Capítulo 11
E sa tarde, después de salir de la consulta, Michelle decidió dar su habitual paseo por el pueblo antes de detenerse en el Lantern a cenar algo.
Al pasar frente al campo de fútbol, paró un momento para contemplar la escena.
Era una estampa preciosa ver a los chicos y chicas entrenando juntos, correteando tras el balón bajo los focos.
Aunque los días empezaban a alargarse poco a poco, aún anochecía demasiado temprano como para entrenar sin luz artificial.
Los niños iban abrigados con gorros y pantalones largos bajo los cortos e incluso algunos llevaban guantes.
Sin embargo, nadie parecía dejar que el frío mermara su entusiasmo; las risas y los gritos de alegría resonaban en el campo.
Estaba a punto de seguir su camino cuando distinguió a Wallace, agachado mientras ayudaba a un niño a sonarse la nariz.
¿Tenía hijos?, pensó, tratando de recordar si alguna vez había mencionado algo al respecto, aunque creía que solo hablaba de sus sobrinos, con los que disfrutaba pasar tiempo.
En cualquier caso, Wallace parecía relajado y feliz, como si le encantara estar allí, al aire libre y con los pequeños.
Dejó escapar un suspiro y retomó su camino.
Le gustara o no, Wallace tenía muchas cualidades que la atraían, y no solo físicamente.
Pensó en lo obvio: Wallace probablemente sería un gran padre.
Ella no es que estuviera ansiosa o sintiera urgencia por formar una familia, pero en los últimos meses había comenzado a cuestionarse si quería que su vida consistiera únicamente en trabajo y fiestas.
Quizá había estado saliendo con los hombres equivocados, ya que nunca había pensado seriamente en formar un hogar o en tener hijos con alguien.
Además, era prácticamente imposible encontrar al candidato adecuado en las aplicaciones de citas.
¿Quién escribiría en su perfil de Tinder que tenía la cabeza amueblada o que estaría deseando formar su propia familia?
Nadie. La aplicación se basaba en lo superficial: apariencia, trabajo, estatus. Estaba harta de todo eso.
Para Michelle, una relación verdadera era algo más que seguridad económica.
Quería un hombre a quien pudiera amar sinceramente y, desde luego, esperaba que fuera algo mutuo.
Solo había amado una vez, pero Ronan la había decepcionado profundamente.
Desde entonces, no se había permitido ser vulnerable con ningún otro hombre y, hasta ahora, no había encontrado a nadie que pudiera ser un candidato adecuado para una relación seria.
Volvió a mirar hacia el campo de fútbol y vio a Wallace aplaudiendo con entusiasmo, animando a sus sobrinos desde la línea de banda. Cualquiera que apreciara la autenticidad se enamoraría de una imagen como esa. Hasta hace poco no se había dado cuenta de que ella misma era ese tipo de persona.
Soy tonta, pensó, dándose la vuelta para seguir caminando.
Pero no podía sacar de su mente la imagen de Wallace y el recuerdo del beso que habían compartido en Inverness.
Enseguida rememoró lo que había pasado después: su supuesta amistad se había vuelto incómoda.
Wallace no podría haber dejado más claro que no estaba interesado en ella, al menos de la misma manera.
Abatida, entró en el Lantern unos minutos después.
Kendra la recibió alegremente.
—¡Hola, Michelle! Qué alegría verte.
Michelle esbozó una sonrisa.
—Hola, Kendra. Yo también estoy contenta de estar aquí.
—¿Te sientas? ¿Qué te apetece?
—En realidad, iba a pedir algo para llevar, pero, ¿sabes qué? Creo que me quedaré a comer aquí. Nadie me espera en casa, al fin y al cabo. —Oh, vaya. Aquello había sonado tan triste como se sentía.
Kendra la miró con simpatía y le pasó la carta del menú.
—Sé lo que se siente. No hace mucho que nos conocemos, pero a veces parece que fuéramos amigas de toda la vida.
Michelle también lo sentía así y sonrió.
—Yo también lo creo.
Kendra se rio con ironía.
—Antes de conocer a Alejandro, estuve soltera durante... eones. Ya había dejado de creer en el amor.
—¿Y entonces qué pasó?
—Justo cuando estaba a punto de perder toda esperanza, me dio un susto de muerte... porque estaba de acampada.
—Y te atacó a traición, ¿verdad? —dijo Michelle, sonriendo e intrigada por saber cómo se habían conocido realmente.
Kendra se rio.
—No, pero casi. Estaba perdido y sin cobertura en el móvil…
—Me suena eso de estar sin conexión —bromeó Michelle.
—Así es. Llamó a la puerta de mi furgoneta y me dio un susto tremendo.
—No suena nada romántico.
—En absoluto. Yo tenía pinta de espantapájaros.
—No me lo creo. Seguro que estás estupenda incluso después de una noche de fiesta.
Kendra sonrió, agradecida.
—¡Eres encantadora, gracias!
—¿Y qué pasó después? ¿Te pidió una cita?
—¡Oh, no! Se fue enseguida después de que le indicara el camino. Me arrepentí de no haberle preguntado su nombre, aunque pensé que solo sería un turista al que no volvería a ver.
—¿Pero las cosas no terminaron ahí?
—No. Resulta que Kenneth y Alejandro son amigos.
Alejandro estaba huyendo de un escándalo de prensa y se escondió aquí, en Escocia, donde nos volvimos a cruzar.
Después de eso, no dejó de insistir para verme, a pesar de que yo me resistía por miedo a que solo fuera una aventura pasajera.
No podía creer que un hombre como él pudiera enamorarse de mí.
Temía que, una vez se calmaran las aguas de su escándalo, desapareciera.
Pero, al final, no pude resistirme. Fue amor a primera vista, aunque yo me empeñaba en negarlo.
—Kendra suspiró con aire soñador.— Perdona, creo que me he dejado llevar y tú tienes hambre.
—No pasa nada, me ha encantado escuchar tu historia. Es muy romántica y creo que sois perfectos el uno para el otro.
—Lo que realmente quería decirte es que cuando te encuentras en un callejón sin salida, a veces la esperanza llega desde donde menos la esperas.
A Michelle le sorprendió que Kendra notara su estado de ánimo, pero al parecer sus emociones eran difíciles de ocultar. Probablemente llevaba la expresión de tristeza marcada en la cara a pesar de haber tratado de disimularla.
—Estoy bien —mintió Michelle, aunque la mirada de Kendra dejaba claro que no le creía. No quería imponer su miseria a nadie, así que optó por no decir más. Se las arreglaría sola, como siempre.
Kendra fue lo suficientemente discreta para no insistir.
Finalmente, Michelle pidió una Coca-Cola y un bistec con salsa argentina.
Mientras esperaba la comida, revisó los numerosos mensajes de su móvil.
Jody quería saber dónde estaba y por qué no respondía.
Al terminar de leer, casi había perdido el apetito.
—¡Que lo disfrutes! —exclamó Alejandro, apareciendo de repente con una chaqueta de cocinero y colocando el plato sobre la mesa. El aroma era tan delicioso que Michelle olvidó su mal humor por un momento.
—Si sabe tan bien como huele, tendré que venir todos los días —comentó, con los ojos brillantes.
Alejandro sonrió, complacido.
—Que lo disfrutes, Michelle.
Antes de regresar a la cocina, le dio un beso a Kendra en la cabeza al pasar, gesto que hizo sonreír a Michelle.
Tras la comida, Michelle se sintió saciada y mucho más tranquila. Lo único que deseaba era llegar a casa, tumbarse en la cama y sumergirse en el libro que estaba leyendo sobre lesiones en el hombro y tratamientos para impactos traumáticos que había encargado a Maisie.
Sin embargo, al llegar a casa, se encontró con una sorpresa desagradable. Allí, sentada junto a la puerta, estaba su hermana Jody, con dos bolsas de viaje y una bolsa de plástico.
—Hola, hermanita —la saludó Jody, poniendo un cigarrillo en la comisura de los labios.
Michelle, atónita, no supo qué decir. Observó a su hermana, quien no tenía buen aspecto: su cabello teñido de rubio estaba descuidado, su piel pálida y seca, y llevaba un chándal manchado con una sudadera desgastada y agujereada.
— ¿No me vas a invitar a pasar? —preguntó Jody, exhalando el humo de su cigarrillo.
—¿Cómo has sabido dónde encontrarme? —Michelle no podía creer que su hermana estuviera allí. No le había dado su nueva dirección precisamente para evitar esa situación.
—Cuando no respondiste a mis mensajes, contacté con tu jefe… bueno, con tu antiguo jefe, según me dijeron por teléfono. Tuvieron la amabilidad de darme tu nueva dirección, como pariente más cercano.
Genial, pensó Michelle. No podía ser verdad.
—¿Qué quieres de mí? —pensó que era mejor ir al grano.
—Por favor, Michelle, he venido desde Manchester para verte. ¿De veras quieres discutir esto en la calle? He tenido un viaje agotador —dijo, dando una última calada a su cigarrillo y expulsando el humo con calma.
Michelle respiró profundamente. No tenía muchas opciones; era tarde y no había transporte a la ciudad más cercana a esa hora.
—Pero no pienses que te vas a quedar aquí indefinidamente.
—Ni siquiera he puesto un pie dentro y ya me estás echando —replicó Jody con sarcasmo.
Michelle abrió la puerta.
—No fumes dentro.
Sabía que sus nervios no aguantarían mucho con su hermana alrededor. Jody, en cambio, actuaba como si estuviera en su propia casa. Apagó el cigarrillo en la calle, se dirigió al dormitorio y lanzó las bolsas sobre la cama. Luego fue a la cocina, abrió la nevera y se quejó:
—¿Ni siquiera tienes cervezas?
Michelle ignoró el comentario y se concentró en avivar la estufa, recordándose que pronto tendría que cortar más leña. No era algo que le encantara hacer, pero prefería encargarse por sí misma.
—¿Por qué has venido aquí, Jody? Podrías decírmelo de una vez y ahorrarnos molestias.
Jody se dejó caer en una silla, puso las piernas alrededor del respaldo y las dejó colgando. Michelle se abstuvo de hacer ningún comentario.
—Ya te lo dije: necesitaba verte, te echo mucho de menos.