Epílogo
Cuando comencé a escribir este libro, pensé que estaba escribiendo sobre otras mujeres.
Creí que estaba reuniendo recuerdos.
Que estaba organizando historias dispersas de personas que habían pasado por mi vida y habían dejado alguna enseñanza.
No imaginaba que, al final, también estaba reconstruyendo mi propia historia.
Cada una de estas mujeres llegó a mí en un momento distinto.
Algunas permanecieron años.
Otras apenas cruzaron mi camino.
Algunas me ofrecieron amor.
Otras me mostraron heridas.
Algunas fueron refugio.
Otras se convirtieron en advertencia.
Pero todas dejaron algo.
Con el paso de las páginas comprendí que la vida no me permitió conocer mujeres perfectas. Conocí mujeres reales.
Mujeres que lucharon.
Que se equivocaron.
Que sobrevivieron.
Que amaron más de lo que recibieron.
Que cargaron culpas que no les correspondían.
Que criaron hijos.
Que enterraron sueños.
Que construyeron hogares.
Que enfrentaron enfermedades.
Que perdieron amores.
Que volvieron a empezar cuando nadie apostaba por ellas.
Mujeres fuertes y frágiles al mismo tiempo.
Y quizá por eso sus historias permanecieron conmigo.
Porque en cada una encontré algo profundamente humano.
Mientras escribía, también descubrí que muchas de las cosas que admiro nacieron de ellas.
Mi capacidad de resistir.
Mi necesidad de servir.
Mi forma de acompañar el dolor ajeno.
Mi búsqueda de sentido.
Mi amor por la justicia.
Mi respeto por la dignidad humana.
Mi sensibilidad frente al sufrimiento.
Nada de eso apareció de la nada.
Fue construido poco a poco por todas las personas que encontré en el camino.
Hoy entiendo que somos una especie de tejido invisible.
Una suma de encuentros.
Una colección de huellas.
Nadie se construye completamente solo.
Todos llevamos dentro voces, gestos, enseñanzas y memorias de quienes nos precedieron o caminaron a nuestro lado.
Por eso este libro no es únicamente un homenaje a las mujeres que conocí.
Es también un acto de gratitud.
Porque cada una, sin saberlo, participó en la construcción de la mujer que soy.
Algunas me enseñaron qué quería ser.
Otras me mostraron aquello que no deseaba repetir.
Y ambas enseñanzas fueron igual de valiosas.
Si alguien encuentra estas páginas en algún momento de su vida, deseo que también pueda mirar hacia atrás y reconocer a las mujeres que han dejado huella en su propia historia.
Las que cuidaron.
Las que resistieron.
Las que enseñaron.
Las que salvaron.
Las que inspiraron.
Las que, incluso desde sus errores, dejaron una lección.
Porque al final comprendí algo sencillo:
la vida no está hecha solamente de los caminos que recorremos.
También está hecha de las personas que encontramos mientras los recorremos.
Y yo tuve la fortuna de encontrar a estas mujeres.
Por eso este libro existe.
Por eso sus historias permanecen.
Y por eso, mientras alguien las lea, seguirán caminando con nosotros.