Capítulo 5 #3
E l domingo Michelle seguía atónita por lo mal que había ido la cita de Tinder.
Aunque el perfil del tipo parecía medio decente, había resultado ser un completo error.
No dejó de hablar de sí mismo y no le hizo ni una sola pregunta.
¡Qué egocéntrico! Al terminar de cenar, pretendió que ella pagara la mitad de la cuenta y se fuera con él.
Michelle pagó todo y se despidió para no volver a verlo jamás.
No. Los hombres de Escocia no parecían ser mejores que los de Londres. Una lástima.
Quizás yo sea el problema, reflexionó mientras paseaba por el canal de Caledonia hacia el castillo.
Caminó por el parque del castillo Kiltarff y vio algún conejo saltando sobre la pálida hierba de invierno.
A lo lejos, el insondable lago Ness brillaba con sus colores oscuros.
Soplaba un frío viento del oeste que hizo estremecer a Michelle mientras un mirlo picoteaba entre algunas hojas secas de roble con la esperanza de encontrar algo comestible.
Al doblar la siguiente esquina, el castillo Kiltarff se extendió ante ella en todo su esplendor.
Era una imponente construcción hecha de grandes piedras grises, con innumerables ventanas, miradores y ornamentaciones.
Se notaba que el tejado gris había sido renovado recientemente en algunas partes.
Las torretas de las esquinas parecían sacadas de un cuento de hadas.
La fachada también debía haber sido limpiada, no se apreciaban líquenes o musgo en ella.
—Increíble —murmuró Michelle y se detuvo un momento.
Tantas ventanas, tantas habitaciones. A simple vista no se notaba que el venerable edificio se fuera a convertir en un hotel, pero al fijarse descubrió que habían construido una terraza a la que probablemente se podría acceder desde el vestíbulo o el comedor.
Michelle estaba ansiosa por echar un vistazo al interior algún día, aunque seguramente el alojamiento escapara a su poder adquisitivo.
No había estado en un castillo en su vida.
Está claro que Londres está repleto de casas antiguas y, debido a la monarquía, lleno de edificios majestuosos desde el palacio de Buckingham hasta Clarence House, pero esto era completamente diferente.
Aquí vivía gente normal, aunque Kenneth fuera un conde.
Si bien se notaba su educación refinada, no era un esnob ni se creía superior.
Michelle sintió que su corazón latía más fuerte según se acercaba a la entrada trasera. Allí había contenedores que desvelaban las obras en el edificio. En algunos había escombros, en otros materiales de embalaje y láminas arrugadas.
Michelle tocó el timbre. No pasó mucho tiempo hasta que Ellie abrió la puerta y la abrazó.
—Ah, Michelle, ¡qué alegría! Pasa, bienvenida.
—Toma, es solo un detalle. —Depositó las flores en la mano a Ellie. —Aunque no es nada para el buffet , pero créeme, no queréis que cocine algo. Lo intenté y... fue un desastre total.
Ellie primero se sorprendió, luego se rio.
—Me encantan las personas como tú, honestas.
—Espero que no sea un problema, por lo del buffet .
—Para nada, al contrario. Tenemos más que suficiente. Lo que me importa es tu compañía, no lo que traigas a la mesa. Aunque, por supuesto, al final no pude evitar hacer algunas cosas. Hay pasteles, salmón en hojaldre y alguna que otra delicia.
—El sábado pasado casi incendio la casa cuando intenté cocinar. Después decidí que o bien compraría un pastel y fingiría haberlo horneado yo misma o traería algo completamente inútil que aun así pudieras disfrutar.
—Las flores son maravillosas, me encantan, Michelle. Pero, ¿qué dices sobre la casa?
Michelle arrugó la nariz.
—Nada, que me temo que no soy tan competente y organizada en todas las situaciones de la vida como me gustaría ser.
—Eso no importa, siempre que uses bien tus manos con los pacientes y de eso no tengo ninguna duda. Kenneth ya está deseando su cita contigo la próxima semana.
—Me pregunto si seguirá pensando lo mismo después —respondió Michelle con un guiño.
Ellie se rio y se fueron juntas.
—Mira a tu alrededor —sugirió Ellie mientras guiaba a Michelle por un largo pasillo que crujía bajo sus pasos.
Sobre las viejas tablas del suelo había una alfombra verde oscuro con un diseño en color claro.
Elegante y atemporal. —Esta es nuestra área privada, pero como también estamos remodelando la cocina y el resto, hoy nos reuniremos en el nuevo comedor del hotel.
Allí no tuvimos que cambiar tanto, solo renovar.
Desde el principio, todo era desproporcionado en este viejo edificio, demasiadas habitaciones para muy poca gente.
Cuando llegué, Kenneth vivía solo con su mayordomo, la cocinera y el perro.
Hablando del perro, no tienes miedo, ¿verdad? .
En ese mismo instante, una enorme y desgreñada bestia apareció doblando la esquina. El cuadrúpedo llegó hasta ellas a la velocidad de la luz y comenzó a lamer las manos de Michelle.
—Lo siento, Michelle. ¡Fuera, Dougie! ¡Deja en paz a nuestra invitada! —Ellie se volvió hacia ella con una mirada de disculpa y apartó al perro tirando de su collar. —Me temo que nuestro lebrel irlandés necesitaría ir a la escuela de adiestramiento, pero... ah, lo queremos tal como es.
Michelle le acarició la cabeza al cuadrúpedo.
—Pero es tan mono. — Y realmente lo era, además de tremendamente grande. —Al principio pensé que teníais un ternero como mascota.
Ellie rio y continuaron su camino. Dougie las acompañó.
—Sí, es cierto que es fácil confundirlo. Aquí está el vestíbulo, allí está la recepción, todavía faltan las plantas y algunos muebles. También hay que instalar la puerta giratoria, pero ya lo haremos. Soy optimista, aún tenemos tiempo.
Michelle miró alrededor. El vestíbulo era realmente magnífico y mucho más luminoso de lo que había imaginado. Lujosas arañas colgaban del techo, el parqué brillaba como si hubiera sido pulido y encerado recientemente.
—Todo se ve fantástico.
—Aunque hemos cambiado muchas cosas, hemos intentado mantener el carácter original —explicó Ellie.
—Lo habéis conseguido, me siento como si hubiera viajado a otra época.
—Así me sentí yo también en su momento. Y a veces, incluso hoy, mi vida me parece un maravilloso sueño. Por supuesto a veces es estresante, pero ¡me encanta estar en Kiltarff!
Continuaron y llegaron a un gran salón donde no había muebles. Había lámparas de araña brillantes, un reluciente parqué en espiga, imponentes pinturas al óleo e innumerables ventanas que llegaban hasta el suelo. Un piano de cola cubierto con una sábana ocupaba una esquina.
—Este es el salón de baile. Cuando llegué, todo estaba tan polvoriento que se podían ver mis huellas. Como yo era la doncella y tenía que limpiarlo todo.
—¿Trabajabas como doncella?
—Sí, pero créeme, para la limpieza tengo cero talento. Solo me infiltré aquí porque quería convencer a Kenneth de que me cediera la casa del embarcadero.
—Bueno, lo conseguiste. Qué gracioso, ¿también llevabas uno de esos gorros raros?
—¡Ja ja!, más o menos. En realidad, no tenía planeado enamorarme. Pero ¿cómo podría una no enamorarse de Kenneth? ¡Es maravilloso, generoso y mi todo!
Michelle percibió el gran amor que había entre ellos.
Ellie brillaba. No sentía envidia de la alemana, pero notó una punzada de melancolía porque ella nunca había experimentado algo así.
Después de la cita del viernes, tampoco podía imaginarse que existiera ese hombre especial para ella.
Tal vez estaba condenada a quedarse sola.
No. No iba a meterse ahora en ese bucle de pensamientos destructivos.
Llegaron al comedor, donde los otros invitados ya estaban reunidos en grupos charlando.
Vio a Ava, Colin, Maisie, Kendra, Kenneth, Alejandro, un hombre que Michelle no conocía, probablemente Matt, Stuart, y.
.. Wallace. Al verle, el pulso se le aceleró.
Llevaba unos vaqueros claros y un jersey de lana gris que se ajustaba a su torso como una segunda piel.
No seas tonta, se reprendió Michelle en silencio intentando ignorar el aleteo en su pecho cuando él se volvió hacia ella y la miró directamente.
—¡Hola a todos! —Michelle oyó lo ahogada que sonaba su propia voz.
Después de saludar a todos con un breve abrazo, se encontró frente a Wallace. Desprendía una fragancia fresca y especiada. Se aclaró la garganta.
—Hola.
—Hola, Michelle.
Antes de que pudiera decir algo, le pusieron en la mano una copa de prosecco con frambuesas.
—¡Vaya, esta sí que es una buena manera de empezar el día! —Se rio Ava.
Ellie levantó su copa.
—Queridos, me alegro de que estéis aquí. No queremos hacerlo demasiado formal, así que lo diré directamente: ¡Servíos y comed hasta que no quede nada! ¡No queremos sobras, para los invitados solo lo mejor!
Kenneth primero levantó una ceja, luego sonrió.
—Probablemente lo habría formulado un poco diferente, cariño, pero estoy completamente de acuerdo contigo.
Gracias por venir. Esta es la calma antes de la tormenta.
Nos alegra poder contar con vosotros entre nuestros amigos.
Hoy queremos dar las gracias por habernos apoyado en las últimas semanas y meses y por ayudarnos con nuestro loco proyecto.
Especialmente tenemos que agradecer a nuestra querida Ava, sin ella nada de esto habría sido posible.
Kenneth miró a Ava, quien se sonrojó. Colin rodeó con un brazo los hombros de su novia y le susurró algo al oído que intensificó aún más el color rojo de sus mejillas. Michelle se apartó un poco y su mirada se encontró con la de Wallace, que la miraba fijamente.