71. La vista
La vista
Entre octubre y abril pasan seis meses y no pasa casi nada, que es lo que nadie te cuenta de esto.
Se instruye. Se piden informes. Se contesta a los informes. Se pide una prórroga. Mi carpeta engorda hasta las mil cuatrocientas páginas y yo, que llevaba once años haciendo carpetas, aprendo por fin cómo se siente estar dentro de una.
Álvaro se conformó en febrero. Dos años y ocho meses. Sigue en Mas d'Enric.
A Mireia Bosch la procesaron en enero y su juicio no tiene fecha todavía, porque los jurados en esta provincia van con año y medio de retraso y porque su defensa ha recurrido cuatro cosas.
Ha vendido el treinta por ciento de la sociedad a una empresa de Tarragona para pagar abogados.
La finca sigue abierta. En mayo tiene once bodas.
Lo mío se ve el veinte de abril a las diez de la mañana en el Juzgado de lo Penal número dos de Reus, y dura dieciséis minutos.
Es una sala pequeña con el techo bajo y una moqueta gris que huele a moqueta. Hay un micrófono delante de mí que no funciona y la funcionaria dice que hable alto. La jueza tiene cuarenta y pocos años y una carpeta de anillas.
El fiscal es un chico. Le pongo treinta y dos, treinta y tres. Lee.
Lee lo del treinta de agosto de 2026 a las 23:04, 23:07, 23:19 y 23:26.
Lee que la acusada, careciendo de asignación y de causa, accedió a dos expedientes de una unidad distinta a la suya, obtuvo reproducción fotográfica de documentación reservada relativa a terceras personas y la puso a disposición de un tercero ajeno a la entidad.
Y luego lee lo otro, porque va en los antecedentes, porque hay que explicar por qué una mujer hace eso.
Lee que el veintiuno de agosto de 2018, a las tres horas y doce minutos, la misma persona accedió sin asignación al expediente de siniestro correspondiente al fallecimiento de su prima; que suprimió una alerta interna de fraude referida a una cuenta bancaria de la fallecida, a tres transferencias y a un número de teléfono no identificado; que eliminó la propuesta de derivación a la unidad especializada; y que recodificó el expediente como accidente de circulación cerrado.
Lee que esos hechos han quedado acreditados y que respecto de ellos no se formula acusación por haber transcurrido el plazo legal.
Tarda cincuenta segundos.
Detrás de mí, en la tercera fila, hay siete personas: Nuria, un funcionario que espera su vista, dos estudiantes de prácticas, un señor mayor que se ha equivocado de sala, una periodista del digital comarcal y mi tía Roser.
Yo no sabía que venía. No me lo dijo. Yo tampoco le dije el día.
No me giro. Sé dónde está porque cuando he entrado he oído toser a alguien de una manera que conozco desde que tengo seis años.
La jueza me pregunta si reconozco los hechos.
—Sí.
Si estoy conforme con la pena.
—Sí.
Si sé que renuncio a que se celebre el juicio.
—Sí.
Si lo hago libremente y asesorada.
—Sí.
Un año de prisión, suspendido por tres. Multa. E inhabilitación especial para el ejercicio de profesión u oficio relacionado con la actividad aseguradora durante dos años.
La jueza dice que la sentencia se dictará in voce y que se me notificará por escrito, y le pregunta al fiscal si renuncia a plazos y el fiscal dice que sí, y le pregunta a Nuria y Nuria dice que sí.
Y ya está.
La funcionaria llama al siguiente.
Salgo al pasillo y el pasillo es el pasillo.
Es el mismo edificio. Es el mismo suelo de terrazo, la misma hilera de sillas de plástico gris atornilladas a la pared, la misma fuente de agua con el mismo cartel de papel pegado con celo, que ahora está amarillo y que dice NO FUNCIONA con una letra que no es de nadie.
En noviembre de 2019 me senté en la tercera de esas sillas con un vaso vacío en la mano y un hombre salió de esa puerta y se sentó dejando dos sillas de por medio y me preguntó dónde estaban los baños.
Nuria se queda dentro recogiendo. Yo salgo.
Y mi tía está de pie a dos metros de la fuente, con el bolso cruzado y la rebeca puesta en abril, esperándome.
No sé qué cara tiene. Es la de siempre.
—Tía.
—Espera.
Levanta una mano.
—Solo te quiero preguntar una cosa —dice—. Y no quiero que me expliques nada. No me expliques.
—Vale.
—Ese hombre le quitó el dinero.
—Sí.
—Y ella se enteró.
—Sí.
Roser aprieta los labios.
—¿Cuándo?
—El catorce de agosto por la tarde.
—El catorce.
—A las seis y diez de la tarde entró a mirar la cuenta. A las seis y once empezó a llamar. Llamó doce veces hasta las once de la noche y a las once y cuarto se plantó en Riudoms.
Mi tía se queda mirando la fuente.
—Un día —dice.
—Un día.
—O sea que lo supo.
—Sí.
—Todo. Que se lo había quitado, y quién, y que no le cogía el teléfono.
—Sí.
Y entonces Roser hace una cosa muy pequeña con la boca, y es lo único que le he visto hacer con la cara en nueve años.
—Yo pensaba que no se había enterado —dice.
Y yo me quedo ahí, delante de ella, en un pasillo con una fuente estropeada, entendiendo por fin qué es lo que le quité.
Porque yo llevo nueve años creyendo que le quité la verdad.
Y no. La verdad se la habría podido dar en 2018 y le habría dolido en 2018 y ya estaría.
Lo que le quité fue esto: nueve años de una mujer de setenta y un años levantándose cada mañana con la idea de que su hija se murió en una carretera sin saber nada, contenta, con la carpeta hecha y todo en su sitio.
Eso es lo que le he administrado.
Y se lo acabo de retirar en un pasillo, de pie, en cuatro frases, porque me lo ha preguntado.
—Tía.
—No.
—Déjame que…
—Que no. —Se sube el bolso al hombro—. Que no quiero, Irene.
Se queda un momento más.
—Me voy, que he dejado la lavadora puesta.
Y se va por el pasillo hacia las escaleras, despacio, con esa manera que tiene de bajar un peldaño y luego el otro con el mismo pie, y no se gira.
En el coche, Nuria no arranca.
Se queda con las llaves en la mano y las gafas subidas en el pelo y me deja tres o cuatro minutos.
—¿Estás?
—Sí.
—Vámonos a comer.
—Nuria.
—Qué.
Y se lo cuento.
Le cuento el uno de septiembre a las nueve y veinte de la noche, en el aparcamiento de mi oficina, con las tres opciones y la cuarta. Le cuento el entresuelo de Pilar, el tercer peldaño que cruje, los alfileres que se acabaron, las dos manos sujetándome el vestido por la cintura.
Le digo las doce palabras. Se las digo enteras, con el orden que tenían.
Y le digo lo otro, lo que me callé en su despacho el quince de septiembre mientras ella me explicaba lo de acumular.
Que el veinticuatro de agosto, en un entresuelo de la calle Sant Vicenç, con un vestido a medio hilvanar y la cara del color de la pared, yo saqué una caja del bolso, me tomé medio comprimido y le puse el resto en la mano a esa mujer.
Que le dije: guárdamela.
Que ella la tuvo cuarenta minutos y me la devolvió en la puerta, y que yo le di las gracias.
Que el instrumento se lo di yo. Con la mano. Diez días antes.
Le cuento que no había ninguna revisión ni ninguna entrevista y que me lo inventé yo, y que ella me preguntó si lo del lunes era seguro y que yo le dije que sí.
Le cuento el patio, el generador, el cigarro que no se fumó, Portugal, y que él me dijo que el lunes iba a contarlo todo y que yo me quedé callada, y que salí a las diez y cuarenta y bajé a la N-340 a dar una vuelta porque no podía ir a mi casa.
Nuria me escucha entera, sin interrumpirme, con las llaves en la mano.
Cuando acabo se queda mirando el parabrisas un rato largo.
—¿Por qué me lo cuentas hoy?
—Porque hoy ya no sirve para nada.
—Ya. —Suelta el aire—. Bueno. Eso es exactamente lo que te iba a decir yo.
Y luego dice:
—Lo peor que hiciste es lo único que no puedo demostrar.
Y mete la llave y arranca, y sale marcha atrás de la plaza mirando por encima del hombro, y dice que la avenida a esta hora está imposible y que vamos a tardar veinte minutos en salir de Reus.