Reflexiones finales
Cuando comencé a escribir estas páginas pensé que estaba escribiendo sobre otras mujeres.
Creí que estaba reuniendo recuerdos, reconstruyendo encuentros y dejando constancia de historias que la vida había puesto frente a mí. Sin embargo, a medida que avanzaba en cada relato, comprendí algo que no había previsto: también estaba escribiendo sobre mí.
Cada mujer que encontré en el camino fue un espejo.
Algunas me mostraron lo que admiraba. Otras me enseñaron aquello que no quería repetir. Varias me confrontaron con mis propias heridas, mis vacíos, mis preguntas y mis contradicciones. Todas, sin excepción, dejaron una huella.
Aprendí que la fortaleza tiene muchos rostros.
A veces aparece en una mujer que sobrevive al hambre y al abandono.
Otras veces en quien enfrenta una enfermedad devastadora sin perder la esperanza.
También en quien sostiene a una familia entera durante décadas, en quien cuida a una madre anciana con amor incondicional, en quien sigue caminando después de perder a las personas que más ama o en quien encuentra la manera de reconstruirse después de haber conocido la oscuridad.
Durante mucho tiempo pensé que la fortaleza era la ausencia de dolor.
Hoy sé que no.
La verdadera fortaleza consiste en seguir adelante aun cuando el dolor existe.
También comprendí que las personas rara vez son lo que parecen a simple vista.
Detrás de una sonrisa puede habitar una profunda tristeza.
Detrás de una actitud rígida puede esconderse una historia de supervivencia.
Detrás del éxito puede existir miedo.
Detrás de la generosidad puede haber renuncias silenciosas.
Y detrás de muchas conductas que juzgamos apresuradamente suelen existir heridas que desconocemos.
Por eso estas historias no son relatos sobre mujeres perfectas.
Son relatos sobre mujeres humanas.
Mujeres que se equivocaron, que dudaron, que cayeron y que, de una forma u otra, intentaron continuar.
Quizá esa sea la enseñanza más importante que me dejaron.
Ninguna de ellas necesitó ser extraordinaria para transformarme.
Bastó con observarlas.
Bastó con escucharlas.
Bastó con permitirme aprender de sus vidas.
Como trabajadora social, durante años fui formada para observar contextos, analizar realidades y comprender procesos humanos. Sin embargo, muchas de las lecciones más profundas de mi vida no las aprendí en la universidad, ni en los libros, ni en los espacios académicos.
Las aprendí en cocinas, plazas de mercado, hospitales, aeropuertos, oficinas, barrios populares, montañas, salas de espera y conversaciones cotidianas.
Las aprendí en la vida misma.
Si algo deseo que permanezca después de la lectura de este libro, es la invitación a mirar con mayor profundidad a quienes nos rodean.
Todos estamos rodeados de historias.
Historias de lucha.
Historias de amor.
Historias de pérdidas.
Historias de resistencia.
Historias que rara vez son contadas.
Quizá la mayoría de las mujeres de este libro nunca imaginaron que alguien escribiría sobre ellas.
Probablemente no se consideran heroínas.
Sin embargo, para mí lo son.
Porque me enseñaron que la vida no se construye únicamente a partir de los grandes acontecimientos.
Se construye también desde los gestos pequeños.
Desde el cuidado.
Desde la solidaridad.
Desde la capacidad de levantarse una vez más.
Desde el amor que permanece incluso cuando nadie lo reconoce.
Hoy, al cerrar estas páginas, entiendo que este libro no trata únicamente de las mujeres que encontré en el camino.
Trata también de la mujer que fui construyendo gracias a ellas.
Cada una dejó algo.
Una pregunta.
Una enseñanza.
Una advertencia.
Una inspiración.
Una forma distinta de mirar el mundo.
Y juntas, sin saberlo, contribuyeron a formar la mujer que hoy escribe estas líneas.
Por eso este libro termina con gratitud.
Gratitud hacia las mujeres que me permitieron conocer fragmentos de sus vidas.
Gratitud hacia aquellas que permanecen presentes.
Y también hacia las que ya no están, pero continúan habitando mi memoria.
Porque, al final, somos en parte las historias que vivimos, pero también las personas que encontramos mientras las vivimos.
Y yo tuve el privilegio de encontrar mujeres que dejaron luz en mi camino.
Lina María Fierro Mesa