55. Cómo se roba con permiso
Cómo se roba con permiso
Sara Cots me llama el lunes a las siete y media de la tarde, cuando ya no la esperaba.
—Soy yo. La hermana.
—Sí.
—He estado pensando cuatro días y no he llegado a ninguna parte, o sea que le voy a preguntar una cosa y según lo que me diga cuelgo.
—Dígame.
—¿Usted por qué sabe lo de la cuenta de marzo?
Le podría mentir. Tengo tres mentiras montadas y buenas.
—Porque anoche entré en el expediente de la reclamación que ustedes presentaron y no debía —digo—. No estaba asignado a mí y no tenía permiso. Lo hice a las once de la noche desde mi casa.
Silencio.
—¿Y me lo dice así?
—Se lo digo así porque si le miento ahora, luego usted se entera y ya no me cree nada.
Otro silencio, más corto.
—Pregúnteme lo que quiera —dice.
Y entonces le pregunto lo único que no está en ningún papel.
—¿Su hermana le contó alguna vez cómo abrió esa cuenta?
—Sí. —Sin dudarlo—. En junio, antes de la bronca. Un domingo comiendo.
—¿Qué le dijo?
—Que era un banco de internet y que se lo habían montado en una cafetería.
—Y aquí se le nota que lo tiene grabado—.
Eso me hizo gracia a mí, ¿sabe? Que fuera en una cafetería.
Y ella me dijo que sí, que en la Rambla, y que el hombre le llevó una tablet porque en el móvil no se veía bien y hay que leerlo todo.
—Una tablet.
—Sí. Y que se lo dibujó en una servilleta o en un papel, con un boli, todo, con flechas. Que ella dijo que no entendía nada y él le dijo que hasta que no lo entendiera no firmaba.
Cierro los ojos.
—¿Y ella qué decía de eso?
—Que estaba tranquila. —Se le va la voz un momento—. Eso es lo que decía. Tranquila. Que ya lo tenía en su sitio y que ya podía casarse tranquila.
Después de colgar me quedo de pie en la cocina con el móvil en la mano.
Y ya no hace falta reconstruir nada, porque cabe en un renglón: abrieron la cuenta con el aparato de él, le duplicaron la tarjeta siete días después, y luego el dinero lo sacó ella con su clave y con unos mensajes que no leyó nunca.
Cada operación autorizada. Cada línea firmada. No hay un solo movimiento en ese extracto que no ordenara Nàdia Cots.
Por eso la reclamación se desestimó en tres meses y por eso su familia se pasó cinco años creyendo que se había ido con el dinero.
Y por eso hay que matarlas.
Eso es lo que estoy pensando de pie en mi cocina un lunes de agosto con la nevera zumbando, y lo escribo tal cual.
No hay que matarlas para robarles. El robo ya está hecho y está hecho limpio, con su consentimiento, con su clave y con su nombre en cada línea.
Hay que matarlas porque hay una semana, una sola, entre el momento en que una mujer abre la aplicación y ve un saldo de doscientos euros y el momento en que esa mujer se sienta delante de alguien y dice un nombre.
Viva, es la única persona del mundo que puede señalar a un hombre en una cafetería de la Rambla con una tablet.
Muerta, es una mujer que se largó con su dinero.
Bea abrió la cuenta en marzo. La duplicaron el veintiséis de junio. El catorce de agosto llamó doce veces y se plantó en Riudoms a las once y cuarto de la noche.
Nàdia abrió la cuenta en marzo. La duplicaron el dieciséis. Miró el saldo en julio.
Murieron a los pocos días de mirar.
Las dos.
Y de Carme Rosell todavía no sé cuándo miró.