Latidos en escocés (Pasión en el Lago Ness 5) Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

—¿Quieres cocinar para mí?

Él sonrió, algo tímido, y su corazón dio un vuelco inmediato.

—Sé que no es una idea muy original, pero… me encantaría.

Michelle se quedó sin palabras. ¿Eso es una cita? No se atrevía a preguntar.

—No sé si es una buena idea.

—¿Por qué no?

Unas pocas palabras que provocaron mucho en ella. Sintió un cosquilleo en el estómago y un calor que se acumuló en su abdomen. No quería sentirse atraída por él, pero no podía evitarlo. Lo que más le inquietaba era no saber el porqué de su propuesta.

No obstante, mantuvo los pies en la tierra.

No se atrevía a decir lo que realmente le pasaba por la cabeza; tenía demasiado miedo de que su interés fuera solo amistad, o peor, por lástima.

¿Por qué tenía que ser tan difícil? No quería que él supiera cómo se sentía, pero tampoco quería rechazar la invitación.

Así que, finalmente, asintió y trató de parecer lo más tranquila posible.

—Bien, si insistes.

—¡Genial, me encanta! —La sonrisa de Wallace hizo que las mariposas en el estómago de Michelle revolotearan más intensamente.

Genial por las narices, pensó, exhalando suavemente.

—Entonces, eh... buenas noches, Wallace. Me voy a casa.

—Te acompaño un rato —dijo él.

No tuvo fuerzas para contradecirlo; además, le gustaba estar cerca de él.

Las semanas de distanciamiento no habían hecho que disminuyeran sus sentimientos; si acaso, su nerviosismo era aún mayor.

Por suerte, solo había bebido dos cervezas y estaba lo bastante sobria como para no decirle que se sentía atraída por él.

—Bueno pues, ¿qué has estado haciendo últimamente? —preguntó Wallace, rompiendo el tenso silencio entre ellos.

—Trabajar, entre otras cosas, he tratado a muchos pacientes —respondió, intentando sonar despreocupada.

—Hmmm. Vale.

El silencio volvió a instalarse entre ellos, aumentando el nerviosismo de Michelle.

¿Por qué no decía nada? Mientras paseaban juntos por el canal, Michelle miró hacia arriba.

El cielo estaba cubierto de estrellas, y un búho ululaba en la distancia.

Hacía frío esa noche primaveral y Michelle empezó a tiritar bajo su chaqueta ligera.

—Te estás congelando —se dio cuenta Wallace.

Vaya, pensó Michelle. Lo había notado. No quiso darle importancia e hizo un gesto con la mano.

—No te preocupes.

—Puedo ofrecerte mi chaqueta.

—No —respondió quizás demasiado rápido. Eso sería como envolverme en su aroma. Mejor sería arrojarme directamente a sus brazos...

—Vale, bien, solo intentaba ser amable.

Amable . La palabra la hizo sentir incómoda, pero también ayudó a calmar un poco sus nervios. Probablemente solo intentaba ser caballeroso, acompañándola para que no fuera sola. La idea la desanimó un poco, como si le echaran un jarro de agua fría.

—Lo siento, no, realmente no necesito una chaqueta, mira, ya estoy en casa —dijo, mientras doblaban la esquina y se acercaban a su vivienda.

Se detuvieron frente a la puerta. Michelle se rodeó el cuerpo con los brazos, no tanto por el frío, sino para evitar el impulso de lanzarse a él.

—¿Cuándo estás libre? —preguntó Wallace.

Michelle pareció no entender la pregunta y, al verla fruncir el ceño, lo aclaró.

—Para cenar, quiero decir. Para cocinar para ti como agradecimiento. ¿Cuándo te viene bien?

Siempre, pensó, pero se contuvo, porque eso habría sonado muy desesperado.

—Normalmente me basta con lo que pagan los pacientes —bromeó.

Michelle notó al instante que su comentario no había tenido el efecto deseado. Wallace parecía herido.

—No te estoy obligando a pasar otra noche conmigo —dijo, algo molesto.

—Lo siento, Wallace. Se suponía que era una broma. Ya te he dicho que sí, me encantaría que cocinaras para mí.

Él esbozó una sonrisa irónica.

—Pensé que ya habíamos dejado claro que no tengo sentido del humor.

—Y yo que pensaba que habríamos avanzado —replicó Michelle, aludiendo a la conversación que habían tenido.

Wallace se encogió de hombros.

—Aparentemente no.

Había algo extraño en su forma de hablar, algo que Michelle no sabía cómo interpretar.

Podría despedirse y entrar en casa, pero una parte de ella, esa parte que respondía a impulsos y hormonas, no se atrevía a hacerlo.

Wallace tampoco parecía tener prisa. Se quedó frente a ella, mirándola fijamente, y por un instante su mirada se posó en sus labios. Luego se acercó un poco más.

—Buenas noches, Michelle —murmuró, pero no se movió.

Se quedaron en silencio uno, dos, tres segundos, y el aire entre ellos se volvió denso, eléctrico. El corazón de Michelle martilleaba en su pecho y el aroma de Wallace la envolvía, embriagador. Olía increíble, a una mezcla fresca y masculina que la hizo estremecerse. Dejó escapar un suave suspiro.

—No sé qué es esto… —susurró Wallace, y levantó las manos para colocar los dedos en sus mejillas. La miró profundamente y Michelle sintió que sus rodillas se ablandaban al instante—. Pero no quiero irme. Dime que me vaya.

El deseo la atravesaba. Sentir sus dedos sobre su piel era suficiente para hacer estallar fuegos artificiales en cada célula. Sin moverse, susurró.

—¿Y si no lo hago?

—Entonces me quedaré.

Por fin se dio cuenta de que no había sido su imaginación. El crepitar, el hormigueo, las miradas… todo era real. Había tanto deseo en su voz que apenas podía respirar.

—¿Y cómo terminará? —Intentó usar la última pizca de cordura que le quedaba.

—Tal vez no termine… tal vez sea un comienzo.

Su respuesta la llenó de alivio. No quería pensar, no quería analizar, solo vivir el momento. ¿No era eso lo que la gente siempre predicaba sobre vivir el ahora? ¿Y si no hubiera mañana? ¿Ni ayer?

—Entonces quédate —musitó, dejando que su mente desconectara.

Vio cómo él tragaba con dificultad, para después inclinarse y besarla tan suave como una pluma.

Sus labios rozaron los de ella con una ternura que nunca había sentido y el mundo a su alrededor desapareció.

Michelle rodeó su cintura con los brazos y lo sujetó con fuerza, abandonándose sin pensar en nada más.

—Me alegra que digas eso —afirmó Wallace tan cerca que Michelle pudo sentir su aliento cálido sobre la piel.

Volvió a besarla, esta vez con más intensidad, con una exigencia que hizo que el placer recorriera las venas de Michelle, borrando cualquier pensamiento.

Cuando su lengua se encontró con la de él, el profundo gemido de Wallace fue suficiente para intensificar el dulce tirón en su interior hasta convertirlo en un fuego abrasador.

Entre beso y beso, Michelle buscó a trompicones la llave en su chaqueta y, casi sin control, se movieron hacia la puerta.

Tanteó torpemente la cerradura hasta que, por fin, esta se abrió.

Al cerrar la puerta tras ellos, hubo un instante de silencio.

Frente a frente, respiraban agitadamente, mirándose como si temieran que todo fuera a desvanecerse.

Wallace tenía las pupilas dilatadas y la boca entreabierta.

Se acercó, la envolvió con los brazos y la presionó suavemente contra la pesada y fría puerta de madera que contrastaba con el calor ardiente que los consumía.

Deseo. Puro deseo.

Pero también había algo más, algo que Michelle no quería analizar. Más tarde, se dijo, o tal vez nunca .

Deslizó las manos por debajo de su camisa y sintió cómo sus músculos se tensaban. Wallace dejó escapar un gruñido profundo, casi salvaje.

—No tienes idea de lo loco que me vuelves —le susurró, dejando un rastro ardiente de besos y pequeños mordiscos juguetones por su cuello.

Michelle echó la cabeza hacia atrás, saboreando cada caricia.

Le quitó la chaqueta y dejó que la suya también cayera al suelo.

Luego, sostuvo su rostro entre las manos y la besó como si fuera el más dulce pecado jamás probado.

— Te deseo —repitió él, mordisqueando el lóbulo de su oreja.

Michelle se mordió el labio inferior, dejando escapar un suspiro tembloroso. Sentía la intensidad de su excitación a través de la tela de sus vaqueros, y el deseo que ardía en su interior, tan fuerte que apenas podía soportarlo.

Con dedos temblorosos, le desabrochó la camisa.

Había visto su torso antes, pero esto era totalmente diferente.

Estuvo tentada a hacer algún comentario estúpido, pero prefirió no romper el hechizo del momento.

Con Wallace, se sentía hermosa, deseada por eso no sintió vergüenza cuando le quitó el jersey y lo dejó caer en el suelo.

De camino al dormitorio, sus cuerpos se encontraron en mil besos, sin detenerse, perdidos el uno en el otro.

—Y yo, que pensé que solo querías conocerme como amiga —dijo Michelle en un susurro, mientras él pasaba las manos por su piel.

—Nunca —gruñó él, y ella se frotó contra su erección, lasciva, disfrutando de la intensidad, igual que él.

Todo con Wallace era fácil, perfecto. Como si hubiera encontrado esa otra mitad que ya no creía que existiera.

Quizá la idea fuera una locura, teñida de lujuria y excitación, pero en aquel instante su presencia le hacía sentir completa.

No dijo nada, era demasiado profundo, pero la sensación la dejó sin aliento.

—Tan hermosa —murmuró Wallace con reverencia mientras le quitaba los vaqueros y borraba cualquier pensamiento de su mente.

Michelle lo imitó hasta que ambos quedaron de pie frente a la cama, apenas cubiertos por la ropa interior.

—Eres perfecto —susurró ella, deslizando las manos por su vientre hasta llegar a la evidente dureza.

Wallace soltó una maldición ahogada, seguido de una rápida disculpa, lo cual provocó que Michelle riera suavemente, un sonido sensual que reflejaba cómo se sentía junto a él: como una diosa.