29. Iris #2
Me levanto del borde de la fuente central de la plaza de San Felipe Neri para irme, que ya va siendo hora porque llevo más de treinta minutos aquí sentada, con los auriculares inalámbricos puestos y vestida de incógnito, con unas gafas de sol enormes que me tapan casi media cara, una sudadera que le he cogido prestada a Axel y que me queda bastante holgada, con mi melena escondida por debajo y la capucha cubriéndome la cabeza.
Nadie me ha reconocido con estas pintas, y eso que no para de aparecer gente en este lugar tan turístico de Barcelona; espero seguir pasando desapercibida hasta que llegue a la casa de mis padres.
Abandono la plaza con My Immortal, de Evanescence, inundándome los oídos y camino hacia la parada de metro más cercana. Cuando estoy subida en el tren, ocupando uno de los asientos, me llega un mensaje de la francesa.
Eduarda: «Hola, mon amour. ¿Cómo está Bartolamiau?»
Ella se ha quedado unos días más en París, trabajando, y vendrá a Barcelona el finde para reponer energías.
Mi banda y yo tenemos que seguir con los prepararivos porque se acerca el festival de EuroStars, que se celebrará en Italia, por fin, el sábado de la próxima semana, y no veo la hora para ser libre y volver a disfrutar de mi soltería como Dios manda.
Le respondo a Gabrielle al instante:
Iris: «En mi piso, echándose su octava siesta. Yo he salido a dar un paseo»
Sí, me toca hacer de niñera de mi hijastra de mentira otra vez (o gatastra, más bien) hasta que la señorita regrese a España.
He decidido llevarme a ese animal a mi apartamento y no ha parado de perseguirme por cada rincón; hasta me acompaña al baño cada vez que necesito entrar para hacer mis necesidades o ducharme, y ha dormido conmigo cada noche.
Me da miedo, porque no me fío ni un pelo de esa criatura, que me puede mandar al otro barrio mediante un arañazo.
No entiendo por qué me ha cogido cariño si no le he dado motivos y me he esforzado en mantener las distancias con ella.
Sin embargo, Bartolamiau, en lugar de captar mis señales, se empeña en pegarse a mí.
Eduarda: «¿En serio has salido a la calle viendo cómo están las cosas en redes? ¿Tú sola? Yo no puedo salir sin que me acosen los paparazis a cada segundo»
Iris: «Voy de incógnito. Nadie se ha dado cuenta todavía de que soy famosa»
A continuación, me hago un selfi donde aparezco con mis gafas extragrandes y la capucha, y se lo envío.
Eduarda: «Ostras, menudas gafotas; normal que no te reconozcan»
Iris: «Tú, como siempre vas llamando la atención con tus modelitos…»
Eduarda: «Siempre divina, nunca indivina»
Eduarda: «Te dejo, que Lucien se acaba de poner en modo marimandón»
Iris: «Y yo me tengo que bajar del metro, que voy a visitar a mis padres»
Eduarda: «Salúdalos de mi parte. Iré a verlos contigo cuando esté en España para darles los regalitos»
Iris: «Ok»
Eduarda: «Chaoooo»
Me guardo el móvil en el bolsillo de la sudadera y salgo del tren a toda prisa, esquivando a los pasajeros.
Cuando llego a mi casa de toda la vida, saludo a mis padres, a Pau y a la perra, y mi madre quiere saber por qué no he traído a Gabrielle conmigo, que tiene muchas ganas de volver a verla, y que si es cierto lo que ha dicho «el franchute» sobre nuestra relación falsa.
Yo le respondo que la francesa tiene mucho lío en París, que la traeré el fin de semana y que no le haga caso a las acusaciones del exnovio, por lo que la mujer que me trajo al mundo se queda más tranquila y confiesa que se emocionó cuando le regalé a Gabrielle mi púa de la suerte y que no sabía que era tan romántica.
Mi padre comenta que el amor atonta a la gente porque, según él, eso mismo fue lo que le pasó cuando conoció a mi madre hace casi cuarenta años (y se gana un chanclazo de parte de ella).
Después, me adentro en el garaje, porque he venido expresamente para coger una cosa importante.
Me aproximo hasta uno de los armarios de metal y saco la Telecaster que usaba mi hermano en cada concierto con su banda, del mismo color que la mía, junto a su púa favorita.
Como no he tenido tiempo de relajarme tocándola durante estos meses por culpa del ajetreo que he vivido, me acomodo en el suelo para afinarla y asegurarme de que funciona a la perfección, ya que será la guitarra que me llevaré a EuroStars, que contiene un pedacito de mi hermano y sé que me traerá suerte y evitará que me dé un soponcio a causa de los nervios.
Y ayudará a Lapislázuli a ganar. O eso espero.
Si no nos llevamos la terrible sorpresa de que el trofeo, una estrella de cristal, nos lo roba algún país perdido de Europa.
Si eso último ocurre, nos quedaremos con caras de tontos mis amigos, Gabrielle, nuestros mánagers y yo.
A mí me jodería un montón perder después de lo que nos hemos esforzado estos meses.
Tras tocar canciones de Nirvana y ensayar el tema de Lapislázuli, considero que la guitarra está en óptimas condiciones para ayudarme a triunfar.
Me pongo en pie, me planto delante del póster de la última gira mundial de mi hermano con su grupo y pienso que ojalá estuviera aquí para que viera lo que estoy consiguiendo gracias a él, por inculcarme el amor por el rock.
La vida es una grandísima cabrona.
Y el maldito número veintisiete, aún más.