Capítulo 6
E ra domingo por la tarde, y Wallace no sabía qué hacer consigo mismo, así que salió a dar un paseo sin rumbo.
No quedaba mucho tiempo de luz, pero no le importaba.
En casa, solo se dedicaba a mirar el techo o a ver alguna serie estúpida en Netflix que lo dejaba tan vacío como ya se sentía.
A veces le ayudaba adormecerse con películas, evadirse de la realidad, pero hoy sabía que no tendría sentido.
Estaba demasiado inquieto y necesitaba moverse.
Así que paseó por Kiltarff, perdido en sus pensamientos hasta que se encontró en una calle lateral.
—Maldita hacha —Oyó a alguien perjurar.
Cuando volvió la cabeza, no pudo evitar soltar una carcajada. Michelle estaba de pie en el patio trasero de su casa, cortando leña, o al menos intentándolo ya que el hacha se había quedado clavada en la tabla.
—¿El hacha ha podido contigo? —le gritó.
Ella se volvió hacia él. Tenía las mejillas sonrojadas y unos mechones de pelo húmedos se le pegaban a la frente. Solo llevaba una camiseta, a pesar de que hacía bastante frío.
—¿No tienes otra cosa que hacer que hacer comentarios estúpidos? —replicó bruscamente e intentó sacar el hacha del bloque sin conseguirlo. Aquello no tenía buena pinta. Nada buena.
—En serio, Michelle, ¿qué haces? —quiso saber él mientras se acercaba.
—Estoy friendo un huevo —respondió burlonamente.
Wallace no pudo evitar reírse. Desde luego, era una bocazas. Eso le gustaba.
—Déjame ayudarte —pidió.
Sin embargo, Michelle no se apartó. Cruzó los brazos bajo el pecho y le miró fijamente.
—¿Crees que no puedo arreglármelas sola?
—Ummm —Fue todo lo que dijo Wallace como respuesta.
No quería disgustarla, pero lo que acababa de ver le estaba dando dolor de cabeza.
Era obvio que no podía simplemente seguir caminando y dejarla a su suerte.
Podría haberse golpeado la pierna en lugar de la madera.
¿No se daba cuenta de lo peligroso que era lo que estaba haciendo? Desde luego, no tenía ni idea.
—Escucha —empezó con cautela—. Sé que no nos conocemos muy bien y que no es asunto mío, pero no puedo permitirte seguir con esto. Es una completa locura.
—No tienes que hacerlo, ¿por qué estás aquí?
—Estiraba un poco las piernas, seguro que está permitido.
—Ya veo —dijo, pasando de un pie al otro y evitando su mirada.
—¿Puedo intentar ayudarte, o prefieres que te deje mutilarte en paz? Solo espero que tengas un móvil cerca para llamar a una ambulancia cuando te hayas partido la espinilla.
—Puff —resopló, arqueando una ceja. La breve aprensión que mostró parecía haber desaparecido. Seguía tan dispuesta a resistirse como al principio.
—También podemos hacer una lección doble —sugirió él en un tono ligero.
Michelle lo miró con escepticismo.
—¿Qué quieres decir?
—Querías consejos sobre los hombres, ¿no?
—Pensé que era una broma, que no ibas en serio.
Para Wallace, era la oportunidad perfecta para quedar con Michelle de vez en cuando.
Cuando ella mencionó durante el almuerzo en el castillo que solo había tenido citas terribles y que necesitaba consejo, dos cosas pasaron por su mente.
La primera, no podía creer que una mujer como Michelle tuviera problemas para conocer a un hombre decente.
La segunda fue una idea para resolver el suyo.
Si le dijera a su madre que estaba saliendo con una mujer, quizás, con suerte, se le pasaría esa obsesión por el programa Se busca nuera.
Solo por eso, tenía que quedar con Michelle. Y más de una vez.
Le remordía la conciencia, pero por otro lado no se estaba aprovechando de ella, realmente quería ayudarla. Una mujer como Michelle merecía tener un buen hombre a su lado. Era simpática, guapa y...
Un momento, no le gustaba la dirección que estaban tomando sus pensamientos. Wallace se aclaró la garganta.
—Tengo poco sentido del humor y rara vez, o nunca, cuento chistes. Así que no, no estaba bromeando, hablaba en serio. Puedo ayudarte con los hombres, y mi primera lección es: si un buen tipo se ofrece a cortar la leña para ti, no lo rechaces. Dañarías su masculinidad.
Michelle frunció el ceño y lo miró con una mezcla de escepticismo y burla. Aquella mirada desafiante desencadenó en él algo que no podía explicar, así que reprimió de inmediato esas emociones extrañas.
—Entonces, ¿tenemos un trato o no? —preguntó, dándose cuenta de que sonaba algo nervioso. Ella pareció no percatarse, aunque tampoco se la veía especialmente entusiasmada.
—¿Y tú quieres darme clases desinteresadamente? —refunfuñó Michelle, con gesto de extrañeza—. Dios, es tan inconcebible que ni me lo creo. Parece una broma.
—No es desinterés, Michelle.
—¿No? ¿Entonces qué es? —Su tono duro le atravesó. Qué ridículo. No quería reaccionar así, pero no podía evitarlo.
No puedo decírtelo, pensó.
—Ayuda vecinal —soltó—. Eso es algo muy importante aquí.
Michelle no pareció creérselo, pero sorprendentemente se hizo a un lado y señaló el bloque.
—Por favor, el escenario está despejado. Muéstrame lo que sabes hacer.
—Bueno, ya ves, ¡funciona! —Satisfecho de sí mismo, Wallace se quitó la chaqueta.
Cuando llegó al jersey, dudó. Ya había sido bastante difícil ponérselo por la mañana, pero tampoco había querido usar una de sus viejas camisas de franela para ir al brunch con Ellie y Kenneth.
Sin embargo, no quería parecer torpe delante de Michelle con su limitada movilidad en los hombros, así que decidió dejárselo puesto.
Esperemos que salga bien, pensó mientras se colocaba con las piernas separadas frente al bloque y sacaba el hacha de un tirón.
Apretó los dientes y cortó unos cuantos troncos hasta que el dolor en el hombro se hizo insoportable. Un sudor frío le recorrió la frente.
—Así es como funciona, Michelle, ¿ves? Prueba tú ahora —dijo sin aflojar la tensión en la mandíbula.
Michelle se paró a un metro de él y lo miró con expresión preocupada.
—Eso no tiene buena pinta.
—¿Disculpa? Los troncos están perfectamente partidos, ¿quieres que te los lleve?
El movimiento de su cabeza dijo más que cualquier palabra.
—No, Wallace. Tienes problemas en el hombro, ¿verdad?
Él no respondió, pero se sintió sorprendido.
—¿Por qué no apareciste en la consulta de Angus cuando quería examinarte? Seguro que se puede hacer algo. ¿Puedo echarle un vistazo?
—¡No! —gritó tan violentamente que Michelle dio un paso atrás.
Ella parpadeó un par de veces, pero no cejó en su empeño.
—¿Por qué no? ¿Por qué no me dejas ayudarte? Si te preocupa que no sea lo suficientemente competente, Angus me dejó toda una lista de direcciones...
—No seas tonta, Michelle, por supuesto que no estoy negando tus habilidades profesionales.
—Entonces, ¿qué es?
—No necesito un médico, eso es todo.
Michelle chasqueó la lengua.
—Vale, claro, ya lo pillo. No sudas así porque la tarea sea agotadora, sudas porque te duele mucho. Quieres hacerte el duro, pero ¿por qué? Angus me dijo que estás en el cuerpo de bomberos.
—Sí, ¿y?
—Si ya no quieres estar de servicio, adelante.
¿Qué le pasaba a esta mujer? ¿Por qué parecía que sabía exactamente lo que le pasaba?
Pero no podía ser, no le había contado nada a nadie sobre su dolor.
Ni siquiera a su familia. Disimulaba delante de todos.
¿Cómo era posible que Michelle, que apenas le conocía, se diera cuenta de que no estaba bien? Siempre pensó que era buen actor.
—Hasta que apareciste tú, todo iba bastante bien —replicó. Sabía que ese comentario era cruel, pero no se le ocurrió nada mejor que decir. Se sentía acorralado.
Michelle pareció desconcertada. Se arrepintió inmediatamente de sus palabras.
—No te estoy obligando. Faltaría más —declaró ella, y él notó en su tono de enfado que ya estaba harta.
—Bien —refunfuñó.
—Perfecto —ladró ella.
Ambos se enzarzaron en un silencioso intercambio de miradas llenas de rabia. Ninguno parecía dispuesto a ceder o desviar la vista primero. En algún momento, Wallace se dio por vencido y dejó escapar un audible suspiro.
—Eres peor que un grano en el culo.
Sorprendentemente, Michelle no pareció ofenderse. En su lugar, esbozó una amplia sonrisa.
—Me lo tomaré como un cumplido. Por favor, ven a la consulta el lunes, preferiblemente antes de las ocho, y te veré el primero.
—No sé si es una buena idea.
—Lo es, créeme.
Durante un segundo, nadie dijo nada, y el silencio se cargó de tensión. Wallace se perdió en sus expresivos ojos oscuros. Algo en su interior se tensó, aunque no podía precisar qué era.
—De acuerdo —se oyó decir, sorprendiéndose a sí mismo.
Michelle parecía satisfecha.
—Maravilloso. Te veré por la mañana, entonces.
—Espera, te llevo la madera.
—Puedo hacerlo yo misma.
—Michelle —la reprendió con fingida decepción—. ¿De verdad no has entendido la primera lección?
—Sospecho que estás a punto de repetírmela —respondió, pero su tono sonaba más divertido que molesto. El movimiento de la comisura de sus labios reveló que estaba dispuesta a seguirle el juego.
—Correcto. Así que, si un hombre simpático y fuerte te ofrece su ayuda, no la rechaces. Los hombres nos sentimos importantes cuando podemos ayudar a una mujer. Es una especie de instinto primario el que se activa.
—¿Ah, sí? Dios mío, no estoy segura de que me vaya a gustar dejar de hacer las cosas por mí misma —Se mordió el labio inferior, pero luego asintió—. Bien, si te hace feliz, tráeme la madera.
—¡Ves! Después de todo, funciona.
Wallace tomó el cesto de juncos, lo llenó con los troncos y lo llevó hasta la estufa. De paso, encendió el fuego.
—¿Qué haces? —preguntó ella detrás de él.
—Estoy avivando el fuego —respondió sin levantar la vista—. ¿No es obvio?
—Sí, sí.
—No es para tanto —comentó con malhumor mientras las primeras llamas lamían los troncos.
Wallace se incorporó y observó su rostro parcialmente iluminado por el crepúsculo del día que se iba. Michelle le parecía extrañamente vulnerable. ¿Qué le ocurría?
—¿Michelle?
Ella tragó saliva y sonrió, pero su sonrisa parecía algo ensayado, artificial.