Las Voces de Caín CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

Los días en Nueva York parecían haber perdido el brillo que Debra solía ver en ellos. A pesar de su resolución de dejar atrás los eventos de Middleton, una sensación de pesadez invisible le oprimía el pecho.

Por la mañana, después de una noche de sueños intranquilos, se levantó con el sonido del despertador.

Encendió la cafetera, preparó una tostada y se sentó frente a la ventana de su apartamento para observar cómo la ciudad despertaba con el bullicio del tráfico y los peatones apresurados.

Todo seguía igual afuera, pero dentro de ella algo se había roto.

Debra tomó el sobre de su madre, todavía sin abrir, del bolso donde la había guardado durante el viaje.

Lo sostuvo en sus manos por un momento, acariciando el sobre con los dedos, como si pudiera sentir la presencia de su madre al otro lado del papel.

Suspiró y decidió guardarlo en el primer cajón de la mesita de noche.

«No hoy», se dijo a sí misma.

Decidió que era momento de avanzar. Se vistió con esmero, intentando recuperar su confianza y energía. Tomó su carpeta de bocetos y salió del apartamento con la intención de visitar a su representante, Nathan Ellis, para hablar sobre una nueva exposición.

Durante el trayecto hacia la galería, no pudo evitar sumirse en sus pensamientos. Recordaba los ecos de la discusión con su padre, la carta de su madre que aún no se atrevía a leer y la sensación de abandono que parecía haber vuelto a su vida, como un huésped indeseado.

Cuando llegó a un cruce concurrido, estaba tan abstraída que no se dio cuenta de que el semáforo estaba en rojo. Cruzó la calle sin mirar, ajena a los bocinazos y gritos que surgieron a su alrededor.

Un coche frenó bruscamente, pero no lo suficiente. Debra sintió el golpe antes de entender lo que había sucedido. Su cuerpo salió despedido hacia el pavimento y todo se volvió confuso: voces lejanas, luces que parpadeaban y el frío del suelo bajo sus pies.

Cuando los abrió, estaba en una ambulancia. Una paramédica le hablaba suavemente y le aseguraba que iba a estar bien, pero Debra no respondía. En su mente, la pregunta no era qué había sucedido, sino por qué.

El hospital era un caos controlado. Entre enfermeras y médicos que iban y venían, Debra se sintió como una pieza más de una maquinaria demasiado grande.

La llevaron a una sala de urgencias, donde un médico le revisó los signos vitales y le pidió que moviera los brazos y las piernas para descartar fracturas.

—Parece que has tenido mucha suerte. No hay nada roto —dijo el médico, un hombre de mediana edad con expresión amable—. Solo tiene algunos moretones y una posible contusión leve.

En ese momento entró en la sala una doctora más joven, de cabello recogido y mirada penetrante, que llevaba una tabla en la mano.

—Señorita Connelly, soy la doctora Helena Carter. ¿Cómo se siente?

—Bien... supongo —respondió Debra, aunque su voz sonó distante incluso para ella misma.

La doctora la observó detenidamente, como si tratara de leer algo más allá de las palabras.

—Los paramédicos mencionaron que cruzaste la calle sin mirar. ¿Qué pasó exactamente?

Debra abrió la boca para responder, pero no encontró las palabras. ¿Qué podía decir? Que había estado tan absorta en sus pensamientos que no se había dado cuenta del tráfico o que, tal vez, en el fondo, había deseado no detenerse.

La doctora Carter hizo una pausa antes de continuar.

—Debra, voy a ser sincera contigo. Esto parece un accidente, pero tengo que preguntarte algo: ¿hubo algún momento en el que pensaste en hacerte daño a propósito?

—¿Qué? No, claro que no —respondió Debra rápidamente, pero su tono defensivo no ayudó a convencer a la doctora.

—Entiendo que pueda resultar incómodo hablar de esto, pero he visto situaciones similares antes. A veces, las personas que atraviesan momentos difíciles no son conscientes de lo que sienten hasta que sucede algo así.

Debra miró hacia otro lado, evitando la mirada de la doctora.

—Solo fue un accidente. No estaba pensando en nada... Bueno, nada importante.

La doctora asintió lentamente.

—Quizá deberías hablar con alguien para asegurarte de que estás bien. No hay por qué avergonzarse al buscar ayuda.

Debra quiso protestar, pero algo en la calma de la doctora la dejó sin palabras.

La mujer la miró con calidez y fue esa mirada la que la derritió.

Todo en su vida había sido frío y oscuro, como las fotografías que exponía.

Cuando la doctora le pasó una tarjeta con un número de teléfono, no lo rechazó.

—En todos mis años de experiencia como doctora, he visto muchas cosas y por eso sé que necesitas ayuda.

Debra tomó la tarjeta sin decir nada.

Horas después, mientras regresaba a su apartamento con el alta médica, Debra sintió el peso de lo sucedido. No podía evitar pensar en las palabras de la doctora. ¿Había cruzado la calle sin mirar porque estaba distraída o había algo más profundo detrás de su descuido?

De vuelta en casa, se dejó caer en el sofá y miró el cajón donde guardaba la carta de su madre. Aún no podía enfrentarla, pero sabía que tenía que hacer algo con todo lo que llevaba acumulado dentro.

Al día siguiente, con una mezcla de nervios y determinación, cogió la tarjeta que le había dado la doctora. No sabía si podría resolver todo de inmediato, pero al menos podía dar el primer paso. Con el teléfono en la mano, respiró hondo y marcó el número.

—Hola, necesito concertar una cita.