2 Cass
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CASS
Odio cuando los desconocidos hacen bromas ambiguas. Como cuando vas con prisa por el control de seguridad del aeropuerto y el agente de seguridad aeroportuaria te dice algo como: “Disfruta del vuelo… si llegas a tiempo”.
Señor, ¿qué significa eso? ¿Es una amenaza? ¿Una broma? ¿Debería reírme? ¿Debería llamar a la policía? ¡¿No eres tú la policía?!
Así es como me siento ahora mismo.
O mejor dicho, así es como me sentiría.
Pero está muy, muy claro que este hombre no está bromeando.
De cerca, es peor de lo que parecía cuando lo vi por primera vez al otro lado de la barra. Y cuando digo peor, quiero decir mejor. Y cuando digo mejor, quiero decir peor para mí y para mi capacidad de construir frases.
Para empezar, es increíblemente alto. Llevo tacones Prada y aún así me supera fácilmente en veinte centímetros.
Su piel es pálida, casi blanca en contraste con el negro de su barba incipiente.
Sus ojos son de un azul dramático y desvaído, casi tan fantasmal como su tez.
El efecto general es inquietante. Pelo oscuro, ropa oscura, todo oscuro, y de repente, ¡bum! , esos ojos brillantes y penetrantes.
Además, huele bien. A pino fresco y limpio, y a aguamarina. Nada que ver con este bar. Por muy desconcertada que esté porque me haya retenido al salir de este antro, es agradable poder respirar hondo sin sentir que voy a tener que retapizar el interior de mis fosas nasales.
Bajo la mirada hacia su mano sobre la mía.
A diferencia de todos los demás chicos de este antro, no hay rastro de cicatrices espantosas, heridas supurantes ni tatuajes carcelarios mal hechos en sus nudillos.
Sin embargo, no son en absoluto las manos de un chico remilgado.
Son fuertes y ágiles, cálidas y callosas. Muy capaces.
Pero también están donde no deberían estar.
—¿Sabes? —le espeto—, es muy grosero tocar a una mujer sin permiso.
—Estás en el lugar equivocado si buscas buenos modales —responde con indiferencia, pero me suelta. Casi echo de menos su tacto.
Apoyo los puños en las caderas y elevo mi actitud desafiante al máximo. —¿Por qué tengo la sensación de que este lugar no tiene nada que ver con tu disposición a ponerle las manos encima a alguien a quien no conoces de nada?
El hombre de ojos azules parece totalmente imperturbable. —Hago lo que hay que hacer —dice sencillamente.
—Ah, ¿así que yo soy lo que hay que hacer?
Asiente solemnemente. —Yo diría que sí. Por lo que parece, hace mucho tiempo que no te lo hacen como es debido.
Me sonrojo al instante. Mejillas rojas, retorcimientos en el estómago, todo el repertorio.
Inmediatamente quiero cavar un agujero muy profundo y tirarme al fondo.
—Yo… Tú… No puedes simplemente… Oh, a la mierda con esto, me voy —Me doy la vuelta con toda la intención de reanudar mi airada salida de aquí.
Pero no llego muy lejos.
Porque, una vez más, esa mano me aprieta la muñeca.
—Me temo que no puedo dejar que hagas eso.
Doy media vuelta para girarme de nuevo en la otra dirección, de cara a ese hijo de puta arrogante. —¿No puedes dejarme? —repito con acidez—. Déjame hacerte una pregunta: ¿quién coño te crees que eres?
—¿Ahora mismo? —pregunta, sin que mi tono le haya inquietado lo más mínimo—. Soy el hombre que está intentando salvarte la vida.
Eso me deja un poco sin palabras, aunque solo sea porque es lo último que esperaba que dijera. Vuelvo a tartamudear. —Yo… Tú… Espera, ¿qué?
En ese preciso instante, un grupo de hombres empieza a pasar a paso firme junto a nosotros.
Estamos de pie frente a la puerta, así que el Cabrón de Ojos Azules, llamémosle C.O.A.
para abreviar, me empuja contra la pared cercana.
Sus caderas enmarcan las mías, y su altura hace que su pecho quede más o menos a la altura de mi cara, así que inhalo su aroma de un solo golpe.
Es como sumergir la cabeza en un río del bosque. Un frío vigorizante, oscuro y misterioso. Me siento un poco mareada.
A través del hueco que hay debajo de la axila de C.O.A.
, veo cómo los pies con botas de los hombres que pasan se detienen, como si nos estuvieran mirando y se preguntaran qué está pasando, si deben intervenir o quizá unirse a nosotros; no estoy segura.
El miedo empieza a crecer en mi pecho antes de oír:
—Sigan su camino, señores. Esta potra es toda mía.
El tono de C.O.A. es mitad en broma y mitad jodidamente serio. De alguna manera se las arregla para mantener su voz suave, pulida y culta, al tiempo que adquiere ese toque áspero, ese tipo de violencia tácita que los hombres de aquí respetan a regañadientes.
En respuesta, recibe unas cuantas risas ásperas. Luego, los pies calzados con botas reanudan el paso, y volvemos a quedarnos solos en el corto pasillo que conduce a la puerta.
Me retuerzo hasta que consigo agarrar el torso de C.O.A.
Entonces lo empujo. Se aparta a regañadientes y, aunque sé que es él quien decide moverse, porque, a pesar de mis tres sesiones semanales de pilates, la fuerza de empuje de la parte superior del cuerpo no es precisamente mi punto fuerte, una parte de mí siente una satisfacción salvaje, como si estuviera reafirmando mi autoridad aquí, en esta situación.
—De verdad que tienes que informarte bien sobre límites —le digo.
—¿Ah, sí?
—Sí, de hecho, sí —le respondo sin convicción, consciente de lo estúpida que es esa réplica. Más me hubiera valido decir “botellita de Jerez, todo lo que me digas será al revés”—. Ahora, si me disculpas, me gustaría irme a casa, por favor.
Todo esto ha sido un gran error. ¿En qué estaba pensando? ¿En qué tipo de persona creía que me había convertido de repente?
No, mejor pregunta: ¿soy una cobarde? ¿Iba a delegar mi venganza en otros? Giana se merece algo mejor que eso.
Supongo que, de una forma un tanto extraña, tengo que dar las gracias al Sr. Nevera y a C.O.A. por haberme devuelto al buen camino. Me voy a casa a retomar lo que dejé: ocuparme de esta mierda yo sola, maldita sea.
O eso pensé.
Pero cuando levanto la cabeza, veo a C.O.A. negando con la cabeza. —¿A casa? No. Ya te lo he dicho: todavía no te vas a casa. De hecho… te vienes conmigo.
—¿Perdón? No voy a ir a ningún sitio con…
Ignorando por completo mi petición, coge mi mano y empieza a empujarme hacia el fondo del bar. Su agarre no me duele, pero es firme. Intento zafarme y no consigo nada.
—¡Oye! Oye, para. He dicho que no. ¿Qué parte de eso no te queda clara?
No se detiene. Ni siquiera reduce el paso.
—Te juro por Dios que, si no me sueltas ahora mismo, gritaré tan fuerte que…
Y entonces estoy boca abajo.
Un movimiento borroso y, de repente, la gravedad da un vuelco.
Es casi gracioso lo rápido que ocurre, lo rápido y bruscamente que paso de estar de pie, como de costumbre, a ser lanzada sobre el ancho hombro de C.O.A.
como un saco de patatas. El pelo me golpea la cara, el bolso me da un golpe en la nuca y toda la sangre se me sube a los ojos.
Siento como si se me fueran a salir de las órbitas.
—¡Bájame!
No me suelta. Sigue caminando. Reboto contra su espalda con cada paso, y mis puños golpean inútilmente entre sus omóplatos.
—¡Esto es agresión! ¡Esto es secuestro! Esto es…
—Este soy yo manteniéndote con vida —me corrige, con total calma, y empuja una puerta batiente para entrar en lo que parece una cocina. Solo entonces me deja en el suelo.
Pero no de pie.
Me deja caer de culo sobre una encimera de acero sospechosamente resbaladiza. —Ya está. Así está mejor.
—¿Mejor para quién? —balbuceo, apartándome el pelo de la cara.
—Para ti —dice él.
—La verdad es que no veo cómo puede ser eso.
—Bueno, “peor” sería algo así como dejarte salir por esa puerta. Porque el tipo al que acabas de intentar contratar te está esperando media manzana más abajo para abalanzarse sobre ti, robarte todo lo que tienes y, probablemente, hacerte cosas aún peores por el camino.
Parpadeo. Hay un millón de cosas dando vueltas en mi cabeza, incluyendo varias pintas más de sangre de lo habitual, gracias al improvisado paseo a caballito.
Es una mezcla confusa de cianuro y planes de venganza, del pulido ataúd de Giana, de martinis sucios y hombres de cuellos gruesos y bares que solo aparecen en subforos turbios de Internet y nunca, jamás, en un mapa con el que se toparía un civil normal.
Todo eso zumba y da vueltas como una máquina tragamonedas hasta que, por fin, mi boca está lista para soltar la siguiente parte de la conversación.
Lo cual, como corresponde a alguien con el don de la palabra como yo, sale así:
—¿Eh?
A C.O.A. no le hace gracia. —¿Qué parte no te ha quedado clara?
—¿Todo? No lo… ¿Podrías simplemente…? Repítelo. Más despacio. Como si fuera tonta.
Apoya ambas manos con las palmas hacia abajo sobre la encimera, a ambos lados de mí.
No me está tocando, pero está lo suficientemente cerca como para que no pueda precisamente saltar al suelo y salir corriendo.
—El hombre con el que hablaste en el bar.
Grande. Feo. Parece como si alguien hubiera dibujado una cara triste en una lavadora. ¿Te acuerdas de él?
—Sí. El señor Nevera.
C.O.A. no pregunta por el apodo. Aunque, la verdad, se explica por sí solo.
—Se fue por la salida lateral unos diez segundos después de que te levantaras para marcharte.
Está en el callejón del lado este del edificio.
Apostaría lo que fuera a que también ha llamado a unos amigos. Te están esperando.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque lo vi hacerlo —responde—. Y no puedo culparlo. Serías el dinero fácil más fácil que ha ganado en toda su puta vida. Es como si le hubieras puesto su nombre en un cheque y le hubieras cedido los ahorros de toda tu vida.
Quiero discutir. Si apostamos, entonces una parte de mí querría apostar a que este tal C.O.A.
no es más que un tipo repulsivo que está llevando a cabo una estafa un poco más complicada que la de nuestro amigo común, el señor Nevera.
Está intentando asustarme para que me quede aquí con él y así poder hacer Dios sabe qué, para poder estafarme y quitarme el dinero de otra forma.
Pero no hay ni una sonrisa burlona en su rostro. Ni una sola pizca de diversión. Me mira, con los ojos azules ardientes, y espera a que me dé cuenta de que cada palabra que dice va en serio.
—Lo dices en serio —digo por fin.
—Muchísimo.
—No estarás… ¿Esto no es algún tipo de truco para coquetear?
—Si quisiera algo contigo, usaría una frase mejor que “alguien te está esperando para robarte en un callejón”.
Bueno… tiene razón. Aunque algo me dice que no necesita frases trilladas para coquetear con cualquier chica que quiera.
Me muerdo el interior de la mejilla. —Bien. Digamos que te creo. ¿Y ahora qué?
—Ahora —dice, enderezándose—, espera. Dale veinte minutos. Se aburrirá y se irá.
—¿Y se supone que tengo que quedarme aquí sentada en esta asquerosa encimera hasta entonces?
—Puedes quedarte de pie, si lo prefieres.
Lo miro con los ojos entrecerrados. —¿Te parece gracioso?
—“Estúpido” es la palabra que yo usaría. Entraste pavoneándote en un bar lleno de delincuentes y le contaste tus intenciones al primer desconocido que te hizo caso. Y, sin embargo, de alguna manera, te sorprende que haya salido mal. Así que, sí. “Estúpido” lo resume bastante bien.
—Vaya. Eh, gracias, supongo —Salto de la encimera y me limpio las manos en el abrigo.
Sea lo que sea lo que había en esa superficie de acero, no quiero saberlo.
Pero me gustaría sumergirme en un balde industrial de desinfectante de manos, por favor y gracias—.
Mira, te agradezco el… lo que sea que sea esto.
Caballerosidad, supongo, aunque cuestiono tus métodos. Pero puedo valerme por mí misma.
—No estoy de acuerdo.
—¿Cómo sé que no estás intentando montarme una trampa? —le replico—. Quizá tú y el señor Nevera están trabajando juntos. El policía bueno y el policía malo. Él me asusta, tú te abalanzas sobre mí y luego…
—¿Y luego qué? ¿Te llevo a la cocina y te doy un sermón sobre seguridad personal?
—Quizá sea una estafa elaborada.
—No lo es.
—Eso es exactamente lo que diría alguien que está montando una estafa elaborada.
C.O.A. da un paso atrás y señala con un gesto la puerta batiente. —Vete, entonces.
Eso me deja desconcertada. —¿Qué?
—Si no me crees, vete. Sal por la puerta principal, gira a la derecha y dirígete al este, hacia tu coche. A ver qué pasa.
Nos miramos. Desprende una calma absoluta que me da ganas de lanzarle algo a la cabeza.
El cuchillo sobre la encimera, a mi lado, serviría perfectamente.
Ni siquiera es que piense que esté equivocado; es solo que, tras cuatro años casada con Raymond Snyder, ya he aguantado toda la arrogancia sarcástica y condescendiente que una chica puede soportar.
—Vale —decido—. Eso es exactamente lo que voy a hacer.
Empujo la puerta batiente y atravieso el bar sin mirar atrás.
Sin embargo, puedo sentirlo. Sus ojos fijos en mí, siguiéndome con la mirada mientras cruzo la sala.
La sensación de ese azul sobre mí me produce un escalofrío que me recorre la columna vertebral y permanece allí incluso después de abrir de un empujón la puerta principal y salir a la acera.
La noche es fría para ser octubre. Los contenedores de basura alineados a lo largo de la acera desprenden un hedor pútrido en el aire. Me subo la correa del bolso más arriba en el hombro y empiezo a caminar.
Recorro una manzana. Estoy pasando por la entrada de un callejón entre una lavandería y una oficina de préstamos rápidos cuando un brazo grueso sale disparado de la oscuridad y me agarra la correa del bolso.
Es el señor Nevera.
Y, tal y como predijo C.O.A.…
…no está solo.