Vieja gravedad
A las siete de esa noche, la sala del grupo especial se ha vaciado de todos excepto de quienes no saben cuándo detenerse.
Jeff está frente al tablero de casos comparando fotografías de la casa de Reed con las imágenes de la recuperación del cuerpo de John Danner en el barranco.
Julie trabaja en la mesa del fondo, rodeada de expedientes judiciales y tres pantallas de computadora.
Ramirez se fue hace veinte minutos después de anunciar que ningún asesino en serie merece perderse una promoción de alitas a mitad de precio.
Yo sigo en mi escritorio, redactando un informe sobre Mike que no dice lo que realmente importa.
Documento los hechos que puedo defender.
Michael Thorne se acercó a mí en una cafetería cerca de la comisaría.
Demostró conocer información del grupo especial que todavía no se ha hecho pública.
Afirmó tener acceso profesional a sistemas informáticos municipales y judiciales.
Indicó que había vigilado la actividad en línea de mi hermana.
Hizo declaraciones que sugieren que me ha vigilado durante años.
Dejo fuera a John.
Dejo fuera el disparo.
Dejo fuera que Mike dijo que vio a Meg y a mí salir por la ventana del dormitorio.
Esos detalles no pueden entrar en un informe oficial sin reabrir la primera mentira de mi vida.
Vuelvo a leer el documento.
Todo lo que contiene es verdad.
La verdad se vuelve peligrosa cuando se selecciona con demasiado cuidado.
Guardo el informe en una carpeta privada de trabajo en lugar de presentarlo.
—¿Sigues aquí, Erin?
La voz de Jeff llega desde el otro lado de mi escritorio.
Se ha vuelto a poner la chaqueta del traje, pero lleva la corbata floja. Ese pequeño cambio hace que parezca menos un agente y más alguien a quien conocí hace mucho tiempo.
—Podría preguntarte lo mismo.
—Estoy de visita. No tengo una vida aquí a la que regresar.
—Tienes un hotel.
—El alojamiento federal no es una vida.
—Este escritorio tampoco.
Sus ojos se desplazan hacia mi monitor justo antes de que bloquee la pantalla.
—¿Qué estás escribiendo?
—Un informe complementario.
—¿Sobre Mike?
Mantengo la mano apoyada sobre el ratón.
—Escuchaste su nombre en el vestíbulo.
—También vi tu cara.
—¿Y qué decía?
—Que te asustó.
—Entonces tus habilidades para elaborar perfiles necesitan mejorar.
—Tal vez.
Jeff saca la silla que está junto a mi escritorio y se sienta.
No pide permiso.
La familiaridad me irrita menos de lo que debería.
—¿Qué quería? —pregunta.
—Recordarme que todavía existe.
—Eso suena a Mike.
—No has hablado con él en años.
—Lo recuerdo.
—Yo también.
Jeff me estudia.
—¿Te amenazó?
—No directamente.
—¿Amenazó a Meg?
—Afirma que ha estado vigilando su actividad digital.
La postura de Jeff cambia.
La antigua calidez desaparece y la sustituye el agente.
—¿Cómo?
—Trabaja como consultor de seguridad. Sistemas municipales, tribunales, contratistas privados. Fue impreciso sobre el tipo de acceso que tiene.
—¿Admitió haber entrado en sus cuentas o dispositivos?
—No.
—¿Demostró saber cosas que no debería saber?
—Sabía más de lo debido.
—¿Como qué?
Miro hacia Julie.
Sigue trabajando, pero el sonido viaja con facilidad por la sala.
—Aquí no.
Jeff sigue mi mirada.
Después se pone de pie.
—Una copa.
Levanto la cabeza.
—Esa es una técnica de investigación bastante brusca.
—No es una técnica de investigación.
—Eres un perfilador que le pide a una testigo que vaya contigo a un lugar privado.
—No eres una testigo.
—¿Qué soy?
La pregunta queda suspendida entre nosotros.
Jeff responde con cuidado.
—Una detective asignada al mismo grupo especial.
—Respuesta aprobada.
—Y alguien a quien no he visto en doce años.
—Eso suena menos aprobado.
—Una copa —repite—. Lugar público. Coches separados. Sin expedientes.
—Quieres ponerte al día.
—Sí.
—También quieres evaluarme fuera de la comisaría.
Su boca se mueve ligeramente.
—Tendría que dejar de ser agente del FBI para no observarte.
—¿Puedes?
—No.
Al menos es sincero.
Debería negarme.
Mike apareció esta mañana con conocimiento de mi pasado y acceso a los bordes de mi vida.
Jeff regresó cargando doce nombres y un perfil que suena como mi autobiografía convertida en causa probable.
Sentarme frente a cualquiera de los dos es peligroso.
La diferencia es que una parte de mí todavía quiere sentarse frente a Jeff.
—Una copa —digo—. Voy en mi coche.
—Supuse que lo harías.
—Entonces disimúlalo mejor.
—No lo estoy disimulando.
Sí lo está.
El bar está en el centro, lo bastante tranquilo para conversar y demasiado caro para atraer a estudiantes universitarios.
Las paredes son de madera oscura.
Luces tenues cuelgan sobre mesas pequeñas.
Suena jazz a bajo volumen desde altavoces escondidos entre los estantes.
Jeff elige un reservado cerca del fondo.
Yo elijo el asiento desde el que puedo ver la entrada.
Lo nota.
No dice nada.
Se acerca un mesero.
—Bourbon —dice Jeff—. Solo.
—Agua con gas y lima.
El mesero se marcha.
Jeff apoya los antebrazos sobre la mesa.
—Sigues sin beber.
—Prefiero recordar dónde he estado.
Lo digo antes de poder suavizarlo.
La expresión de Jeff cambia.
Apenas.
—¿Tienes problemas con eso?
—Todo el mundo olvida cosas.
—Eso no fue lo que pregunté.
—Lo estás haciendo otra vez.
—¿Qué?
—Convertir una conversación en un interrogatorio.
—Pregunté por tu bebida.
—Preguntaste por mi memoria.
Se recuesta.
—Es justo.
El silencio pasa entre nosotros sin llegar todavía a ser incómodo.
Por fin lo observo de verdad.
La suavidad juvenil ha desaparecido.
Tiene el rostro más delgado y los hombros más anchos. Pequeñas líneas se han formado junto a sus ojos. Tiene el aspecto de alguien que ha aprendido que comprender cosas terribles no impide que sucedan.
—Conseguiste lo que querías —digo.
—¿La BAU?
—Hablabas de ella todo el tiempo.
—Tenía trece años.
—Tenías un plan de cinco años.
—Era un plan muy ambicioso.
—Incluía Stanford, la Academia del FBI y salvar el mundo antes de los treinta.
—No cumplí el plazo.
—¿Por cuánto?
—Depende de lo generosa que seas con la definición de salvar el mundo.
El mesero regresa con nuestras bebidas.
Jeff levanta el vaso.
—Por sobrevivir a nuestros planes.
Choco mi vaso con el suyo.
—Por sobrevivir.
El nivel del bourbon baja menos de una pulgada.
Mi agua con gas sigue intacta.
Jeff también se da cuenta.
—¿Cómo está Meg?
—Está bien.
—¿Siguen siendo muy unidas?
—Sí.
—Siempre fueron ustedes dos.
—No siempre.
Escucha la referencia a John.
Su mirada baja brevemente hacia la mesa.
—Pienso en aquella noche —dice.
—No deberías.
—Intenté no hacerlo.
—Podrías haber llamado.
La acusación nos sorprende a los dos.
Jeff levanta los ojos.
—Estuve a punto de hacerlo.
—¿Cuándo?
—Demasiadas veces para que esa respuesta sirva de algo.
—Pero no llamaste.
—No.
—¿Por qué?
Gira el vaso de bourbon entre las manos.
—Al principio me daba miedo que contestara tu madre.
—Es una mala excusa.
—Sí.
—¿Y después?
—Me dije que necesitabas distancia de todos los que sabían.
—Otra mala excusa.
—Sí.
—Sigue.
—Universidad. Entrenamiento. Oficinas nuevas. Casos nuevos. Cada año hacía más difícil la llamada porque cada año exigía una explicación mejor.
—¿Y al final?
—Al final, el silencio se convirtió en lo que estaba protegiendo.
La respuesta es tranquila y más sincera de lo que esperaba.
Miro hacia el bar.
Una pareja está sentada bajo un espejo enmarcado, con los hombros apoyados uno contra el otro.
—Mentiste a la policía por mí —digo.
—Omití algo.
—¿Así describen las mentiras los agentes federales?
—Así describe el pánico un niño de trece años.
—Nos viste afuera de la casa.
—Sí.
—Creías que yo lo había matado.
Jeff no responde de inmediato.
La demora me lo dice todo.
—Todavía lo crees —digo.
—Creo que la versión oficial nunca explicó todo.
—No es lo mismo.
—No.
—Entonces di lo que realmente piensas.
Sus ojos encuentran los míos.
—Creo que es posible que hayas matado a John para proteger a Meg.
Las palabras no me sorprenden.
Lo que me sorprende es la calma con la que las dice.
Jeff ha cargado con esa posibilidad durante dieciocho años.
La ha examinado.
La ha puesto a prueba.
Ha construido una vida alrededor de comprender a personas que hacen cosas terribles por razones con las que pueden seguir viviendo.
—¿Qué harías si te dijera que tienes razón?
Su atención se agudiza.
—¿Me estás diciendo eso?
—Hice una pregunta hipotética.
—Erin.
—¿Qué harías?
Lo piensa antes de responder.
—¿Hoy?
—Sí.
—Necesitaría saber si existe alguna prueba aparte de lo que presencié cuando era niño.
—Respuesta federal.
—Es la respuesta sincera.
—Me investigarías.
—No tendría elección.
—Siempre hay una elección.
—Yo tomé una a los trece años.
—¿Y te arrepientes?
—No lo sé.
Por fin bebo de mi vaso.
Jeff observa cómo suben las burbujas después de que lo dejo sobre la mesa.
—Durante años me dije que te había protegido —dice—. Eso hacía que la mentira pareciera noble.
—¿Y ahora?
—Ahora entiendo que proteger a alguien de las consecuencias también puede proteger la parte de esa persona que necesita ayuda.
Casi me río.
—¿Volviste con un diagnóstico?
—No.
—¿Crees que necesito ayuda?
—Creo que cualquiera que haya sobrevivido a aquella casa la necesitaría.
—¿Eso te incluye?
—Sí.
La respuesta me desarma más de lo que lo habría hecho una negación.
Jeff extiende la mano sobre la mesa y la coloca sobre la mía.
El contacto es suave.
Sin presión.
Sin posesión.
Después de Mike, la diferencia parece enorme.
Debería retirar la mano.
La dejo allí.
Su piel está caliente.
Mi pulso late bajo su pulgar, donde podría sentirlo si quisiera.
No presiona.
—¿Qué pasó con Mike hoy? —pregunta.
La pregunta demuestra que nada de esto existe fuera del caso.
Retiro la mano.
—Ahí está.
—¿Qué?
—El interrogatorio.
Su expresión se tensa.
—Estoy preocupado por ti.
—También me estás evaluando.
—Las dos cosas pueden ser ciertas.
—Qué conveniente.
—Es horrible.
Jeff suena enojado.
No conmigo.
Consigo mismo.
—Me siento frente a ti en esa sala del grupo especial y todo lo que me enseñaron me dice que documente la reacción, compare la cronología y compruebe la inconsistencia. Después te ríes de algo y recuerdo cuando tenía dieciocho años.