza.

Nadie intentó detenerme. Aquí y allá, la gente me dedicaba sonrisas vagas o levantaba una mano en señal de saludo, pero yo seguía adelante. Si mi rostro bañado en lágrimas llamó la atención de alguien, no me quedé para averiguarlo.

Solo un rostro destacó entre los habitantes del pueblo.

El Anciano Frey me miraba fijamente mientras pasaba a toda prisa junto a la casa de reuniones.

Estaba en la ventana superior, de pie en el mismo lugar donde yo había estado cuando vi a Ronan por primera vez.

Su rostro era inescrutable, ni sonriente ni ceñudo, solo... vigilante.

Un escalofrío me recorrió la espalda, pero seguí adelante.

Cuando llegué a las puertas, me había enfurecido tanto que estaba dispuesta a derribarlas a patadas si no se abrían.

Pero se abrieron. No vi quién vigilaba las torres, pero pasé entre las altas vallas por primera vez desde que había llegado.

No dejé de correr hasta que estuve en lo profundo del bosque.

Solo entonces me permití derrumbarme. Sollocé durante lo que parecieron horas, hasta que no me quedaron más lágrimas.

Hasta que me temblaban las piernas, mareada y vacía.

Quería acurrucarme en el suelo del bosque y dormir.

Quería hundirme en la tierra y olvidar todo lo que había sucedido en los últimos días.

Detrás de mí, el follaje crujió. Contuve el aliento de golpe, pegué la espalda contra un árbol cercano y aguanté la respiración.

Un ciervo salió trotando al claro. El alivio me inundó, tan intenso que casi me eché a reír.

No puedo quedarme aquí. Estoy demasiado cerca del límite de Thornwood. Tengo que cruzar al otro lado del arroyo.

Busqué en mi interior, tanteando a mi cambiante. Estaba acurrucada, escondida de la luz. Aletargada. Con el corazón roto.

Mala pata. Necesitaba a mi cambiante ahora para llegar a casa a salvo.

No podía viajar así. Mi frágil cuerpo humano no podía atravesar el bosque, especialmente con las emociones destrozadas. Necesitaba la velocidad y agilidad de mi cambiante.

Después de unas cuantas respiraciones profundas, finalmente sentí que mi cambiante se movía. El cambio se extendió por mi cuerpo, empezó en los pies y se acumuló en el pecho. La loba estaba aquí.

Hora de ir a casa.