Las Naranjas Van en el Segundo Cajón Epílogo
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Epílogo

A lgunos meses después, Liam ya no sabía señalar exactamente cuándo Nico había vuelto a vivir en el apartamento.

No hubo una fecha. Primero empezó a dormir allí más noches que en casa de Daniel.

Después trajo el resto de la ropa. Un fin de semana desapareció para ir a buscar unas cajas que todavía tenía guardadas y, cuando Liam se dio cuenta, el armario volvía a estar dividido, había dos productos distintos para prácticamente la misma función en el baño y Nico se quejaba otra vez de que Liam reorganizaba las cosas sin consultar a nadie.

No recrearon la rutina antigua.

Crearon otra.

Algunas mañanas empezaban juntos. Otras no.

Nico seguía calculando mal el tiempo que necesitaba para salir, aunque Liam ya había renunciado a avisarlo más de una vez.

Liam continuaba leyendo más de la cuenta por la noche, un hábito que Nico había aprendido después del accidente y que utilizaba en su contra cada vez que lo encontraba cansado al día siguiente.

Habían descubierto restaurantes nuevos, discutido por asuntos diferentes y creado pequeñas rutinas que no pertenecían a los veinte meses borrados.

Desde entonces habían aparecido algunos fragmentos de memoria.

Nada comparable a lo que había ocurrido cuando Nico pronunció la frase en el pasillo.

A veces solo era una imagen breve, un fragmento de conversación o la certeza repentina de haber estado antes en determinado lugar. Una vez, Liam recordó unos segundos de un viaje. Otra, a Nico durmiendo en el sofá del antiguo apartamento.

La mayor parte seguía perdida.

Eva nunca había prometido lo contrario.

La diferencia era que Liam había dejado de esperar.

Cuando aparecía algún recuerdo, se lo contaba a Nico.

Cuando no aparecía, nada había fracasado.

Nico también había dejado de observar cada expresión diferente como una posible señal de recuperación.

Podían entrar en un lugar antiguo, escuchar una historia o encontrar una fotografía sin que ninguno de los dos interrumpiera el momento para averiguar si la memoria de Liam reaccionaría.

Las fotografías seguían en casa.

Liam tampoco las evitaba ya.

Había versiones de él sonriendo junto a Nico en acontecimientos que todavía no recordaba. Durante mucho tiempo, aquel hombre le había parecido un rival que había ocupado su vida mejor de lo que él sería capaz.

Ahora era simplemente él.

Una parte de sí mismo a la que quizá nunca tendría acceso completo, pero que aun así seguía siendo suya.

La relación con Helena continuaba siendo fácil la mayor parte del tiempo.

Gabriel seguía siendo Gabriel. Algunas cosas habían mejorado, otras todavía provocaban conversaciones incómodas y, de vez en cuando, Liam tenía que recordarle que determinadas opiniones no necesitaban ser compartidas solo porque existieran.

Ninguno de los dos fingía que veinte meses hubieran transformado a Gabriel en otra persona.

Liam también había vuelto por completo al trabajo.

Había proyectos cuyo origen todavía no recordaba, compañeros con historias que seguían perteneciéndoles solo a ellos y decisiones firmadas por una versión suya que continuaba borrada.

Aquello había dejado de hacer que cada día pareciera una investigación.

Era simplemente su vida.

Incluso la boda había vuelto a aparecer en sus conversaciones.

No los antiguos proveedores, la antigua fecha ni los planes encontrados en aquella caja. Todo eso seguía cerrado.

Una noche, Nico le había preguntado si Liam todavía imaginaba casarse algún día.

Liam había respondido que sí.

No habían convertido la respuesta en un nuevo compromiso.

Tampoco tenían prisa.

El antiguo anillo seguía guardado. Liam ya no lo veía como un objeto perteneciente a otra persona, pero todavía no había decidido si quería volver a ponérselo. Quizá llegara el día en que aquel mismo anillo representara una elección nueva.

Quizá prefirieran otros.

Por primera vez, la decisión podía esperar sin asustarlo.

Aquella tarde, Nico estaba a punto de salir cuando volvió al dormitorio buscando el móvil.

—Está encima de la mesa —dijo Liam, sin levantar los ojos del portátil.

—No está.

—Está.

—Acabo de mirar.

Liam cerró el ordenador y fue hasta el salón. El móvil estaba exactamente donde había dicho.

Lo cogió y se lo tendió a Nico.

—Impresionante.

Nico miró el aparato.

—Tú lo has puesto ahí.

—Claro. Durante los veinte segundos en los que atravesabas el pasillo, salí del dormitorio, escondí tu móvil donde sabía que lo buscarías y volví sin hacer ruido.

—Eres lo bastante organizado como para planearlo.

—Y tú lo bastante irresponsable como para creértelo.

Nico cogió el móvil.

—Tengo que irme antes de que esta conversación se vuelva ofensiva.

—Se volvió ofensiva cuando cuestionaste mi integridad.

—Tu integridad en lo relacionado con la organización de objetos es dudosa.

Liam le abrió la puerta.

—Vete.

Nico sonrió y se acercó para besarlo rápidamente.

No había nadie delante de quien tuvieran que esconder aquello.

No había ningún padre en el salón.

No había miedo a que los oyeran.

No había necesidad de sustituir una declaración por otra cosa.

Aun así, antes de salir, Nico lo miró.

—Naranjas.

Liam sonrió.

—Naranjas.

Nico salió.

Liam permaneció unos segundos junto a la puerta antes de cerrarla.

Quizá nunca recuperara casi dos años de su propia vida.

Todavía había meses enteros de los que solo conocía hechos, fotografías e historias contadas por otras personas. Quizá regresaran algunos fragmentos.

Quizá muchos no regresaran nunca.

Pero Liam ya no pensaba en su propia vida únicamente en términos de lo que faltaba.

Tenía todo lo que había vivido antes.

Tenía los fragmentos que habían regresado.

Tenía cada recuerdo construido después del accidente.

Y tenía todo aquello que todavía elegiría vivir.

Liam cerró la puerta y volvió a casa.