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Quité su nombre del campo de autor. Viernes, siete de la mañana, en las propiedades del documento.
Sabía que no servía de nada.
Lo sabía con exactitud: Meridiana tenía su contrato, con su nombre, firmado en un despacho de la Diagonal delante de un abogado, y doce mil euros pagados a una cuenta con su nombre, y un correo de Nuria con su nombre, y borrar un nombre de un campo de propiedades de un archivo que tenía cuarenta copias en un historial era como borrar la matrícula de un coche con la yema del dedo.
No servía. Lo hice igual. Lo hice porque era lo único que podía hacer con las manos, y porque un campo de autor es exactamente el sitio que yo sé limpiar, y porque necesitaba que en la entrega final, en la copia limpia, en el documento que iba a existir, no hubiera nada suyo que alguien pudiera encontrar y preguntar.
Que alguien pudiera usar.
Eso era. Lo digo con la palabra, porque es la que pensé a las siete: usar.
Nuria había mirado a dos personas un segundo cada una y no había preguntado.
Ofelia iba a decir «lo de la cocina» en un plató en junio y quería el proceso «para empaparse».
Había un cuadro de las seis y cincuenta y dos con su nombre en la frase donde Bruno no la soltaba, sincronizado en Madrid desde la noche anterior.
Y había un hombre a un tabique que no tenía contrato de los que cuentan y que se iba de aquel hotel el viernes igual que yo, con una cláusula de confidencialidad y la misma cláusula penal, y que si alguien, Nuria, Ofelia, cualquiera con acceso a un historial, decidía preguntar quién había escrito qué en aquel margen, iba a pagar lo que yo llevaba seis años sabiendo que se paga.
No se lo pregunté.
Lo apunto porque es el hecho, y porque después, mucho después, fue lo único que importó: no le pregunté.
No bajé a la 16 a las siete de la mañana a decirle «voy a quitar tu nombre de un sitio donde no sirve de nada, y voy a decirte que lo del hotel se queda aquí, y quiero saber si tú prefieres eso o prefieres lo otro».
Decidí yo. Decidí qué pérdida le convenía, como decido qué existe en un archivo, con la misma mano, con la misma eficacia, con la misma cara caliente de después, y me dije, mientras lo hacía, que era para protegerlo, y era verdad, y era la clase de verdad que sirve para no mirar la otra.
Antes de exportar miré el cuadro. El de las seis y cincuenta y dos del jueves, en la frase donde Bruno no la soltaba.
Se había sincronizado a las once de la noche, como todo, y estaba en Madrid, y estaba en mi copia, y tenía el hueco debajo.
No lo toqué. Es la única cosa de él que dejé en un archivo con su nombre y mi nombre en un sitio donde alguien podía leerla, y lo dejé sabiendo que lo dejaba, y no sé si eso fue lo mejor o lo peor de aquella mañana, y llevo desde entonces sin decidirlo.
A las siete y veinte exporté la limpia. Otra vez, por si acaso, aunque tenía la del jueves: ochenta mil palabras, título, nombre de la portada, sin un cuadro, sin una hora, sin nada nuestro.
La subí a la carpeta con el nombre que Nuria pone a las entregas finales: el título y la palabra «final».
Cincuenta y cinco segundos. Completado. La décima novela de Ofelia Lago existía, y en ella no había nadie.
A las nueve subí a la 17.
Él estaba. Con el radiador, con el portátil abierto, con el café. Me quedé en la puerta como el primer día, con el abrigo abrochado y el portátil bajo el brazo, y dije lo que había ensayado bajando la escalera, que era poco, tres cosas, porque las cosas ensayadas se dicen mejor cuando son pocas.
—Me voy hoy.
Levantó la vista.
—El directo a Madrid está completo. He cogido uno con escala en Palma. Sale a las tres.
No dijo nada.
—Y lo del hotel se queda en el hotel.
Ahí sí. Ahí lo dije entero, con las palabras que había elegido, que eran las que no decían nada y lo decían todo, «lo del hotel», como Ofelia decía «lo de la cocina», con un artículo delante de lo que no se nombra.
Lo dije mirándolo. Con el abrigo. Con la entrega hecha.
Con su nombre quitado de un campo. Y esperé lo que se espera después de una frase así, que era una de dos cosas: que discutiera o que se fuera.
Dijo:
—Vale.
Una palabra. La misma que yo había dicho en un despacho de Madrid seis semanas antes, con condiciones, y la misma que había escrito él en el segundo cuadro del archivo debajo de mi regla, «de acuerdo», con otra palabra pero con el mismo peso.
No hubo discusión. No hubo un cuadro, ni una pregunta, ni el nombre de nadie.
Vale. Y volvió la vista al portátil, y siguió con lo que tuviera, y yo me quedé en la puerta con la frase contestada y sin saber qué significaba la respuesta, porque «vale» en su boca podía ser cualquier cosa, y yo llevaba cinco semanas leyendo lo que escribía y no lo que decía, y de lo que decía no tenía diccionario.
Me quedé un minuto en la puerta. Él no volvió a levantar la vista. Yo no entré. Dejé la puerta como estaba, abierta, que es como había estado cinco semanas, y me fui por el pasillo de la vieja con el portátil bajo el brazo, y detrás de mí el radiador de la 17 hizo su ruido de agua y nada más.
Lo leí como rendición. Lo apunto porque fue lo que hice: lo leí como que aceptaba, como que él también prefería eso, como que un hombre que se va de los sitios con una excusa buena acababa de recibir la mejor excusa que le habían dado nunca y la había cogido.
Me pareció lógico. Me pareció, incluso, una prueba de que había decidido bien.
No era eso. No lo supe hasta junio.
Bajé a hacer la maleta. La misma de cinco semanas, en la 15, con los guantes y los calcetines de lana gris con raya roja y la hoja de la cocina de noviembre, que seguía debajo de la ropa donde la había puesto el primer sábado.
En el bolsillo interior de la maleta encontré el sobre del hotel con la nota de la I, la del primer domingo, «empezamos mañana a las nueve», doblada por el mismo doblez.
No la tiré. La metí donde estaba, con la hoja, debajo de la ropa, y cerré la maleta con la rodilla como se cierran las maletas que llevan más de lo que traían.
La manta marrón la doblé en cuatro y la dejé encima de la cama, para la suite, para nadie.
Las pilas de Fornells, sin abrir, las dejé en la mesita. Alguien las necesitaría.
A las once Ofelia bajó con las dos maletas y la voz.
Se iba también. Con nosotros, o conmigo, porque él no bajaba.
Preguntó desde la escalera si alguien la llevaba al aeropuerto y Toni ya estaba con las llaves del Ibiza en la mano, y Ofelia le dio las gracias con «cariño» y Toni cogió las dos maletas y la mía, tres, y las bajó al coche en dos viajes sin decir nada.
Catalina no bajó.
La oí en la cocina, con la campana, con el agua, con un ruido de olla, y no salió al vestíbulo, ni a la puerta, ni a nada.
Toni cerró el maletero. Ofelia se subió delante.
Yo me quedé un segundo en el vestíbulo, con el cartel de la suite y su flecha, mirando la puerta batiente de la cocina, que no se movió.
Lo entendí como un castigo. Catalina no despedía a la que se iba así, con una entrega limpia y un hombre en la 17 y una manta doblada. Me pareció justo y me subí al coche atrás, con la bolsa de Meridiana en las rodillas.
Era al revés. Lo supe también en junio, o en mayo del año siguiente, o cuando lo supe: Catalina no despide a la gente que va a volver.
Pero eso no lo sabía el viernes, y el viernes cerré la puerta del Ibiza y Toni arrancó y el hotel fue quedando detrás, con sus cuarenta y dos habitaciones y sus candados y una ventana abierta en la 17, y no miré.
Toni me miró una vez por el retrovisor, a la salida de la urbanización, un segundo, como había mirado la contraventana de la 31 cuando dejó de dar golpes: comprobando. Después miró la carretera y no volvió a mirar.
Ofelia habló todo el camino. De septiembre.
De la presentación. De que Nuria le había dicho que la portada tenía una encimera, «una encimera, cariño, ¿te lo puedes creer?
», y de que ella la iba a firmar en la Feria con el bolígrafo en la mano derecha como siempre.
Yo dije que sí a todo. Toni condujo con los dos codos.
En el aeropuerto, en la cola de facturación, una mujer de unos cuarenta años con una maleta de cabina reconoció a Ofelia.
Lo vi pasar entero: la mujer la miró, dudó, volvió a mirar, y Ofelia lo vio antes que ella, y se puso las gafas en la cabeza y el bolígrafo en la mano derecha, que sacó del bolso sin buscarlo, y cuando la mujer se acercó con un «perdone, ¿es usted…
?» Ofelia ya tenía la cara puesta. Firmó una tarjeta de embarque.
Hizo la pausa. La mujer se fue con la tarjeta contra el pecho, y Ofelia se guardó el bolígrafo y me miró, con la cara todavía puesta, y dijo «¿ves?
», y no dijo qué. Lo vi. La cara se paga.
Se había pagado delante de mí en veinte segundos, en una cola de un aeropuerto de una isla en marzo, con un bolígrafo que no buscó, y yo pensé que aquella mujer iba a poner mi frase de los votos en una boda algún día y que Ofelia acababa de cobrar por ella, y que era el trato, y que yo lo había firmado.
En el aeropuerto nos separamos. Ella iba en el directo, en el que estaba completo, en un asiento que había reservado Nuria la semana anterior; yo en el de Palma.
Se despidió con dos besos y «cariño» y «en septiembre», y se fue con sus dos maletas hacia una puerta, y yo fui con la bolsa hacia otra, y en la mía había un vuelo de cuarenta minutos y una escala de dos horas.
Palma. Dos horas.
Un aeropuerto grande en marzo es un sitio con más puertas que gente, y con un ruido de anuncios que nadie escucha y que se repiten cada cuatro minutos en tres idiomas, un dato que no hacía falta saber y que supe.
Me tomé un café con leche en una barra, de pie, mirando una pantalla de salidas en la que mi vuelo estaba el último, y el café estaba mal y me lo bebí, porque son las cosas que se hacen cuando una no quiere decidir nada durante diez minutos.
Me senté en una silla de plástico delante de una puerta que no era la mía, con la bolsa y el portátil, y a la hora abrí el portátil.
El otro, no el archivo limpio. El de trabajo.
El que tenía en local desde el primer lunes, con todos los cuadros, con las horas, con los dos nombres, con los votos y las tazas y «consta» y «documentado» y la frase de Bruno con su hilo borrado y la frase de Bruno con el cuadro de las seis y cincuenta y dos que no había borrado. Todo. Cinco semanas.
No borré nada más.
Podía. Tenía dos horas y una papelera pequeña y la práctica.
Y no borré nada, y tampoco leí nada, y eso es lo que apunto: que abrí el archivo con todo dentro y lo dejé abierto en la pantalla sin leer un solo cuadro, con la vista en la puerta de embarque que no era la mía, como quien deja una carta abierta encima de una mesa sin leerla, para no haberla tirado y para no saberla.
Dos horas. No se sincronizó porque en Palma no me conecté a nada.
Madrid a las ocho y media. Prosperidad a las nueve y veinte.
El piso estaba como lo había dejado, con la calefacción apagada y el cajón cerrado.
El cajón de «Lo que queda del año», con la goma, con las hojas, con junio del año que viene escrito en un papel de Nuria.
No lo abrí. Dejé la maleta en el pasillo sin deshacer, con la hoja y el sobre dentro, y puse la calefacción, que tarda, y me quedé con el abrigo puesto en la cocina, de pie, con la misma postura con la que había esperado en otra cocina nueve noches antes, y me di cuenta de la postura y no la cambié.
Abrí la aplicación del banco, lo que hago cuando no quiero pensar en otra cosa, y estaba.
Cuarenta y cinco mil. Con fecha de ese mismo viernes.
Nuria había pagado a la entrega, como decía la adenda, y en seis años nunca había pagado a la entrega: siempre noventa días después, y el número estaba en la pantalla, entero, con dos decimales, y yo me quedé mirándolo en la cocina de Prosperidad con el abrigo puesto, y era exactamente lo que había venido a buscar a Menorca, y no sentí nada que se pudiera apuntar.
Pagué el IVA. Antes de tiempo. Abril era dentro de un mes y lo pagué el seis de marzo a las nueve y media de la noche, desde la aplicación, la cifra que me tocaba por lo facturado, porque era lo único que se podía hacer con aquel número que no fuera mirarlo, y porque pagar es lo que hago con lo que me pesa.
Me senté en la cocina con el portátil cerrado en la mesa, delante, sin abrirlo.
A las diez, en el archivo de trabajo, en la última página, debajo de una palabra de tres letras que cierra un libro, entró un cuadro nuevo con su nombre.
No lo vi. El portátil estaba cerrado y no volví a abrirlo en tres meses, y cuando lo abrí en junio el cuadro tenía la hora del seis de marzo a las diez de la noche y estaba donde lo había dejado él, esperando, como espera un cuadro.
Esa noche dormí con la calefacción puesta y todo lo demás pagado.