Las novias de la línea muerta 18. La cita de las flores
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18. La cita de las flores

La cita de las flores

La floristería está en la calle Llovera de Reus y tiene la puerta abierta y una cortina de tiras de plástico, y dentro huele a agua estancada y a eucalipto y hace tres grados menos que en la calle.

Neus, la florista, ha montado los tres modelos encima de una mesa alta del fondo. Álvaro no viene: está entregando en Salou. Mireia sí, y ha llegado antes que yo.

—Yo a esta cita vengo siempre —me dice, dándome dos besos—. Es la única en la que se decide algo de verdad.

Los tres centros son estos.

El primero es bajo. Un cuenco de cerámica con flor compacta, blanco y verde, que no levanta un palmo de la mesa.

El segundo es alto: una estructura de metal negro de unos setenta centímetros con la flor arriba, abierta, y el tallo desnudo en medio.

El tercero es una mezcla, tres piezas pequeñas de alturas distintas.

—El de en medio —dice Mireia.

—¿Sí?

—Para tu sala, sí. —Se pone al lado del alto y levanta la mano por encima—. Vosotros tenéis siete metros de techo y unas vigas que se comen todo. Si pones flor baja, desde la puerta se ve un mantel blanco y nada más. La sala se te queda vacía y no sabes por qué.

Neus asiente desde detrás del mostrador.

—Y en las fotos —añade Mireia— la mesa sube. El fotógrafo te lo va a agradecer.

Me acerco. Me pongo a un lado de la mesa alta y le pido a Neus que se ponga enfrente.

Con el centro alto en medio, no le veo la cara. Le veo la frente y le veo las manos.

—Con este no se ve el de enfrente —digo.

—Ya. —Mireia lo dice sin defenderse, con una naturalidad total—.

En las bodas nadie habla con el de enfrente, guapa.

Es que no se puede. Hay ochenta personas hablando y música y no te oyes.

Se habla con los dos de al lado y punto.

—Levanta las cejas—. Yo he visto mil comidas y te lo digo: el de enfrente sonríe dos veces y se dedica a su lado.

Y tiene razón. Eso es lo peor. He estado en veinte bodas y no he mantenido una conversación con nadie que estuviera al otro lado de la mesa en mi vida.

Neus saca el presupuesto y aparece el problema del día, que es que las estructuras negras van aparte, doce euros por unidad, catorce mesas.

—¿Aparte de qué? —dice Mireia.

—Del centro. La estructura es alquiler.

—Neus.

—Es que yo esas se las tengo que pedir a Barcelona.

—Neus, mírame. —No levanta la voz ni medio tono. Sigue sonriendo—. Tú y yo hacemos ocho bodas al año juntas. Ocho. En estas ocho, ¿alguien te ha discutido alguna vez una factura?

—No.

—Pues las estructuras van dentro. —Le pone dos dedos en el brazo, un segundo—. Y si te las cobran a ti en Barcelona, me lo dices y llamo yo, que a mí me lo cogen.

Neus tacha una línea del presupuesto.

Son ciento sesenta y ocho euros. No es dinero. En una boda de veintiséis mil euros, ciento sesenta y ocho euros no son nada, y yo lo habría pagado sin mirarlo por no discutir un lunes a las once de la mañana con una mujer que me está aguantando desde octubre.

Y aun así, cuando Neus tacha la línea, siento una cosa concreta en el pecho que no me apetece nombrar.

Es esto: alguien acaba de defenderme.

Mireia se gira hacia mí y hace un gesto pequeño con la mano, como quitándole importancia, y dice:

—Nada, mujer. Para eso estoy.

Y luego, mientras Neus imprime:

—Oye, ¿y tu tía al final qué se pone? Porque si no lo tiene, en la calle Monterols hay una señora que hace arreglos en dos días y le va a cobrar cuatro duros. Se lo dices de mi parte.

Yo no le he contado a esta mujer que mi tía no tiene qué ponerse. Se lo habré dicho a Rosa. Rosa se lo habrá dicho a alguien. Este pueblo es así, y Reus también es así, y no hay nada raro en esto.

Firmo el presupuesto.

Catorce centros altos, estructura negra, flor blanca y verde, entrega el día doce a las diez de la mañana.

Los elijo yo. Que quede claro que los elijo yo, que Mireia no me obliga a nada, que Neus me pregunta dos veces si estoy segura y que yo digo que sí las dos veces.

Llevo once años cobrando por señalar el diez por ciento de una frase que no encaja, y acabo de comprobar con mis propios ojos que ese centro me tapa la cara de la persona de enfrente, y lo he elegido igual, porque una mujer con una carpeta me ha dicho que la sala se ve mejor y porque me ha quitado ciento sesenta y ocho euros de la factura.