Las señales del afecto (Corazones a la deriva 2) Epílogo
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Epílogo

V iolet se recostó contra la pared, una sonrisa en los labios mientras observaba a los bailarines girar por el salón.

Su hermana Polly era el centro de atención, como de costumbre.

Violet no le guardaba el menor rencor; al contrario, se alegraba de que casi todas las miradas estuvieran apartadas de ella, a pesar de que aquella fiesta pretendía celebrar su matrimonio.

Una vez desaparecida la amenaza contra su vida, Joshua había ido a ver a su padre y le había explicado, si no la causa del enlace, al menos la verdadera razón de tanta premura.

Lionel se lo había tomado con calma, mientras que Marie se había llevado un buen disgusto al descubrir lo cerca que había estado de perder a su hija mayor.

Marie había decidido que no permitiría que dos de sus hijos se casaran sin celebración, y por tanto se había puesto a organizar un baile por todo lo alto en honor de su hija, ahora Lady Greville, y de su nuevo marido.

Violet había protestado, pero su madre insistió, y ahora allí estaban, en el salón de baile de la residencia de los Harrington, que rebosaba de invitados ataviados a la última moda, bebiendo y bailando al son de una orquesta de tres instrumentos instalada en un rincón.

—¿Qué hace una mujer tan hermosa aquí sola, de pie? —le susurró una voz ronca al oído.

Se giró con una sonrisa hacia su marido, que se le había acercado por detrás y ahora le posaba una mano con suavidad en la cintura de su vestido de baile azul pálido.

—Pues creo que estoy esperando a un caballero adecuado —respondió con una sonrisa ladina—. Soy muy exigente, ¿sabe?

—Sí, he oído decir que uno ha de ser sumamente afortunado para disfrutar de su compañía, milady. ¿Me concedería este baile?

—Entonces debe de ser muy afortunado, milord, porque creo que aceptaré.

Él solo tenía ojos para ella mientras la conducía a la pista de baile. Ella miró alrededor divertida antes de decirle:

—Es un baile espléndido, en verdad, ¿no cree?, para una antigua flor de salón y un hombre que se negaba a bailar.

Él se echó a reír, con una risa profunda que le estremeció el cuerpo y le caló en el alma.

Ella se dejó atraer más de lo que probablemente fuera apropiado y contempló a los demás en el salón, tanto a sus seres queridos como a quienes conocía menos.

Su tía Bess, con su marido Marco, había llegado de Italia.

Bess había envejecido con gracia y seguía siendo muy hermosa.

Le guiñó un ojo a Violet al pasar bailando un vals junto a ella.

Polly tenía las mejillas bastante encendidas por el esfuerzo de encadenar un baile tras otro; su belleza eclipsaba a todas las mujeres del salón, en opinión de Violet.

Benjamin, con la sonrisa pícara que siempre lo acompañaba, iba tras unas cuantas jóvenes agraciadas que se agrupaban junto a la pista.

Sus dos hermanos menores sin duda mantendrían a su madre en vilo.

Gracias al cielo, ella ya no sería el objeto de las ambiciones matrimoniales de Marie.

Ahora que Thomas se había casado y Daniel seguía siendo un «caso perdido», Polly y Benjamin eran los siguientes en la lista. Violet sonrió para sus adentros.

Qué irónico que Violet acabara casándose justo con el tipo de hombre que su madre quería para ella. Aunque, si Marie supiera la verdadera magnitud de la implicación de Joshua en investigaciones criminales, quizá pensaría de otro modo.

Joshua le había prometido que daría un paso atrás en sus pesquisas.

Seguiría en contacto con sus hombres, pero no asumiría el riesgo ni invertiría el tiempo de antes.

En lugar de eso, lo supervisaría todo, y Violet le había hecho dar su palabra de que la mantendría al corriente de lo que sucediera.

Él admitió que ella había sido de gran ayuda en el último caso y que comprendía que su inteligencia no haría sino aumentar los recursos de que disponía para resolver tales asuntos.

Antes de acceder, le había arrancado la promesa de que participaría solo desde la distancia y no actuaría por su cuenta.

Ella había aceptado a regañadientes, sin querer perderse la emoción, pero comprendiendo la preferencia de Joshua.

Había sido gratificante ver a Lord Swinton y a su banda, incluido Roberts, capturados y castigados, poniendo fin a sus actividades delictivas. Swinton había hecho caer con él a todos sus hombres.

Violet y Joshua habían decidido dividir su tiempo entre Londres y su casa de campo, juntos. Joshua ya no montaría a caballo para ir y venir entre un lugar y otro por capricho, salvo, claro está, que se llevara consigo a su esposa.

—Bien, amor, solo queda un misterio esta noche —dijo Joshua, mirándola—. ¿Qué he hecho yo para merecerte?

—Desde luego, no me diste muchas opciones al respecto —respondió ella, enarcando una ceja—. Sin embargo, supongo que al final mereces la felicidad por todo lo que has hecho para mejorar la vida de otros en tu búsqueda de justicia.

—Todos estos años, y simplemente no busqué lo suficiente. La felicidad me estuvo esperando todo este tiempo, a un lado de la pista de baile.

Ella le dedicó una sonrisa dulce, de esas que le llenaban el corazón.

—Te quiero, Violet.

—Y yo a ti, Joshua.

Él ansiaba besarla allí, en medio de la pista de baile, pero tuvo que conformarse con una mirada que le prometía el amor que le demostraría más tarde esa noche y el que él sentiría por ella el resto de sus vidas.

* * *