Capítulo 10
J oshua ignoró la profunda punzada de culpa que le palpitaba en el pecho mientras montaba su caballo y lo dirigía hacia el portón. Estaba obligado a mantener a salvo a su nueva esposa, y eso era justo lo que hacía.
Sabía que probablemente debería haberle contado la verdad, pero no deseaba que viviera aterrorizada por su vida…
ni que supiera que la razón principal por la que se había casado con ella tan deprisa era para protegerla, instalándola en su finca de campo y manteniéndola oculta de todos los implicados en aquella conspiración.
Le llevó unas cuantas horas y un par de cambios de caballos regresar a Londres, pero durante todo el trayecto los recuerdos de la noche anterior con su esposa le daban vueltas en la cabeza.
Había disfrutado enseñándole los placeres que marido y mujer podían compartir, y la promesa de serle fiel no la había hecho sin meditarlo a conciencia.
Hacía mucho que había decidido que, cuando se casara, no tendría amante: compartiría el lecho con Violet, y solo con Violet.
Aunque aún no sabía si ella volvería a aceptarlo después de cómo la había dejado.
A decir verdad, ni siquiera debería haber regresado con tanto asunto pendiente en Londres, pero tenerla constantemente en la cabeza lo había distraído y al final había decidido ir a verla y hacerla suya…
de verdad. Fuera lo que fuese lo que les aguardara a partir de ahora, ella estaba unida a él, y él a ella.
Pero antes tenía que resolver aquello para mantenerla a salvo.
No solo debía permanecer en Londres para continuar la investigación, sino que esperaba alejar de ella a cualquiera que estuviera buscando a Lady Violet —o a Lady Greville, mejor dicho—, y que con suerte también creyera que ella se encontraba en Londres.
Había procurado que la boda fuera lo más discreta posible tras el anuncio inicial del compromiso, limitándose a una breve nota en el periódico.
Le había rogado a la madre de Violet que no divulgara la noticia durante unos días más, hasta que su hija se hubiera recuperado del todo.
Aunque no estaba seguro de haberla convencido, porque la dama parecía más que impaciente por compartir la maravillosa noticia de que su hija ya estaba casada.
Todavía le costaba creer que nadie se hubiera comprometido con ella antes.
Seguía tan cautivado por ella como la primera noche, y comprobaba que su valor y su entereza no habían menguado, ni siquiera tras el accidente del carruaje.
Había mantenido la compostura mientras los acontecimientos se sucedían a su alrededor, aunque él había visto el destello en sus ojos cuando le prometió que sentía por ella un profundo afecto.
Aquella frase le había partido el corazón en dos.
Aunque admiraba a la dama —incluso sentía afecto por ella— y estaba bastante seguro de que sería una esposa maravillosa, lo cierto era que todavía no sentía nada parecido al amor.
Como ella misma había repetido, apenas acababan de conocerse.
Esperaba que eso llegara con el tiempo, pero tenía que admitir que había exagerado sus sentimientos.
La preocupación por su esposa le oprimió el pecho al girar el caballo hacia la entrada privada que conducía a su residencia londinense.
—Ese percance del carruaje no fue ningún accidente —murmuró mientras arrojaba las riendas a su mozo de cuadra y desmontaba—. Mejor que no sepa el peligro tan grave que corre.
Al menos, con su marcha repentina, era más probable que Violet estuviera enfadada con él que asustada por su vida. Había dejado a un par de sus hombres vigilándola y tenía que confiar en que bastara.
—¡Has vuelto pronto!
—Tú estás aquí pronto —replicó Joshua, al descubrir que Lord Sebastian no solo estaba sentado a la mesa del estudio, sino que parecía llevar allí un buen rato. Había un vaso de whisky a medio beber y las cortinas seguían echadas a pesar de que hacía horas que era de día.
—No me he ido —respondió Sebastian, recostándose en la silla y pasándose una mano por la cara para ocultar el bostezo—. Demasiado trabajo.
Enderezándose en la silla, Sebastian observó a Joshua con un leve ceño fruncido.
—Creía que tenías intención de pasar allí algún tiempo.
Joshua negó con la cabeza y descorrió las cortinas, dejando que la luz entrara a raudales.
—No. Fui a asegurarme de que ya estuviera instalada. Nada más.
Una mirada de complicidad asomó a los ojos de Sebastian.
—¿Y lo está?
—¿Si está qué?
Sebastian esbozó una sonrisa.
—¿Instalada?
Joshua carraspeó y apartó la vista.
—No la habrás dejado sin ninguna explicación, ¿verdad? —preguntó Sebastian, un tanto horrorizado.
Encogiéndose de hombros, Joshua intentó concentrarse en los documentos que había sobre la mesa, pero Sebastian repitió la pregunta con aún más énfasis.
—La verdad es que hice lo que tenía que hacer —replicó Joshua, odiando la culpa que seguía royéndole por dentro—. Ahora está unida a mí y permanecerá en Colemore mientras yo resuelvo este endiablado embrollo aquí.
Sebastian negó con la cabeza, la mandíbula firme y los ojos sombríos.
—Eso no está bien, Greville. La dama te tiene afecto.
—¡Si apenas me conoce! —replicó Joshua con desdén, haciéndose eco de las palabras de Violet, pero el rostro de Sebastian seguía serio.
—He visto cómo te mira —prosiguió Sebastian en voz baja—. Estuve en vuestra precipitada boda y vi en sus ojos el afecto que siente por ti. No estás actuando como el hombre que creía que eras.
Joshua descubrió que no podía responder a aquello, sorprendido y un tanto desconcertado por el juicio que Sebastian hacía de él. Él nunca había visto lo que Sebastian, por lo visto, sí había percibido en la actitud de Violet, lo cual lo irritó aún más.
—¿Has desayunado? —preguntó, cambiando de tema por completo—. Me vendría bien comer algo.
Sebastian pareció a punto de añadir algo más, pero se contuvo, cerró la boca y negó con la cabeza.
—Muy bien —dijo Joshua con calma, acercándose a tirar del cordón de la campanilla—. Algo para los dos, entonces, y quizá café.
Asintiendo, Sebastian se levantó y se dirigió a la ventana, estirándose y bostezando abiertamente, mientras la tensión se disipaba poco a poco.
—Y luego, quizá, podrías enseñarme lo que has averiguado.
—Por supuesto —respondió Sebastian.
Aliviado de que el tema de su esposa hubiera quedado, por el momento, zanjado, Joshua empezó a hojear los papeles, estudiando cada uno con detalle, esperando dar un paso más hacia la verdad.
* * *
Un rato después, Joshua se puso en pie y se estiró la espalda mientras meditaba las palabras de Sebastian.
—En resumen, tenemos una posible pista.
La esperanza le vibró en el pecho y el corazón se le llenó de expectación.
—Eso creo —respondió Sebastian, que sonaba tan aliviado como se sentía Joshua—. El hombre que capturamos en el baile apenas ha dicho nada, pero, sin querer, nos ha dado el nombre del otro sujeto que lo acompañaba.
—¿Y tenemos una descripción física de ese hombre?
—Sí, aquí está —Sebastian también se incorporó para desperezar las piernas entumecidas—. Estoy convencido de que podremos encontrarlo y detenerlo.
Joshua negó con la cabeza, cogió el pliego y recorrió los detalles con la mirada.
—No. No vamos a capturarlo.
—¿No?
—No —repitió Joshua, tajante—. Lo buscaremos, por supuesto, pero después lo seguiremos. Tenemos que averiguar quién está detrás de todo esto.
—Y qué se suponía que Sir Whitby debía conseguir para él —murmuró Sebastian, acercándose a la ventana—. No me agrada pensar que sea alguien de la alta sociedad quien mueve los hilos, Greville.
Joshua tuvo que asentir. El cabecilla de aquel grupo secreto bien podía haber estado en el mismísimo baile donde se cometió el asesinato, procurando que lo viera el mayor número posible de personas.
Una aparición así le garantizaría, si alguien presenciaba el crimen, la coartada perfecta y lo desvincularía de cualquier conexión con un acto tan atroz.
—Hemos capturado a un hombre, estamos cada vez más cerca del segundo y sabemos que los dirige alguien llamado Roberts, y todo apunta a que Roberts trabaja para alguien de la alta sociedad. Llegaremos al fondo del asunto muy pronto, estoy casi seguro —dijo Sebastian en voz baja—. Lo presiento.
—¿Lo crees? —respondió Joshua, abatido—. A decir verdad, tengo la sensación de no hacer más que adentrarme en un lodazal.
Lord Sebastian soltó una risita justo cuando el mayordomo entraba con una bandeja de café recién hecho y unos bocados delicados. Joshua aspiró el delicioso aroma y sirvió café para ambos, añadiéndose un poco de crema, como le gustaba.
—¿Qué te parece tu nueva esposa? —preguntó Sebastian, devolviendo la conversación a Violet—. Parece una mujer con carácter.
—Desde luego que lo es —respondió Joshua con vehemencia—. Ya ha soportado muchas cosas, aunque no sabe que lo del carruaje fue intencionado.
—Menos mal que estabas cerca de la ventana y la viste —repuso Sebastian—. Aunque ojalá hubiéramos atrapado a quien intentó prenderle fuego al carruaje.
Joshua asintió, sombrío. El cochero había podido facilitarles una descripción excelente del hombre que provocó el altercado, pero no había visto quién, exactamente, había incendiado el carruaje.
La descripción del instigador llevaba a Joshua a creer que se trataba del mismo hombre que había irrumpido en el baile con intención de encontrar a Lady Violet, aquel al que no habían logrado capturar.
Se estaban acercando, aunque con una lentitud desesperante.
Al final lo conseguirían; tenía que creerlo.
—Entonces, ¿admiras a tu esposa? —preguntó Sebastian, reclamando de nuevo su atención.
—¿Admirarla? —repitió Joshua, meditándolo un momento—. Sí, supongo que sí. Es fuerte y está llena de coraje. Incluso plantarse ante la alta sociedad y decidir forjar su propio camino requiere una dosis de valentía que no puedo sino admirar.
—Mejor así —respondió Sebastian con un deje de humor en la voz—, porque acaba de detenerse un carruaje y creo que tu querida esposa, esa a la que tanto admiras, está dentro.