19
El comedor a oscuras es más grande. Treinta mesas que no se ven y un ruido de viento por todas partes, y al fondo, en la única mesa con la contraventana abierta, aunque ya no entraba nada por ella, cuatro velas encendidas y cuatro sillas y tres personas sentadas.
Catalina en la cabecera con una olla en el centro de la mesa, sobre un salvamanteles; Toni a su derecha; él enfrente de Toni, con la chaqueta puesta, mirando la olla.
La cuarta silla era la de al lado de Toni.
Me senté. Nadie dijo «por fin» ni «ya estamos todos».
Catalina levantó la tapa de la olla y sirvió caldereta recalentada en el gas, con cabeza, en cuatro platos hondos, y empezamos.
No se lo pidió nadie. Es la ventaja de una mesa con velas: la gente cuenta cosas.
Que ella estaba en recepción, en el ochenta y dos, con veintidós años y el uniforme del hotel, que era azul, con el nombre bordado en el bolsillo, «Catalina», con la misma letra que el cartel de la suite, porque los bordó la misma mujer del pueblo que hizo los carteles, y que él había entrado de camarero en junio, y que en julio él empezó a llevarle un café a recepción a las once de la mañana, todos los días, sin que ella se lo pidiera, y a dejárselo en el mostrador y a irse.
Un café con leche. Todos los días de julio, de agosto, de septiembre, cuando cerraba la temporada, y en la temporada siguiente otra vez desde el primer día.
—Y yo no tomo café —dijo Catalina—. No lo he tomado nunca. Me sienta mal.
Toni, a su lado, cortó un trozo de pan.
—Y no se lo dije —siguió Catalina—. Un año.
Me bebí un café con leche todos los días durante un año a las once de la mañana en el mostrador de recepción, con el estómago revuelto, porque si se lo decía dejaba de traerlo.
—Y al año me lo dijo —dijo Toni. —Y al año se lo dije.
—Y le traje un vaso de leche. —Y me trajo un vaso de leche. Cuarenta y tres años. Con leche.
Toni asintió una vez, hacia el pan. Fue todo lo que dijo de cuarenta y tres años: que le trajo un vaso de leche.
Y era suficiente, porque en aquella mesa nadie necesitaba más, y porque la mujer que llevaba cuarenta y tres años bebiendo leche a las once seguía sirviendo caldereta con cabeza a dos desconocidos que no se hablaban, y eso también era la historia.
Yo lo apunté. En la cabeza, en ningún otro sitio, donde apunto las cosas que no tienen sitio.
Una mujer bebiéndose un año de cafés que no quería para que un hombre no dejara de traérselos, y un hombre que a la primera palabra cambió el café por leche y no volvió a preguntar.
Y él, enfrente, con el plato hondo delante y la cuchara quieta, no hizo ningún chiste.
Lo esperé. Lo esperé de verdad. Conocía su cara de antes de un chiste, la había visto veinte veces en dieciocho días, una manera de bajar un poco la barbilla y coger aire, y la cara llegó, la barbilla bajó, y después no llegó nada.
Se quedó mirando la vela. Toni lo miró un segundo.
Catalina lo miró otro. Y yo lo miré a él más de lo que se mira a alguien que no ha dicho un chiste, y él lo notó, y no me devolvió la mirada, y siguió comiendo.
Lo que no pasa también pasa. Eso lo sabe cualquiera que escriba diálogos.
Después de la caldereta hubo una naranja para cada uno, de las de Toni, del árbol de la puerta de atrás, que en febrero da naranjas pequeñas y ácidas que Catalina no usa para nada y Toni pela con navaja, y Catalina recogió los platos con una vela en la otra mano, y Toni se fue a recepción a encender una linterna que sí encendió, porque él sí las usaba, y nos quedamos él y yo en la mesa con dos velas, y ninguno dijo nada, y a las nueve y media Catalina dijo desde la cocina que dejáramos las velas encendidas para subir y las apagáramos arriba.
Subimos con las velas. Sin linternas. Él delante, yo detrás, por la escalera de la moqueta y el pasillo de la vieja, con dos llamas que se agachaban con cada corriente, y en el pasillo la 17 tenía la puerta abierta y el papel en el marco, y él se paró en la puerta.
Entró. Yo entré detrás.
No lo propuso nadie. Entramos como se entra en un sitio donde se ha trabajado dieciocho días, por costumbre, con las velas, y las dejamos en la mesa del director, una en su lado y una en el mío, y nos quedamos de pie, cada uno junto a su silla, sin portátil, sin archivo, sin nada que abrir.
Y entonces hablamos.
Del libro. Hablando, no leyendo. Es lo que no habíamos hecho en dieciocho días y lo que hicimos esa noche sin decidirlo, de pie en la 17 con dos velas, porque no había ningún otro canal y porque el capítulo ocho estaba parado en el segundo párrafo de Clara con la linterna enfocando la mesa y había que saber qué pasaba.
—Clara se queda —dije. —¿Por qué? —Porque no piensa nada.
—Dos párrafos. —Dos párrafos antes. Y después nada.
Ni el billete ni el comprador ni la abuela.
Se queda porque no piensa. —¿Y Bruno? —Bruno no hace nada.
Bruno está. —Eso es lo más difícil de escribir.
—Lo sé. —Eso escríbelo. —No puedo. No hay luz.
Y era verdad, y era la única frase verdadera que se podía decir en aquella habitación sin que fuera del libro, y él lo entendió, y yo lo entendí cuando la dije, y las dos velas hicieron lo que hacen las velas cuando alguien se mueve.
Lo que pasó después no se describe. No porque no pueda: porque no lo había escrito nunca, y las cosas que no he escrito nunca no sé dónde ponerlas, y aquella noche no me hizo falta. Fue en la 17. De pie. Con las dos velas en la mesa. Y ninguno de los dos enfocó la mesa.
No sé cuánto duró. Lo que sé es que a las diez y media él bajó su vela de la mesa, y yo la mía, y salimos al pasillo, y en el pasillo nos separamos, la 16 y la 15, con un tabique en medio, y me tumbé vestida con la vela apagada en la mesita y el corazón haciendo lo que hace, y oí el somier de la 16, uno, y después nada, y no dormí.
El jueves a las siete y cuatro volvió la luz.
Lo supe porque la lámpara de la 15 se encendió sola, con el interruptor como lo había dejado el martes, y el radiador empezó a hacer su ruido de agua, y por debajo de la puerta entró la luz del pasillo, amarilla, de hotel, y me senté en la cama y pensé, antes que nada, que había wifi.
Que había archivo.
Cogí el portátil. No bajé a la 17. Me quedé en la cama, con el abrigo, con el archivo cargando en la wifi que llega a la 15 si una se pone cerca de la puerta, y fui al capítulo ocho, al segundo párrafo de Clara, a la linterna enfocando la mesa, y escribí el beso.
Lo escribí en veinte minutos. Dos frases.
Clara sin pensar, y quedándose. Nada más: sin manos, sin luz, sin descripción, una mujer que deja de hacer inventario y otra frase de tres palabras, y guardé, y no lo subí al archivo compartido todavía porque quería leerlo una vez con el radiador ya caliente, y lo leí, y era lo mejor que había escrito en siete libros, y era lo más corto, y las dos cosas iban juntas y no supe cuál era la causa de cuál.
A las nueve subí a la 17.
Él estaba. Con el portátil abierto, con el radiador puesto, con la luz.
Y en la mesa del director no había velas: Catalina las había recogido a las ocho, las dos, con sus vasos, y las había puesto en la caja con las treinta, dos gastadas más, y la mesa estaba como siempre, con dos sillas y ningún papel, porque el papel de la puerta tampoco estaba. Lo había quitado él. No pregunté dónde.
—Buenos días. —Buenos días.
Eran los primeros buenos días en dieciocho días. Los conté después, y era la única cuenta que me permití aquella mañana: dieciocho. Abrí el portátil. Subí mi capítulo ocho al archivo compartido, con mi beso de dos frases, y en el mismo minuto, a las nueve y dos, entró el suyo.
Lo había escrito también. Por su cuenta, en la 16 o en la 17, con la luz de las siete, sin decirme nada, y era un beso de Clara y Bruno en la cocina del hotel de la abuela con una linterna, cuatro párrafos, y era bueno.
Bruno dejaba la linterna en la mesa, con el haz hacia arriba, hacia el techo, para que la luz no fuera de nadie.
Eso era suyo y era lo mejor de sus cuatro párrafos: una linterna que renuncia a enfocar.
Después venía lo que él sabe escribir, las manos, la distancia, y lo escribía con una duda que no le había leído nunca, un Bruno que se acerca y se para y vuelve a acercarse, y lo escribía bien, y era bueno.
Lo digo con exactitud, porque a eso me dedico: era mejor que cualquier cosa que él hubiera escrito en dieciocho días, tenía manos y tenía luz y tenía a Bruno acercándose de una forma que no era la de sus audios, más lenta, con una duda, y era peor que el mío.
Lo supe a la primera lectura y él lo supo a la primera lectura, porque dejó de escribir un segundo y volvió a leer el mío.
Los dos besos, uno debajo de otro, en el mismo archivo, con dos nombres.
Se quedó leyendo el mío un minuto entero. Dos frases se leen en cuatro segundos; el minuto era lo otro. Yo no lo miré leer: miré mi pantalla, con su beso debajo del mío, y esperé, y a las nueve y once apareció un cuadro en el mío. En mi segunda frase. Con su nombre.
Decía que la mía era mejor. Y que lo decía por escrito para que constara.
Lo leí. Sentí lo que se siente cuando alguien pone por escrito, con la hora, una cosa que va a ir a Madrid el viernes y de la que no se puede retractar, y esa cosa es que has ganado en lo suyo. Podía haber contestado muchas cosas. Podía haber dicho que el suyo tenía manos. Contesté una palabra.
Que constaba.
Le di a enviar. Y él borró su beso, no el cuadro.
Seleccionó sus cuatro párrafos de Clara y Bruno con la linterna y los borró del archivo, y quedó el mío, dos frases, con su cuadro colgando de la segunda y mi palabra debajo, y siguió con el capítulo nueve, con lo suyo, con lo que sabía hacer, y a media mañana vi que escribía menos.
Frases más cortas. Menos de todo. Y mejores.
El viernes a las once subí la tercera entrega.
Todo. La pared, la frase que no corregí, «esto es verdad», «lo sé», la acústica, «no duermo», el beso de dos frases, «para que conste», «consta».
Cuarenta y ocho cuadros de una semana en la que se había ido la luz dos días.
Miré la barra de subida llenarse en la wifi de la 17, cincuenta y cuatro segundos, y pensé en Nuria leyendo aquello el lunes en Madrid, y en que esta vez, en seis años, no estaba segura de que no preguntara.
Completado. Cerré el portátil con las dos manos y las dejé encima de la tapa, que estaba caliente.