Latidos en escocés (Pasión en el Lago Ness 5)
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Prólogo
W allace MacDonnall agitó su vaso de whisky , observando como el líquido de color ámbar se arremolinaba suavemente.
Sentado en el alféizar de la ventana de su modesto piso en la planta baja, contemplaba el cielo gris y cubierto de nubes.
Era uno de esos días que le hubiera gustado borrar del calendario, pero sabía que no podía fingir que esa fecha no existía.
Apenas había dormido la noche anterior y no solo por el dolor constante en el hombro.
Dio el último trago y colocó el vaso vacío en la mesita auxiliar.
Acto seguido, cogió una caja de madera marrón y levantó la tapa.
Su estómago se contrajo y sintió como si el aroma del perfume de Katee se filtrara a través de los años.
Pero sabía que eso era imposible, había pasado demasiado tiempo.
Sacó de la caja unos recortes de periódico antiguos, ya descoloridos.
No necesitaba leer las líneas impresas para recordar lo que decían, conocía cada palabra de memoria.
Aunque repasarlos no cambiaba nada, seguía haciéndolo.
Sus hombros, dolorosamente tensos, se curvaban hacia adelante bajo el peso del autorreproche de una culpa tan pesada como todas las piedras de molino de Escocia.
No importaba cuántas veces le dijeran que no era responsable de la muerte de Katee.
Él seguía sintiéndose así, convencido de que, de alguna manera, él era el causante de que ella ya no estuviera.
La culpa lo consumía lenta pero inexorablemente, tanto por dentro como por fuera.
¿Y si no hubiera ido a Edimburgo?, pensó por millonésima vez. Cerró los ojos para soportar el ardor que sentía tras los párpados, pero ni siquiera eso aliviaba el dolor. No podía, nunca había podido.
Wallace dejó a un lado los recortes y miró una foto de Katee. En su recuerdo, ella siempre sería joven y hermosa.
Estaba a punto de servirse otro trago cuando el timbre del teléfono lo interrumpió.
—¿Diga?
—Hola, solo quería asegurarme de que vendrías más tarde. —Escuchó la alegre voz de Alejandro.
Wallace tardó un momento en comprender a qué se refería el argentino, pero enseguida lo recordó.
Era el cumpleaños de Kendra y Alejandro estaba organizando una fiesta para celebrarlo.
El exjugador de polo se había adaptado sorprendentemente bien a la vida en el pueblo escocés.
Aunque llevaba poco tiempo allí, se había ganado la amistad de todos y ya no lo trataban como a un recién llegado, sino como si fuera uno de los suyos.
A Wallace le agradaba Alejandro, su carácter desenvuelto y afable era un verdadero activo para la pequeña comunidad del lago Ness.
Aunque Wallace no tenía ganas de compañía, hoy menos que nunca, tampoco quería fallarles.
Sabía que, por mucho que lo deseara, no podía devolver la vida a Katee, y era el cumpleaños de Kendra, que aún estaba viva.
Eso debía celebrarse: la vida misma, aunque para él fuera un reto enfrentarla.
Con el tiempo, había aprendido a hacerlo y la mayoría de los días lograba manejarlo bien.
Solo que hoy no era uno de esos días. Sin embargo, Kendra era importante para él, y por ella enterraría su dolor una vez más y fingiría que todo estaba bien.
—Claro que iré, Alejandro. ¿A qué hora dijiste que debía estar allí? —respondió con un tono más alegre de lo que realmente sentía.
—Aún no he dicho nada —contestó Alejandro con un toque de diversión en la voz. —Por eso te llamo. Ven al Latern sobre las siete, no hace falta ser puntual.
Wallace consideró brevemente la idea de perderse la fiesta de cumpleaños de Kendra. Con su estado de ánimo, no sería precisamente el alma de la fiesta y probablemente estaría mejor solo en casa. Pero no, había dado su palabra, y no decepcionaría a Kendra. Aunque no se quedaría mucho tiempo.
—De acuerdo, a las siete —respondió con voz firme.
—Perfecto, y no olvides llevar tu falda escocesa.
—Ah. —Eso se le había olvidado por completo. Reprimió un suspiro.
Una fiesta con trajes tradicionales que prometía ser larga y animada, justo lo que menos necesitaba en ese momento. Aunque le gustaban las vestimentas tradicionales escocesas, hoy no era lo que más le apetecía. Puso los ojos en blanco.
—La llevaré —dijo a pesar de todo, sabiendo que destacaría más si se negaba. —Nos vemos luego, Alejandro.
Resoplando, apartó el móvil y se sirvió otro whisky .
Lanzó una última mirada a la foto de Katee antes de juntar los recortes y devolverlos a la caja de madera; la cerró cuidadosamente y la colocó de nuevo en la vieja cómoda.
Su piso era una mezcla de muebles antiguos, la mayoría heredados de sus padres, no le gustaban demasiado las cosas modernas. Tenía todo lo que necesitaba para vivir, era funcional. Pero, ¿vivía realmente?
Wallace se detuvo un momento. En la quietud del cuarto, solo el tictac del reloj rompía el silencio. Su mano descansaba sobre la madera fría de la cómoda y durante unos segundos más se permitió esa pausa. Sentía el impulso de regodearse en el dolor.
No, ya había sido suficiente por hoy, decidió, apretando los dientes. Pasar horas revisando fotos y artículos no cambiaba nada. Oficialmente, la muerte de Katee había sido un trágico accidente, pero él sabía que no fue así.