Las protagonistas de nuestra mentira (Lapislázuli nº 2) 12. Gabrielle #2
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12. Gabrielle #2

Nada más entrar, sosteniendo mi café con una mano, me encuentro a los lapislázulis en la recepción, que habrán llegado hace unos minutos.

—Corre a saludar a tu querida —me anima Lucien, y yo pongo los ojos en blanco.

Allá vamos con la pantomima una vez más.

Camino hacia ese grupo de rock del inframundo con una falsa sonrisa de ilusión asomada a mi cara.

Ninguno se entera de mi llegada, pero cuando los ojos del melenudo se cruzan con los míos, le da un codazo a Iris, que está distraída hablando con Candela y Daniel, para avisarla.

La rubia ladea la cabeza hacia mí de manera automática y finge una sonrisa más falsa que nuestra relación.

Cuando me detengo ante ella, nos abrazamos y juntamos nuestros labios como si hubiéramos estado separadas una eternidad. Los otros tres lapislázulis marujean a susurros para que no los escuche la gente; yo los oigo porque estoy al lado.

—Hasta se morrean con total naturalidad —oigo comentar a Candela.

—Todas las gruñonas caen al final —habla Daniel.

—Vamos a ganar esta apuesta, ya lo veréis —interviene Rober.

¿A qué apuesta se refiere?

En cuanto Iris se despega de mis labios, se dirige hacia sus amigos.

—Que sepáis que no se considera apuesta si todos habéis apostado por lo mismo —les dice en voz alta, carcajeándose—. ¿Qué gracia tiene eso?

—Si tan segura estás, apuesta tú por la otra opción. —Daniel la reta con la mirada—. ¿O tienes miedo de enamorarte y perder doscientos euros?

Candela les pide que bajen el volumen y sean más discretos, porque los va a oír alguien que pueda descubrir el plan de la relación falsa.

—¿De qué apuesta estáis hablando? —quiero saber, porque yo necesito enterarme, que el otro día Lucien mencionó algo sobre ese tema y me muero de curiosidad.

—Estos cenutrios. —Iris señala con la cabeza a sus compañeros de banda—.

Han apostado doscientos euros a que nosotras, con la tontería del paripé y de los magreos, vamos a acabar enamoradas de verdad —las últimas tres palabras las pronuncia de manera burlona—.

Todos han apostado a favor y nadie en contra. Yo no sé qué mierda de apuesta es esa.

Oh, suena interesante.

—Bruna ha apostado en contra —suelta Rober.

—Y Axel —interviene Daniel—, pero solo para llevarme la contraria. Por gilipollas, va a perder doscientos euros que se ha ganado religiosamente aporreando espaldas.

—El que los va a perder vas a ser tú —le espeta Iris—. Parece mentira que me conozcas desde parvulitos.

—Por eso mismo. —Daniel le sonríe con chulería—. Las más duras sois las que caéis primero.

A la rubia por poco le sale la vena violenta de no ser porque Candela vuelve a llamarles la atención, pidiéndoles que no se peleen en público y que se esperen a la habitación para matarse; entonces, les indico que se acerquen a mí para que formemos un corrillo entre todos.

—¿Puedo participar yo, aunque sea una de las protagonistas? —les susurro.

Iris exhala con brusquedad y suelta un «agh»; Candela y Rober me dicen que sí puedo y el cotilla de Daniel me pregunta si voy a apostar a favor de nuestra relación o en contra.

—Ya os lo diré —les respondo, y me echo un mechón de pelo hacia atrás, presumida, cuando nos separamos.

Candela me apunta con su dedo índice, con la uña pintada de negro con estrellas azules.

—Me caes bien. Tú y yo vamos a ser grandes amigas. —Asiente con la cabeza, muy convencida de sus palabras.

—Lo que me faltaba ya —murmura Iris por lo bajo.

Nuestros mánagers interrumpen la cháchara y nos dan las tarjetas que abren nuestras respectivas habitaciones para que subamos a dejar nuestro equipaje y descansemos un poco.

—Por fin —le respondo a Lucien—. Qué ganas tengo de relajarme.

Creo notar que mi amigo ahoga una risita ante lo que he dicho, pero no entiendo qué tiene de divertido.

Después, les pide a los botones, con educación, que suban mis maletas y nos encaminamos hacia uno de los ascensores, acompañados de los lapislázulis, que llevan cada uno su equipaje.

Cuando subimos a la planta que nos corresponde, que es la misma, y caminamos por el pasillo, Iris se extraña cuando abro mi puerta con mi tarjeta y dejo pasar a los empleados del hotel.

—Oye, oye, oye —brama con cara de mosqueo—. ¿Qué te crees que estás haciendo? Esta es mi habitación.

—¿Qué dices? Es la mía. —Le enseño la tarjeta con el número seiscientos sesenta y nueve escrito y señalo el de la estancia, que es igualito—. ¿Ves?

—Debe de haber sido un error. —Me muestra su tarjeta, también con ese número.

Lucien se aproxima a nosotras rapidísimo y con una sonrisita de no haber roto un plato en su vida ante el escándalo que estamos formando, porque los botones nos han mirado un par de veces, desconcertados.

—¿Qué os pasa, chicas? ¿Peleíta de enamoradas?

Los otros tres lapislázulis y Bruna nos contemplan desde sus puertas; a Iris se le escapa una carcajada y se pone a aplaudir, como si ya supiera de qué va esto.

—Se han equivocado con alguna de las dos tarjetas, Luci —le explico a mi mánager, y me río nerviosa—. Nos han dado la misma.

—Claro, bombón; vais a compartir habitación —me responde como si fuera tonta, y agita las manos delante de mi cara—. ¿Hola? Sois pareja. —Y agrega en un susurro—: Seguid fingiendo, que hay gente.

—¿Qué? —inquiero llevándome una mano al pecho, asombrada, y ladeo la cabeza hacia Iris.

¿Con eso está queriendo decir que voy a tener que compartir habitación con la rubia?

—Yo estoy flipando. —Ella niega de lado a lado sin dejar de reírse y se da la vuelta para adentrarse en MI HABITACIÓN con su equipaje, esquivando mis maletas.

Respiro hondo varias veces y le estampo a Lucien en el pecho mi vaso de cartón vacío.

—Necesito otro café bien cargado, por favor. —Lo miro con expresión dura, pero él sigue sonriendo con inocencia—. Ahora. —Y me giro sobre mis talones para entrar en el infierno.

Deseo con toda mi alma que haya camas separadas, porque no pienso dormir pegada a la novia de Chucky ni por todo el oro del mundo.