Capítulo Tres
LENA
Terminamos en la cocina porque cocinar nos da algo que hacer con las manos.
Zayn se encarga de la parrilla. Yo corto verduras en la isla y finjo que no lo observo a través de las puertas abiertas de la terraza cada vez que gira la cabeza. Él finge que no está pendiente de mí. A los dos se nos da fatal.
Cuando la comida está lista, Zayn lleva los platos dentro y se detiene bajo la lista enmarcada de normas de la cabaña, que cuelga torcida cerca de la despensa. La mayoría son normales. Nada de toallas mojadas en el sofá. Nada de zapatos sobre las camas. Quien se termina el café prepara más.
Y luego está la número siete, escrita hace años con el marcador rojo de Noah.
LENA NO PUEDE INVENTAR NORMAS NUEVAS.
La señalo con el cuchillo.
—Qué grosería.
Zayn deja los platos sobre la mesa y echa una mirada a la lista antes de fijarse en mí.
—Intentaste prohibir tener que lavar los platos.
—Para mí. —Inclino el cuchillo hacia mí—. No para todos.
Sus labios amagan un movimiento, como si quisiera sonreír, pero entonces me recorre con la mirada y lo que fuera que estuvo a punto de pasar desaparece. Se apoya en la encimera y se cruza de brazos, poniendo distancia entre nosotros sin dar un solo paso.
—Necesitamos una para esta noche.
Mi mano se queda quieta sobre la tabla de cortar.
—¿Una norma nueva?
—Sí.
Dejo el cuchillo despacio.
—Bien. Suena divertido y nada aterrador.
Su rostro sigue serio.
—Nada de empezar algo solo porque Noah no está aquí.
Se me tensa el estómago. Así que hay algo que empezar.
Me limpio las manos con una toalla y me vuelvo hacia él.
—Define «algo».
Mueve la mandíbula una vez.
—Nada de tocarnos solo para ver qué pasa. —Su mirada baja a mi boca durante medio segundo antes de que se obligue a levantarla—. Nada de provocar a propósito.
Alzo una ceja y apoyo la cadera en la isla.
—Esa parece ir dirigida a alguien.
—Así es.
Rodeo la isla y me acerco lo suficiente para que se le tensen los hombros. No se aparta, pero cada músculo de su cuerpo se comporta como si quisiera hacerlo.
Odio lo cuidadoso que es. Y odio que a una parte de mí le encante.
La habitación se calienta a nuestro alrededor. Zayn me mira como si estuviera a dos segundos de decir algo de lo que no pudiera retractarse, y luego mira hacia la terraza, el lago, cualquier lugar que no sea mi boca.
—¿Y cuánto dura esta norma? —pregunto, observando cómo se le mueve la garganta al tragar—. ¿Esta noche? ¿Todo el viaje? ¿Hasta que vuelva Noah y puedas esconderte detrás de él otra vez?
Sus ojos vuelven de golpe a los míos.
—No me estoy escondiendo detrás de él.
Le dedico una mirada.
Deja escapar el aire, en una exhalación ronca y baja, y se frota la mandíbula con una mano.
—Está bien. Quizá un poco.
No esperaba eso. Y me golpea más fuerte que si lo hubiera negado.
Me cruzo de brazos, más para mantenerme entera que para parecer dura.
—Tengo condiciones.
—Por supuesto que las tienes.
—Si acepto, no volveré a tocarte —digo en voz baja, casi susurrando. Me acerco un paso más y pongo mi mano en la suya—. Pero tú puedes tocarme si quieres.
Sus dedos se cierran en torno a los míos, cálidos, ásperos y firmes, y mis pensamientos se deslizan de inmediato hacia donde no deberían ir. Su pulgar descansa cerca de mis nudillos. No lo mueve, pero siento esa amenaza por todas partes.
—Tu norma ya es un desastre —susurro.
—Empieza después de cenar —dice, todavía tomándome de la mano.
Alzo la mirada hacia él.
—Conveniente.
—Necesario.
Su pulgar me recorre los nudillos una vez. Un movimiento diminuto. Casi nada. Aun así, basta para cortarme la respiración.