Capítulo 7
E l señor del castillo de Kiltarff estaba tumbado en la camilla de la consulta. Michelle, sentada detrás de Kenneth en una silla giratoria, hacía su trabajo.
—¡Ay! —gritó Kenneth mientras ella trabajaba con el pulgar en un punto doloroso de los músculos de su cuello.
—Lo siento —dijo ella, pero no detuvo su labor.
—¡Y yo que pensaba que serías más suave que Angus! —gimió.
Michelle sonrió con simpatía. Ellie tenía razón, su prometido era un poco quejica. Sabía que el tratamiento de las vértebras del cuello era desagradable pero, desgraciadamente, necesario, así que Kenneth tendría que aguantar un poco más.
—Ya casi hemos terminado, así que ahora espira despacio y relájate otra vez.
Michelle le giró la cabeza y la sostuvo entre sus manos.
—Es más fácil decirlo que hacerlo cuando sabes lo que te espera —se quejó Kenneth.
No le respondió. Con un movimiento brusco, liberó el bloqueo en la quinta vértebra cervical. Sonó un fuerte crujido, sabía que no causaba dolor, que solo se trataba de un sonido desagradable.
—¡Oaahh! —protestó Kenneth—. ¡Qué mal!
Michele le dio una palmadita en el hombro.
—Eso es todo por hoy. Levántate despacio para no marearte.
Kenneth se puso en pie de un salto, cual joven ciervo.
Lo que me faltaba, pensó Michelle. No hizo ningún comentario sobre su comportamiento; a algunos hombres les costaba admitir sus debilidades.
Lo miró atentamente.
—Entonces, ¿cómo te sientes después del tratamiento?
Kenneth movió la cabeza, comprobando su movilidad.
—Parece que bien.
—Maravilloso, entonces creo que nos podríamos ver de nuevo en quince días.
La expresión de Kenneth reflejaba una mezcla de alegría y temor. A Michelle le pareció entrañable, si es que se podía decir eso de un hombre tan guapo como él.
—Muy bien, gracias, Michelle —respondió.
—Por cierto, ¿sabes algo de Wallace? —preguntó de repente. Sabía que era un cambio brusco de tema, pero llevaba todo el día pensando en él después de que no se hubiera presentado esa mañana.
—No, ¿por qué? No lo he visto desde el almuerzo de ayer. ¿Qué pasa? ¿algo va mal?
Michelle se dio cuenta de que su pregunta debió sonar extraña. Esperaba que Kenneth supiera algo.
—No, no pasa nada —mintió, sin querer dar más explicaciones.
No tenía idea de lo que habría compartido Wallace con sus amigos sobre su accidente del otoño pasado.
Solo podía guiarse por su intuición, que le decía que él, por lo general, no se apoyaba en nadie cuando no se encontraba bien.
No es que fuera un tipo solitario, pero tampoco un libro abierto.
No parecía que expresara sin pudor sus emociones, al contrario, le daba la sensación de que era más bien retraído.
Michelle quería ir a casa de Wallace, pero no sabía su dirección aunque no creía que fuera difícil averiguarla.
—Se supone que tengo que darle un mensaje de Angus —explicó—. ¿Podrías decirme dónde vive?
Kenneth no pareció extrañarse por su pregunta, lo cual la tranquilizó.
—Claro, cruzas el puente, pasas la antigua oficina de correos y luego el banco y ya casi estás, justo detrás de la iglesia.
Wallace vive en el piso de su abuela, al lado de la casa de sus padres.
Oh, espero no haber dicho nada malo. Kenneth la miró con interés y Michelle se dio cuenta de que pensaba que Wallace le interesaba sentimentalmente, lo cual la incomodó un poco, por lo que se apresuró a sacarle de su error.
—No, no es lo que piensas, Kenneth. No me importa en absoluto que siga viviendo con sus padres, si te refieres a eso. Se trata de otra cosa. Como dije, Angus me pidió que hablara con él.
El conde asintió, satisfecho con la respuesta.
—Vale, bueno, solo quería asegurarme de que no había dicho ninguna estupidez.
Puede ser que no te parezca bien que viva con sus padres.
No sé. A veces soy un poco torpe con estas cosas…
si tienes dudas puedes preguntarle a Ellie, ella te lo confirmará.
En lo referente a las relaciones interpersonales tengo que ponerme al día.
A Michelle le gustaba la franqueza de Kenneth, aunque no entendía del todo a dónde quería llegar.
—Tranquilízate, Kenneth, como ya te he dicho, Wallace no me interesa en ese sentido. Pero aunque así fuera, no me molestaría que tuviera una buena relación con su familia.
—Es un alivio. Pasé la mayor parte de mi juventud en un internado y, para serte sincero, ha sido desde que estoy con Ellie cuando he empezado a darme cuenta de lo que es realmente importante. Ella me está ayudando a soltarme.
El corazón de Michelle se derritió y se le formó un nudo en la garganta al escuchar el amor y respeto con los que Kenneth hablaba de su prometida.
—Sois una pareja maravillosa.
—Gracias. Ellie es genial. Venga, no quiero entretenerte más con mis confesiones románticas. Te dejaré seguir con tu trabajo. —Le guiñó un ojo.
—Me gusta charlar contigo, así que por favor, no te preocupes. Y dile a Tammy que te dé una cita, ¿te parece? Dentro de quince días —repitió, con la intención de asegurarse de que Kenneth cumpliría con el intervalo entre tratamientos.
—Sí, señora —respondió él y le dio un abrazo amistoso.
Cuando Kenneth salió de la sala, Michelle se quedó ensimismada mirando por la ventana.
Unas nubes oscuras se cernían sobre el lago Ness y el barco de excursión de Loch Ness Cruises estaba amarrado en la orilla.
Eso significaba que las posibilidades de encontrar a Wallace en su casa eran bastante altas.
Hacía tiempo que sabía dónde trabajaba y que dirigía el negocio familiar junto a su padre.
Michelle decidió usar la hora del almuerzo para intentar averiguar por qué no se había presentado en su consulta esa mañana.
Odiaba que la gente no cumpliera su palabra.
Las dudas la asaltaron de inmediato. ¿Ir a su casa no sería una intromisión?
No, decidió. Él la había dejado plantada y ella tenía derecho a saber por qué.
Tras la conversación con Angus, se había dado cuenta de que Wallace podía ser un caso difícil que requería un toque de sensibilidad.
Nada le impediría acudir a él, fiel al lema: si la montaña no va a Mahoma. ..
Michelle pasó por delante del pub de Kendra, el Lantern, dejó atrás la oficina de correos y el antiguo edificio del banco hasta que llegó a la casa de campo que Kenneth le había descrito.
De la chimenea salía humo. Como la mayoría de las casas antiguas de la zona, estaba construida con grandes piedras grises.
El jardín delantero estaba limpio y ordenado, aun siendo invierno, y no asomaba nada en el buzón del periódico.
Esa tenía que ser la entrada principal. Los marcos de la puerta estaban pintados de rojo, y junto a ella había una campana de latón con un letrero que decía MacDonnall.
Sí, estaba en el lugar correcto.
Sentía un cosquilleo en el estómago, estaba nerviosa.
Caminó por el estrecho sendero de grava que rodeaba la casa hasta llegar a la vivienda de la abuela.
No había cortinas en las ventanas, pero estaban equipadas con modernas mosquiteras que podían deslizarse hacia arriba o abajo.
Al parecer, Wallace no quería que nadie mirara dentro de su casa en ese momento. Lástima.
Michelle respiró hondo y llamó a la puerta. No encontró timbre, pero percibió un movimiento en una ventana en el otro extremo de la casa. Dio un paso atrás y miró hacia ella, aún se movía algo, aunque no se veía a nadie.
Vale, la casa no parecía estar desierta.
Podría ser que Wallace no estuviera en casa, pero haber llamado primero no tenía sentido, incluso si tuviera su número de teléfono.
Era algo que quería resolver en persona.
No pudo seguir pensando porque la puerta por fin se abrió.
Wallace apareció frente a ella. Con sus piernas anchas, en vaqueros y camisa, y con el ceño fruncido.
Vale, al parecer no le gustaban las visitas inesperadas… Michelle tuvo que tragar saliva.
—¿Hola? —Se dio cuenta de que su saludo sonaba como una pregunta.
—¡Michelle! —Cuando se dio cuenta de que era ella, sus facciones se relajaron un poco.
Ese pequeño cambio la inquietó. No quería que su corazón diera un vuelco solo porque él la mirara así.
—¿Has olvidado que teníamos una cita? —Fue directa al grano, en parte para disimular su propia incertidumbre.
Wallace miró alrededor y luego de nuevo a ella, cosa que extrañó a Michelle. Lo que pasó a continuación fue aún más raro.
—Shh, no tan alto. Entra antes de que se entere a todo el vecindario —susurró y le hizo señas para que pasara.
Michelle enarcó una ceja, irritada. No estaba gritando, había hablado en un tono de voz normal. Quizá estuviera loco después de todo.
—A veces haces cosas muy raras, ¿lo sabías? —añadió antes de seguirlo para traspasar el umbral.
El pasillo oscuro y estrecho olía a café y detergente. Michelle echó un vistazo al pequeño salón, donde había un tendedero lleno de ropa: pantalones, calcetines y hasta vaqueros. Se apresuró a apartar la mirada, no quería saber qué tipo de ropa llevaba Wallace debajo de los pantalones.
Demasiado tarde. A Wallace le gustaban los pantalones oscuros de diseño. Michelle no quería imaginarse cómo le quedarían, pero no pudo evitarlo. Apostaba a que le quedarían bien, con un six-pack y… ¡Stop! Tenía que parar urgentemente, no quería acabar llenando el suelo de babas.
Cuando entró tras él en la acogedora cocina, sus hormonas estaban lo suficientemente controladas como para recordar a qué había venido.
—¿Café? —preguntó Wallace, señalando la anticuada cafetera de filtro, donde las últimas gotas caían en la jarra de cristal.
—Por qué no, estoy en mi pausa para comer —aceptó ella.
—Siéntate —le ofreció, mientras sacaba dos tazas del armario—. ¿Leche y azúcar?
—Leche, por favor.