Capítulo Ocho
LENA
Durante un largo momento, ninguno de los dos se mueve.
Zayn sigue sobre mí, dentro del calor de mi cuerpo, con la cara hundida en la curva de mi cuello mientras lo recorren los últimos estremecimientos profundos.
Su peso me inmoviliza de la mejor manera, cálido, sólido y real, como si mi cuerpo llevara años intentando explicarle algo a mi corazón y por fin hubiera encontrado un idioma que entiende.
Su respiración es ronca contra mi piel. La mía es peor.
Las sábanas están enredadas alrededor de mis pantorrillas.
Una de las almohadas ha caído al suelo. La luz del sol entra a raudales por las cortinas en franjas de oro pálido y toca la línea firme de su hombro, su pelo revuelto, la mano que todavía me agarra el muslo como si hubiera olvidado que ya no necesita sujetarme ahí.
Presiona la boca una vez bajo mi oreja, luego levanta la cabeza y me mira desde arriba.
Ahora hay en su rostro una ternura peligrosa. Durante años deseé que me mirara como me está mirando ahora, y por fin lo tengo.
Se me cierra la garganta.
—¿Estás bien? —pregunta, con la voz ronca.
Asiento y luego me doy cuenta de que no parece suficiente después de todo lo que mi cuerpo acaba de hacer alrededor del suyo.
—Sí.
Baja la mirada a mi boca.
—¿Segura?
Le meto los dedos en el pelo.
—Muy segura.
Exhala despacio, con cuidado, y luego se inclina para besarme la frente.
Eso casi me desarma. Cierro los ojos antes de que pueda ver demasiado de todo esto.
Se retira de mí despacio y su ausencia es tan íntima que tengo que volver la cara hacia la almohada y respirar hasta sobrellevarla.
Un minuto después vuelve con un paño tibio y algo en mi pecho se pliega sobre sí mismo.
Zayn no dice nada mientras me limpia.
Lo observo con una sonrisa. Por fin está desnudo en mi cama y ya no necesito esconder lo mucho que lo disfruto.
Cuando termina, vuelve a meterse en la cama y me atrae contra él. Apoyo la mejilla en su pecho. Su corazón todavía late deprisa bajo mi oído.
Paso un dedo por la cicatriz tenue junto a las costillas de Zayn.
—¿Qué pasa ahora? —Levanto la cabeza lo justo para mirarlo—. ¿Deberíamos decírselo a Noah? ¿O mantenerlo en secreto por ahora?
—Pienso decírselo, sin ninguna duda. —Su respuesta es inmediata y la firmeza con la que la da se instala entre nosotros, sencilla e inamovible.
Debería sentir alivio. Una parte de mí lo siente. Otra parte, la que se ha pasado media vida amando a este hombre, se queda inmóvil de miedo.
—Bien —digo con cuidado—. Entiendo que es tu mejor amigo. —Me incorporo un poco—. No digo que nos escondamos para siempre. Ni siquiera que mintamos. Solo pienso que quizá deberíamos esperar hasta que podamos prepararlo.
—Prepararlo. —Sonríe con picardía y alza una ceja.
Sonrío.
—Por ejemplo, podríamos darle la información poco a poco. En porciones digeribles. Como darle una medicina a un perro enfadado.
Esta vez, la sonrisa se convierte en una risa pequeña e involuntaria, pero desaparece casi tan rápido como ha llegado. Él busca mi mano y entrelaza sus dedos con los míos.
—Sus sentimientos son importantes, pero no es por eso por lo que quiero decírselo —dice. Su pulgar me recorre los nudillos—. Lo entenderá desde el primer instante en que vea cómo te miro.
Mis labios se curvan antes de que pueda evitarlo.
—¿Tú crees?
La mirada de Zayn se afila y el calor que la recorre no tiene nada de suave.
—Por supuesto. —Me aprieta la mano—. Lena, ahora que te he tenido, te deseo a todas horas.
El estómago me da un vuelco.
Se acerca más, como si la confesión hubiera abierto algo dentro de él y ahora detenerse fuera más difícil que decir demasiado.
—En la cocina. En la piscina. Contra la maldita ventana si me miras como no debes mientras preparo café. Lo va a saber.
—Zayn.
—Te quiero en la ciudad. —Su voz baja de tono, más ronca—. En mi cama. En tu apartamento. En mi oficina cuando se supone que debería estar trabajando en proyectos. Sobre mis proyectos cuando los chicos se van a comer. En mi puto coche, Lena.
Todo dentro de mí se queda inmóvil. A mi cuerpo, traidor y sincero, le gusta tanto que siento las palabras entre los muslos, incluso después de todo lo que ya hemos hecho.
Trago saliva, pero tengo la garganta demasiado cerrada.
—¿Me quieres en la ciudad?
Su desconcierto es inmediato y casi ofendido.
—¿Por qué? ¿Tú no?
Se me escapa una risa, pero es demasiado temblorosa para considerarla humor. Niego con la cabeza y bajo la mirada hacia nuestras manos porque, si sigo mirándolo, podría hacer algo humillante, como llorar después del mejor sexo de mi vida.
—Dios, Zayn. —La voz me sale más suave de lo que esperaba—. Estoy enamorada de ti desde los catorce años. Claro que te quiero en la ciudad. Te quiero en todas partes.
Me arde la cara. Intento retirar la mano, pero Zayn no me deja. Se incorpora conmigo. Sus dedos están calientes cuando me aparta el pelo de la mejilla, con tanta delicadeza que me sonrojo aún más.
—Traviesa —dice despacio—, ¿acabas de confesar que estás enamorada de mí?
Cierro los ojos.
—Basta.
—No.
—Zayn.
—No, necesito un segundo. —Ahora hay una sonrisa en su voz, pero no es burla. Es una victoria—. Quiero asegurarme de que he oído bien, porque puede que mi cerebro haya dejado de funcionar.
Abro los ojos. Su sonrisa se ensancha y le cambia toda la cara de una forma injusta.
He visto a Zayn divertido antes. Lo he visto cansado, irritado, concentrado, a la defensiva. Nunca lo he visto así. Como si la alegría lo hubiera tomado por sorpresa y no supiera dónde poner las manos.
Por suerte, tiene las manos sobre mí, así que sé exactamente dónde me gustaría que las pusiera.
Se inclina hacia mí, pero en lugar de besarme apoya su frente en la mía.
—Lena. —Su boca toca la mía una sola vez—. En cuanto te besé ayer, ya decidí que esto iba en serio.
El estómago me da un vuelco. La respuesta me recorre, más ardiente de lo que habría sido cualquier mentira.
Esta vez lo beso yo primero.
No es un beso frenético. Ni de esos tormentosos y hambrientos con los que empezó todo.
Este beso es más lento, casi cuidadoso, pero todavía sabe de dónde viene.
Su mano se desliza en mi pelo. La mía se apoya en su pecho.
Por una vez, nadie se apresura a demostrar nada. Ya hemos demostrado demasiado.
Cuando nos separamos, mantengo la boca cerca de la suya.
—Entonces vas a decírselo a Noah.
—Voy a decírselo a Noah.
Me aparto para mirarlo. No parece nervioso ni asustado. Parece... ¿feliz?
—¿Y te gusta? —lo digo como una pregunta porque no consigo creerlo de verdad.
Sus labios se curvan.
—Por desgracia. —Me da un beso suave en los labios—. Quiero que todo el puto mundo sepa que eres mía.
Vuelvo a estar contra él, sonriendo en el calor de su hombro mientras sus brazos me rodean.
Algo se enciende en la parte baja de mi pecho.
—Necesito pintar.
Zayn me mira.
—¿Ahora?
—Sí.
Alza las cejas.
—¿Acabas de tener dos orgasmos antes del desayuno y ahora necesitas pintar?
Aparto la sábana y salgo de la cama, tambaleándome solo un poco, algo que decido considerar elegante dadas las circunstancias.
—En primer lugar, no lo digas tan orgulloso de ti mismo.
—Estoy tremendamente orgulloso de mí mismo.
—Ya lo veo. —Recojo su camiseta del suelo porque está más cerca que mi bata en el baño y también porque huele a él—. En segundo lugar, sí. Ahora. Antes de que se vaya.
—¿Qué se va?
Me paso la camiseta por la cabeza. Me llega a medio muslo, suave, cálida y obscenamente íntima. Su mirada me recorre y, por un segundo, casi olvido que el arte existe.
Casi.
—Esto —digo, tocándome el pecho porque no puedo explicarlo mejor—. La inspiración.