56. Rosa
Rosa
A las nueve y media de la noche Álvaro me escribe que si puedo pasarme por casa de su madre, que ha llamado tres veces.
Rosa quiere darnos un sobre.
Es eso: un sobre blanco de los de carta, con dinero dentro, que lleva guardado desde marzo y que no quiere darnos el día doce porque el día doce hay mucha gente y se pierden las cosas.
Álvaro le dice que no. Ella le dice que sí.
Se lo dice tres veces y él lo coge y se lo mete en el bolsillo del pantalón sin contarlo, y ella se queda tranquila.
Después saca las cerezas en almíbar que hizo en junio y nos sentamos.
Y a los diez minutos, sin que nadie le diga nada, se levanta y va al armario.
—Espera, que os enseño una cosa.
—Mamá.
—Que es un momento.
Vuelve con la caja de zapatos.
Es la misma escena que el cinco de agosto y no lo es, porque esta vez no está Gabriel, y esta vez Rosa se sienta con las piernas cruzadas en el sofá como una niña y se lo pasa bien.
Saca las dos radiografías panorámicas y las levanta contra la lámpara.
—Los dientes.
—Ya me las enseñaste.
—Sí, pero no te dije cuál era cuál.
—Me dijiste que lo adivinara.
—Y no lo adivinaste. —Señala la de la izquierda—. Este es Álvaro. Se le ve porque tiene el hueso más cuadrado. Y este el pequeño, que tenía los colmillos muy arriba y hubo que ponerle aparato dos años.
Van saliendo cosas. Un boletín de cuarto con un notable en todo y una observación de la maestra. Una foto de comunión con un niño de brazos cruzados. Un rosario. Un carné de la biblioteca de 1994. Un sobre de una clínica dental con tres radiografías pequeñas más.
Rosa habla y habla, y esta noche eso es lo mejor que le puede pasar a esta casa.
Y en algún momento, mientras ella me está explicando lo del aparato de los dientes, veo que Álvaro mete la mano en la caja.
No revuelve. Va al fondo, por debajo de las fotos, con dos dedos, como quien sabe dónde está una cosa porque la ha visto muchas veces y nunca la ha sacado.
Y saca un papel doblado en cuatro.
Está amarilleado por el doblez. Es un folio.
Lo abre encima de la rodilla y me lo pasa sin decir nada, y en la otra punta del sofá su madre sigue con los colmillos.
Yo lo leo con la caja de cerezas al lado.
Es un informe de alta. Membrete, número de historia, dos fechas y una firma con un sello redondo.
Álvaro no me mira mientras lo leo. Mira a su madre.
—¿Y tú? —dice Rosa de repente—. ¿Tú tuviste aparato?
—Yo no.
—Se te nota. Tienes buenos dientes.
—Gracias, Rosa.
—Eso es de familia. Eso o lo tienes o no lo tienes.
Me levanto y digo que voy al baño.
En el baño de Rosa hay una alfombrilla azul y un armario con un espejo y un jabón con forma de concha que no ha usado nadie en la historia de este piso.
Extiendo el folio encima de la tapa del váter, con el papel bien plano, y hago cuatro fotos con el móvil. Una entera, una de la cabecera con las fechas, una del cuerpo y una del sello y la firma.
Compruebo que se leen. Se leen.
Vuelvo al salón y le devuelvo el papel a Álvaro y él lo dobla en cuatro por los mismos dobleces y lo mete otra vez en el fondo de la caja, debajo de las fotos.
Rosa está guardando las radiografías.
—Un día tengo que ordenar todo esto —dice.
Nos vamos a las once y cuarto. En el rellano me da un táper con cerezas y me dice que se las devuelva, el táper, no las cerezas.
En la calle, antes de subir a los coches, Álvaro se para.
—No sé para qué te sirve —dice.
—Yo tampoco.
—Ya. —Se mete las manos en los bolsillos y toca el sobre de su madre y se acuerda de que lo lleva ahí—. Pues es lo único que me quedaba.