31 Cass #3
Cuando se retira, gimo ante la pérdida. Me hace callar, me besa en la frente y se desliza fuera de la cama.
Oigo correr el agua en el baño. Un minuto después, vuelve con una toallita caliente. Me separa las rodillas con un suave empujón y me limpia, despacio y con cuidado, tal y como hizo aquella primera noche en urgencias.
Una vez terminado, vuelve a meterse en la cama y nos tapa a los dos con el edredón. Luego me acurruca contra su pecho, con mi mejilla sobre su hombro y una de sus piernas entre las mías. Su mano busca mi vientre y descansa allí.
—¿Estás bien? —me pregunta.
—Mmm.
—¿Te duele algo?
—No.
Me besa en la coronilla. Sus dedos se extienden por todo mi vientre.
—Nuestra, ¿eh? —digo.
—¿Qué?
—Has dicho nuestra.
Se queda callado un segundo. —¿Lo he dicho?
—Sí.
Su pulgar recorre mi piel de un lado a otro. —Mmm. Supongo que sí.
Nos quedamos tumbados un rato. La luz de la habitación ha cambiado a medida que el sol se pone temprano. El fuego de la chimenea se ha reducido a brasas. La mano de Matvei no ha dejado de acariciar mi vientre. De un lado a otro, de un lado a otro.
—¿Mat? ¿Me cuentas algo?
—¿Como qué?
—No lo sé. Algo que no sepa sobre ti.
Al principio, creo que no va a responder. Entonces dice—: Mi padre se llamaba Gervasii.
—Gervasii —repito en voz baja. Como si, al decirlo demasiado alto, el nombre fuera a ahuyentar a Matvei—. Gervasii Satyrin.
—Ese mismo.
Levanto la barbilla para poder verle la mandíbula desde abajo. Su nuez de Adán se mueve.
—Háblame de él —le animo.
—Era de la Bratva —dice Matvei al fin—. No estaba muy arriba. Tampoco muy abajo. En algún punto intermedio, donde tienes el poder justo para que te maten, pero no lo suficiente para evitar que eso ocurra.
—¿Cómo era?
—Estricto —responde sin dudar—. Aunque no siempre. Podía ser divertido cuando quería. Le gustaban los juegos de cartas. Hacía trampa a más no poder, pero supongo que eso también es una lección.
Apoyo la palma de la mano sobre su corazón. Late una vez, con fuerza, como si le sorprendiera que lo notaran.
—Hace quince años —dice—, él y mi tío Afon tenían un trabajito paralelo. Un pequeño chanchullo para sacar dinero extra. Era algo que Lukas, el pakhan, les había prohibido expresamente. Creían que podían mantenerlo en secreto y ocultárselo. Pero al final se equivocaron.
—¿Qué pasó?
Sus costillas se quedan muy quietas bajo mi mejilla. Puedo sentir cómo elige las palabras con cuidado.
—Los pillaron en un callejón unos proveedores que habían decidido que ya no merecía la pena arriesgarse por ellos.
Yo estaba allí. No debería haber estado, me habían advertido que no los siguiera, pero creía que ya tenía la edad suficiente para meterme en eso.
Los chicos de quince años lo saben todo, por si no lo sabías.
La broma es demasiado amarga como para que me haga gracia. Sobre todo cuando ya veo por dónde va esto. —Ay, Mat.
—Si no hubiera sido por Afon —dice—, me habrían matado de una forma tan espantosa como a mi padre. Pero Afon me sacó de allí mientras mi padre se llevaba lo peor.
Cierro los ojos y pienso en un chico de quince años agazapado detrás de un contenedor, mirando cuando le habían dicho que no mirara. El mismo chico que, quince años después, sacaría a una desconocida de un callejón porque no podía soportar ser el que no interviniera.
—Se suponía que Afon también iba a morir —continúa Matvei—.
Lukas tenía todo el derecho a ejecutarlo.
A mí también. Actuar a espaldas del pakhan…
eso es una sentencia de muerte. Pero Afon se arrodilló y suplicó.
Hizo un trato. Si Lukas me perdonaba la vida, Afon trabajaría para él para siempre.
Y Lukas, que es un hombre complicado, por decirlo suavemente, aceptó el trato.
—Así que Afon lleva trabajando para él desde entonces.
Matvei asiente. —Durante quince años. Haciendo todo lo que le piden. Nunca dice que no. Nunca duda —Traga saliva—. Por mi.
El fuego, que se va apagando en la chimenea, crepita. Un carbón se desliza desde lo alto de la pila.
—¿Y ahora qué…? —le pregunto.
—Ahora —dice Matvei lentamente—, ha surgido una nueva oportunidad.
Técnicamente hablando, Lukas me liberó de mi compromiso con la Bratva hace quince años.
Pero Raymond y sus amigos están haciendo cosas a las que Lukas no acaba de encontrar la manera de hacer frente.
Así que me pidió que me encargara de ello por él.
A cambio, liberaría a Afon de su deuda. Los dos seríamos libres.
O, al menos, tan libres como alguien como nosotros puede llegar a serlo —Su mano por fin deja de moverse sobre mi vientre y simplemente descansa allí—.
Así que cuando te digo que Raymond va a morir, dikarka, no solo te estoy tratando de salvar a ti. También al tío que me rescató.
Acaricio con los labios la cicatriz de su costado. Él hace una mueca de dolor, pero luego se relaja, como si algo en ese beso lo calmara. —Entonces lo haremos —declaro—. Por ti y por tu tío. Por tu padre. Por mí. Y por nuestro bebé.
Él emite un suave murmullo de asentimiento.
—Siento haber echado a perder esta oportunidad —digo.