72. Reus
Reus
La asociación está en un primero de la calle de la Font, encima de una copistería, y son tres despachos, una sala de espera con seis sillas y un pasillo donde no se cruzan dos personas.
Yo entro a las ocho y media. Enciendo, abro las persianas, hago el café, miro la agenda, contesto el correo, imprimo lo que hay que imprimir, llamo a la gente que tiene cita mañana para recordárselo, y a partir de las diez cojo el teléfono.
Soy administrativa. Eso es lo que pone en mi contrato y eso es lo que soy.
Empar Roig, que dirige esto desde hace catorce años y que me contrató sabiendo lo que hay, me lo dijo el primer día en tres frases: que aquí se trabaja mucho y se cobra poco, que yo no atiendo a nadie sola y que si alguien me pregunta algo que no sea un horario, un papel o dónde está el baño, yo digo que ahora la atienden.
No es un castigo. Es que no puedo. Está en una sentencia y la sentencia dura hasta abril, y aunque no durase, no hay una sola entidad de este país que me vuelva a poner delante de un expediente.
Lo sabe todo el mundo aquí dentro. La primera semana me daba una vergüenza horrible. Ahora es como lo del calentador de mi tía: hace ruido y ya está.
A Mireia Bosch la condenaron en junio del año pasado por la muerte de Gabriel. Ha recurrido. La finca la lleva otra gente y se llama de otra manera.
Por Bea, por Nàdia Cots y por Carme Rosell no la condenaron.
Eso quedó fuera del juicio y quedó fuera casi sin ruido, en una resolución de tres folios: tres muertes accidentales cerradas en 2018, en 2021 y en 2023, con tres atestados, tres informes forenses y ningún indicio de criminalidad, y nada nuevo que oponerles ocho, cinco y tres años después salvo un campo técnico con un punto kilométrico que no existe.
Lo único que se ha pagado en un juzgado de esta provincia es la muerte del que las eligió.
Álvaro salió en marzo de 2028. No nos hemos visto. Lo sé porque el mundo es pequeño y porque su madre murió en septiembre de ese año y me enteré por el digital comarcal, como todo el mundo.
Mi declaración del cinco de septiembre está en el tomo uno, en la hoja cuatro, y ahí pone que yo mantenía una relación con su hermano desde diciembre. Su abogado tuvo ese tomo durante dieciocho meses.
No sé si lo leyó.
Y no lo voy a averiguar.
A mi tía la llamo los domingos. Contesta.
Hoy es martes, son las once y veinte y estoy sola en la entrada porque Empar tiene reunión con la gente de la subvención y Toni está en el juzgado con una señora.
Suena el telefonillo.
Sube una mujer de treinta y pocos, con una carpeta de gomas azul debajo del brazo y el móvil en la mano, y se queda de pie delante del mostrador, que no es un mostrador sino una mesa con un ordenador viejo.
—Buenos días. ¿Tienen que ser con cita?
—Lo normal es con cita, sí. Pero si me deja sus datos, la llamamos esta tarde y le doy hora para el jueves.
—Vale.
No se sienta.
—¿Ustedes son los del caso de las bodas?
—¿Perdón?
—Es que lo leí. —Cambia el peso de un pie al otro—. Lo de la masía. Lo de la mujer esa. Y en un artículo salía esta asociación al final, con la dirección, y lo apunté.
—Ya.
—Lo apunté en junio.
Coge aire.
Y entonces, de pie, con la carpeta debajo del brazo y sin sentarse, hace lo que hace todo el mundo cuando por fin sube una escalera que lleva cuatro meses sin subir, que es soltarlo de golpe y en desorden.
Que se casa en marzo. Que ella tiene un piso de su abuela y una indemnización de un despido que cobró en abril. Que él le ha dicho que eso hay que ponerlo a buen recaudo antes de casarse, que hay una manera de dejarlo blindado, y que un amigo suyo sabe cómo se hace.
Que abrieron una cuenta en agosto.
—Y es mía —dice—. O sea, es mía. Está a mi nombre. Yo estuve delante y firmé yo.
—Ya.
—Y él dice que por eso no hay ningún problema.
Se queda callada un segundo.
—Yo lo que quiero saber es una cosa nada más. —Y ahora sí baja la voz, aunque no hay nadie—. Si la cuenta está solo a mi nombre, ¿él puede sacar dinero de ahí?
Yo tengo las manos encima de la mesa, a los dos lados del teclado.
Cojo el móvil para abrir la agenda y ver qué hueco hay el jueves.
En la pantalla, encima del calendario, con el brillo de las once y veinte de la mañana, están las notificaciones de siempre: dos correos, el aviso del banco, un mensaje de mi tía de ayer que ya he leído.
El terminal me lo devolvieron en junio de 2027, en una bolsa con precinto, con todo dentro y con un papel que decía que se había obtenido copia.
Y debajo de todo, donde lleva mil ciento treinta y un días, sin abrir, con el punto azul intacto:
Gabriel · Mensaje de voz · 0:11
Dejo el móvil boca abajo al lado del teclado.
La mujer sigue de pie, esperando, con la carpeta debajo del brazo.
Y abro la boca.