Lealtad de la manada Allara
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Allara

El patio trasero de mi piso estaba en penumbra, y las vallas eran lo bastante altas para mantener a raya a los vecinos curiosos.

Perfecto.

Me quité la bufanda y la metí en el bolso.

—Vamos, no tengo toda la noche.

Intentaba contener la descarga de adrenalina que me recorría el cuerpo, pero me estaba costando más de lo que pensaba reprimir aquellas emociones desbocadas.

—Sí, señora.

Me hizo un saludo burlón y puse los ojos en blanco.

Oía el latido de su corazón y cómo se le aceleraba la respiración. Sentía un hormigueo de anticipación en el estómago, a pesar de todo. Había pasado... ¿cuántos años desde que me había transformado?

Demasiados.

Sonreí, a pesar de la situación que había llevado a este momento.

—Algunas reglas básicas —dijo mientras se quitaba la chaqueta y la tiraba a un lado—. Nada de tirones de pelo, ¿vale?

—Muy gracioso —respondí.

—Recuerdo bien tus movimientos.

Se sacudió un poco y se estiró. Se le marcaron los bíceps al levantar los brazos por encima de la cabeza, y aparté la mirada.

¿Qué narices estaba haciendo, liándome en esto con Reid? Estaba en la ciudad por una razón. Tenía una vida aceptable. Tenía amigos. Me iba bien sola. Bien de verdad.

Y no gracias a él, ni a mi padre, ni a nadie de la manada.

Me habían soltado y nunca más volvieron a saber de mí. Hasta ahora.

Sonrió con suficiencia; me había pillado mirándolo. Me aparté el pelo de la cara y me erguí, concentrándome en mantener el equilibrio.

Si quería pelea, la tendría. No pensaba rendirme fácilmente.

Algo en su mirada cambió cuando percibió el cambio en mi postura. Para un humano, habría sido imperceptible, pero por primera vez esa noche vi cómo el lobo que llevaba dentro se alzaba.

Su respiración se había vuelto más profunda y un brillo plateado le iluminaba los ojos. Mi cuerpo respondía, como lo había hecho cientos de veces antes. La adrenalina me recorría las venas, me hacía temblar los músculos, y una oleada de emoción me dibujó una sonrisa en los labios.

Mi loba empujaba con fuerza, desesperada por salir después de tanto tiempo.

En silencio, Reid me tendió la mano.

La miré fijamente un momento antes de aceptar la conexión. Mi cerebro ya se sentía totalmente revuelto.

Bien. Desafío aceptado.

Respiré hondo y dejé que uniera nuestras palmas. La sensación de su piel cálida en el aire frío de la noche me sobresaltó y solté un jadeo.

Era la primera vez que nos tocábamos en cinco años.

Agachó la cabeza y sus ojos se oscurecieron, sin parpadear, hambrientos, clavados en mí.

No pude reprimir un escalofrío mientras retrocedía un par de pasos. Él me siguió paso a paso, y empezamos a rodearnos lentamente el uno al otro.

Sin previo aviso, gruñó y sus ojos relampaguearon con un destello plateado.

El mundo exterior se desvaneció y mi visión se estrechó.

Había sido mi único foco desde que entramos en mi patio trasero, pero a medida que me transformaba en loba, esa sensación no hizo más que intensificarse.

Todos mis sentidos se llenaron de él: el calor de su pelaje, lo embriagador de su olor, el destello de sus ojos.

Todo se fundió en un nivel de concentración que había olvidado hacía mucho.

Me alejé de él, desorientada y abrumada.

Era surrealista volver a ser loba después de tanto tiempo. Mis orejas giraron, captando los sonidos del tráfico lejano en la autopista.

Me acerqué a Reid con un resoplido curioso, saboreando la sensación de la hierba húmeda bajo mis patas.

Bueno, siempre dijeron que sería como montar en bicicleta.

El lobo de Reid me observaba impasible. Su pelaje marrón brillaba con motas plateadas, justo como lo recordaba. Se erguía un par de palmos más alto que yo, y su pelaje no era tan lustroso como el mío.

Era una visión formidable. Si hubiera sido un desconocido, podría haber tenido miedo.

Pero no lo tenía. Todo lo contrario.

Temblaba ligeramente, con los músculos en tensión. Se estaba conteniendo mientras esperaba a que me adaptara al cambio.

Pensé en los largos años que había pasado sola. Sin él.

Me habían abandonado cuando más lo necesitaba, más que nunca. Él sabía cuánto daño me había hecho, y no parecía haberle importado.

Y ahora, volver a mi vida pavoneándose, como si nada hubiera pasado.

Los pensamientos oscuros se arremolinaron en mi cabeza y un gruñido me brotó de la garganta.

Él respondió con un gruñido bajo y retumbante.

No hubo advertencia ni señal. No la necesitábamos. No cuando éramos así.

Nos abalanzamos el uno sobre el otro, como habíamos hecho incontables veces.

Pero esto no era un juego ni una sesión de entrenamiento adolescente. No para mí.

Canalicé todo el dolor que había acumulado durante los últimos cinco años y lo desaté sobre él.

Pelear con Reid siempre había sido como una danza. Podía sentir cada respiración suya, percibir sus movimientos casi antes de que los hiciera, y él podía sentir los míos. Conocíamos las fortalezas y debilidades del otro tan bien como las nuestras.

Peleamos un rato, esquivando, zigzagueando y luchando de forma juguetona como habíamos hecho de niños, redescubriéndonos mientras mi cuerpo recuperaba rápidamente el ritmo de todo aquello de ser loba.

Puede que no fuera tan fuerte como antes, pero sabía que aún podía plantar cara. Él también parecía sentir el calor de mi ira. Bien.

Pero se estaba conteniendo un poco, y eso me enfureció aún más.

Él me había desafiado a mí, al fin y al cabo. Había demasiado en juego para medias tintas.

Le mostré los dientes con un gruñido de frustración.

Trotó hacia atrás unos pasos, sacudiéndose el pelaje.

No iba a engañarme. Ambos jadeábamos por el esfuerzo, pero necesitaba que él se entregara del todo para poder hacer yo lo mismo.

Solté un gemido impaciente y me lancé contra él. Aprovechando su sorpresa ante mi ataque, le clavé los dientes en el cuello y tiré de él hacia mí, intentando arrastrarlo a un forcejeo.

Me quitó de encima sin esfuerzo, lo que confirmó mis sospechas: no estaba usando toda su fuerza.

Vamos, Reid. ¿De qué tienes tanto miedo?

Había sido él quien propuso esto, quien quiso subir la apuesta. Pero ahora que estábamos aquí, embistiéndonos y derribándonos sobre el césped, parecía no querer asestarme un golpe de verdad.

Finalmente, caí en la cuenta. Estaba preocupado por hacerme daño.

Resoplé.

Bueno, si él quería contenerse, yo no pensaba hacerlo. Me deslicé bajo él, lo hice rodar y lo forcé a reaccionar. Forcejeamos, y por fin sentí que entraba en el combate de verdad.

Bien. Si ganaba, quería que fuera por mis propios méritos, no porque él se estuviera conteniendo.

Ninguno de los dos conseguía imponerse. Su cuerpo se apretaba contra el mío, despertando sensaciones que creía olvidadas.

Ya no me lo estaba poniendo fácil; por fin estaba usando toda su fuerza. Tuve que recurrir a todos mis trucos para evitar que se acercara lo suficiente para inmovilizarme.

Nos separamos y se sacudió entero con un gruñido grave, fulminándome con la mirada. Sus ojos se oscurecieron y las pupilas se le dilataron tanto que apenas quedaba visible una fina línea de iris plateado.

La adrenalina me recorría el cuerpo.

Quizás había pensado que caería fácilmente. Al fin y al cabo, hacía mucho que no adoptaba mi forma de loba, y era evidente que él solo había ganado en agilidad y fuerza.

Pero yo todavía tenía una ventaja clave. Sangre de Alfa corría por mis venas. Estábamos más igualados de lo que él había previsto.

Su ataque repentino me pilló desprevenida y me derribó. Me escabullí de debajo de él y rodamos una y otra vez sobre la hierba hasta chocar contra la valla con tanta fuerza que saltaron astillas por todas partes.

Ups. Adiós al perfil bajo.

Durante una fracción de segundo, lo tuve exactamente donde quería. Con la cabeza contra el suelo, se relajó bajo mi cuerpo y soltó un resoplido.

Yo también exhalé, invadida por el alivio.

Lo tenía.

Por puro instinto, me incliné y le rocé el cuello con el hocico.

En un abrir y cerrar de ojos, me dio la vuelta y me inmovilizó contra el suelo. Enfurecida, gruñí e intenté morderle el cuello mientras forcejeaba contra él.

En vano.

Al final, no lo tenía. Ni de lejos. Era él quien me tenía exactamente donde quería.

Debería haberme marchado cuando tuve la oportunidad. Todo en él —su voz, su olor, sus ojos— me hacía flaquear.

Sangre de Alfa o no, de pronto me di cuenta de que nunca había tenido ninguna posibilidad.

Las ganas de luchar me abandonaron y sentí que mi cuerpo empezaba a cambiar, a fundirse de vuelta en forma humana. Sobre mí, la forma lobuna de Reid también se desvaneció, hasta que me encontré mirando unos ojos humanos muy abiertos.

Ya no forcejeaba. El impacto de la transformación me había dejado sin fuerzas para seguir luchando.

De todas formas, él había ganado.

Me tenía inmovilizada. Su piel desnuda estaba caliente contra la mía.

De golpe, recordé por qué no era buena idea transformarse llevando ropa puesta. Probablemente había trozos de tela desgarrada esparcidos por la hierba a nuestro alrededor.

¡Esos eran mis vaqueros nuevos!

Era un fastidio menor dada mi situación actual, pero aun así.

El plateado de sus ojos se desvaneció hasta su habitual gris oscuro, aunque seguían ardiendo de deseo. La expresión de su rostro me resultaba muy familiar.

Nuestras bocas estaban a escasos centímetros.

Sin querer, me lamí los labios, y su mirada bajó de inmediato a mi boca.

Parecía haber olvidado por qué estábamos enredados así.

Pero no hacía ademán de levantarse. Y yo no hacía ningún esfuerzo por quitármelo de encima.

Apenas podía sentir la hierba debajo de nosotros ni ver el cielo estrellado sobre nuestras cabezas.

Solo existía la sensación de su cuerpo sobre el mío. Habíamos estado así mil veces antes.

Mi cuerpo lo recordaba con nitidez, aunque el resto de mí hubiera intentado desesperadamente olvidarlo.

Subió los brazos hasta apoyarlos a cada lado de mi cabeza.

Una de sus manos me encontró la garganta y me acarició la piel. Me deslizó los dedos por el pelo, me inclinó la cabeza hacia arriba y se acercó tanto que su melena cayó y me hizo cosquillas en los hombros.

Cuando me rozó los labios con los suyos, me estremecí y los míos se entreabrieron.

Gimió y exhaló contra mi boca mientras profundizaba el beso y se apretaba contra mí.

El calor se me enroscó en el estómago y deslicé las pantorrillas contra las suyas. Aprovechando su distracción, nos di la vuelta y me senté a horcajadas sobre él antes de inclinarme a besarlo con intensidad.

Cuando nos separamos, lo miré fijamente, con un millón de pensamientos arremolinándose en mi cabeza.

¿Qué estoy haciendo? Dios, cuánto he echado esto de menos.

Él se quedó allí tumbado, riendo entre dientes.

—Alfa.

A juzgar por su amplia sonrisa, no le molestaba que le hubiera dado la vuelta y tomado la posición dominante. Le aparté el pelo de la cara y le recorrí el pecho y los brazos con las manos. Respiraba con dificultad, mirándome con algo parecido al asombro.

Una pequeña parte de mí se preguntaba si había sabido que esto iba a pasar. Una parte aún mayor gritaba que me bajara de él antes de hacer algo que ambos lamentaríamos.

Sus manos se cerraron con firmeza en torno a mis caderas y volví de golpe al presente.

Estaba esperando a que yo decidiera.

Al diablo, pensé.

De perdidos, al río.

Mis dedos se enredaron en su cabello y tiré de él hacia arriba para encontrarnos en otro beso apasionado.