LA DINASTÍA BLANCA, LA DINASTÍA NEGRA Théophile Gautier #2
Don Pierrot de Navarra, como oriundo de La Habana que era, precisaba de una temperatura de invernadero y hallaba dicha temperatura en la casa.
Pero, en torno a la vivienda, se extendían amplios jardines, que dividían empalizadas por las que podía pasar un gato y poblaban frondosos árboles en que piaban, gorjeaban y trinaban multitud de pájaros.
A veces sa lía Pierrot de caza por las noches, aprovechando una puerta entreabierta, y corría por las flores y el césped húmedos de rocío.
Para regresar, tenía que esperar a que amaneciera, pues, aunque viniera a maullar bajo las ventanas, su llamada no siempre despertaba a quienes dormían en la casa.
Estaba delicado del pecho y, una noche más fría que las otras, cogió un resfriado que no tardó en degenerar en tisis.
Tras pasarse un año tosiendo, el pobre Pierrot se quedó flaco y escuálido; el pelo, antaño de tan sedosa blancura, recordaba el blanco opaco de un sudario.
Los enormes ojos transparentes le comían la cara, más pequeña que antes.
Tenía menos sonrosado el hocico y paseaba despacio, a lo largo de la tapia en que daba el sol, con aspecto melancólico, contemplando cómo la espiral de un torbellino alzaba por los aires las hojas amarillas del otoño.
Hubiérase dicho que recitaba la elegía de Millevoye.
Nada más enternecedor que un animal enfermo: ¡soporta el sufrimiento con tan dulce y triste resignación!
Hice cuanto pude para salvar a Pierrot; tuvo un médico muy diestro que lo auscultaba y le tomaba el pulso.
Le recetó leche de burra, y el pobre animal se la bebía de bastante buen grado en su platillo de porcelana.
Se pasaba las horas muertas en mi regazo como la sombra de una esfinge; cuando le pasaba los dedos por las vértebras, las notaba como un rosario.
Él intentaba corresponder a mis caricias con un débil ronroneo semejante a un estertor.
Durante la agonía, jadeaba, tendido de costado; se enderezó, en un supremo esfuerzo, se me acercó, y, abriendo las dilatadas pupilas, me lanzó una mirada que pedía socorro con súplica intensa.
Aquella mirada parecía decir: «¡Anda, sálvame tú que eres hombre!
». Luego, dio unos pasos vacilantes, con los ojos ya vidriosos, y se desplomó lanzando un alarido tan lastimero, tan desesperado, tan lleno de angustia, que me invadió un mudo horror.
Lo enterramos al fondo del jardín, bajo un rosal blanco que aún señala el lugar donde yace.
Seráfita murió dos o tres años después, de una difteria que fueron incapaces de remediar los recursos de la ciencia. Descansa no lejos de Pierrot.
Con ella se extinguió la dinastía blanca, pero no la familia.
De aquella pareja tan blanca como la nieve habían nacido tres gatos negros como el carbón.
Que explique quien pueda este misterio. Estaba por entonces muy en boga la novela Los miserables , de Victor Hugo; no se hablaba sino de esa nueva obra maestra; los nombres de los protagonistas estaban en boca de todos.
Llamé a los machos Enjolras y Gavroche, y a la gata la bauticé con el nombre de Éponine.
De pequeños, eran encantadores, y les enseñé, como si fuesen perros, a traer una pelota de papel que les arrojaba a bastante distancia.
Llegué incluso a lanzar dicha pelota por encima de las molduras altas de los armarios y a esconderla detrás de cajas de embalaje y en jarrones hondos; de todos esos lugares la sacaban muy hábilmente con la pata.
Cuando llegaron a la edad adulta, desdeñaron tan frívolos juegos y adoptaron la calma filosófica y meditativa que constituye el auténtico temperamento de los gatos.
Para quienes desembarcan en Norteamérica, en una colonia de esclavos, todos los negros son negros y no se distinguen unos de otros.
De igual modo, para unos ojos indiferentes, tres gatos negros son tres gatos negros; pero una mirada observadora no se deja engañar.
Las fisonomías de los animales difieren tanto entre sí como las de los hombres, y yo sabía muy bien a quién pertenecían aquellos hocicos negros como la máscara de Arlequín, que iluminaban unos discos esmeralda con reflejos dorados.
A Enjolras, el más guapo de los tres con mucho, lo conocía por la ancha cabeza leonina de pobladas patillas, el pecho ancho, el lomo largo y el espléndido rabo, tan esponjoso como un plumero.
Era un tanto teatral y enfático y parecía estar posando, como un actor al que todo el mundo admira.
Se movía con gestos lentos, ondulantes y llenos de majestad.
Era tanta la circunspección con que elegía el lugar donde posaba las plantas que hubiérase dicho que caminaba por una consola atiborrada de cubiletes de la China o de jarrones de Venecia.
En lo que al carácter se refiere, no tenía nada de estoico y mostraba por la comida una inclinación que le hubiera reprobado su padrino.
Enjolras, aquel sobrio y puro joven, le habría dicho, sin duda, como el ángel a Swedenborg: «¡Comes demasiado!
». Le consentí esa glotonería, tan graciosa como la de los monos gastrónomos, y Enjolras alcanzó un tamaño y un peso poco frecuentes entre los felinos domésticos.
Para aumentar el parecido con un león, tuve el capricho de mandar que lo rapasen como a un caniche.
Le dejaron las crines y una borla alargada en la punta del rabo.
No me atrevería a afirmar que no llegasen incluso a dibujarle en los muslos unas patillas en forma de chuleta como las de Munito.
Con tal aspecto, menester es decir que parecía no tanto un león del Atlas o de El Cabo cuanto una quimera japonesa.
Jamás se esculpió fantasía más extravagante en cuerpo de animal vivo.
El pelo, muy apurado, al dejar que se transparentase la piel, tomaba los tonos azulados más extraños que imaginarse puedan, que contrastaban, de forma insólita, con la negrura de las crines.
Gavroche era un gato de expresión avispada y socarrona, como si hubiera tenido empeño en recordar a su homónimo de la novela.
De menor tamaño que Enjolras, tenía una agilidad brusca y cómica, y sustituía los retruécanos y la jerga del pilluelo de París por saltos de la carpa, cabriolas y posturas histriónicas.
He de confesar que, dados sus gustos populares, Gavroche cogía al vuelo cualquier ocasión de dejar el salón y salir al patio, e incluso a la calle, para correr, con gatos vagabundos de no muy buena cuna y linaje dudoso , aventuras de discutible gusto en las que olvidaba por completo su dignidad de gato de La Habana, hijo del ilustre Don Pierrot de Navarra, grande de España de primera categoría, y de la marquesa Doña Seráfita, de modales aristocráticos y desdeñosos.
Como no se andaba con remilgos, a veces, para agasajarlos, invitaba a compartir su plato a compañeros héticos, que iba recogiendo mientras vagabundeaba y andaba haciendo novillos, cuya anatomía ponía en evidencia la hambruna y que no tenían más que la piel sobre los huesos.
Los pobres diablos, con las orejas gachas y el rabo entre las patas, mirando de reojo por temor a que interrumpiera la comilona de balde la escoba de alguna doncella, engullían por dos, e incluso por tres o cuatro; y, como el famoso perro Siete Aguas de las posadas españolas, dejaban el plato más limpio que si lo hubiera fregado y restregado un ama de casa holandesa de las que posaban para Mieris o Gerard Dow.
Al ver a los amigos de Gavroche, me venía a la memoria esa frase que ilustra un dibujo de Gavarni: «¡Aviados estamos con las amistades que, al parecer, ha dado usted en frecuentar!
». Pero no eran sino una prueba del buen corazón de Gavroche, que habría podido comérselo todo él solito.
La gata que llevaba el nombre de la interesante Éponine era de formas más esbeltas y delicadas que sus hermanos.
Debía la personalísima expresión del rostro al hocico un poco alargado; a los ojos levemente oblicuos, como achinados, y de un verde semejante al de los ojos de Palas Atenea, a la que Homero aplica invariablemente el epíteto de γλαψќπιs ; al terciopelo negro de la nariz, cuyos relieves recordaban los de una delicada trufa de Périgord; y a la perpetua movilidad de los bigotes.
Sombras cambiantes le irisaban el pelo, esplendorosamente negro, que recorrían continuos estremecimientos.
Jamás hubo animal tan sensible, tan nervioso, tan eléctrico.
Cuando le acariciaban dos o tres veces el lomo en la oscuridad, del pelaje le brotaban centelleantes chispas azules.
Éponine se encariñó especialmente conmigo, como la Éponine de la novela con Marius; pero, menos pendiente de Cosette que aquel guapo joven, acepté la pasión de esta gata tierna y devota que sigue siendo compañera asidua de mi trabajo y endulza mi retiro en el más recóndito extrarradio.
Acude cuando llaman a la puerta, recibe a las visitas, las acompaña al salón, les dice que se sienten, les habla —sí, les habla— con murmullos, gorjeos, leves gritos que nada tienen que ver con el lenguaje que los gatos usan entre sí e imitan la palabra articulada de los humanos.
¿Qué dice? Pues dice de forma totalmente inteligible: «No se impacienten, miren los cuadros o charlen conmigo si eso les divierte; el señor baja en seguida».
Cuando entro, se retira discretamente a un sillón o a una esquina del piano y atiende a la conversación sin intervenir en ella, como un animal de buen gusto que sabe comportarse en sociedad.
La gentil Éponine ha dado tantas pruebas de inteligencia, de buen carácter y de sociabilidad que la hemos elevado de común acuerdo a la dignidad de persona , pues se rige, con toda evidencia, por una razón superior al instinto.
Dicha dignidad le otorga el derecho de comer a la mesa como un ser humano, y no en un platillo puesto en el suelo y en un rincón, como un animal; pero, dado su tamaño, le permito que coloque ambas patas delanteras en el borde de la mesa.
No usa tenedor ni cuchara, pero sí plato y vaso; participa de todos los platos de la cena, desde la sopa hasta el postre; espera a que le sirvan y se porta con un decoro y una formalidad que bien nos gustaría hallar en muchos niños.
Acude al primer toque de campanilla, y, cuando entro en el comedor, ya está en su sitio, de pie en la silla y con las patas apoyadas en el borde del mantel, ofreciéndome la diminuta frente para que se la bese, como hace una damisela bien educada y afectuosamente cortés con sus padres y las personas mayores.
Hay pelos en los brillantes; manchas, en el sol; leves sombras, en la propia perfección.
Éponine, menester es confesarlo, siente una afición desmedida por el pescado; es un gusto que tiene en común con todos los gatos.
Contrariamente al proverbio latino: Catus amat pisces, sed non vult tingere plantas, metería de buen grado la pata en el agua para pescar una breca, una minúscula carpa o una trucha.
Siente por el pescado algo semejante al delirio y, al igual que los niños a los que embriaga la esperanza del postre, se come a veces la sopa a regañadientes cuando las notas previas que ha tomado en la cocina la han puesto al corriente de que ha llegado el pescadero.
Entonces, dispongo que no le sirvan y le digo con tono frío: «Señorita, una persona que no tiene hambre de sopa no puede tener hambre de pescado».
Y la fuente le pasa despiadadamente ante las narices.
Totalmente convencida de que va en serio, la golosa Éponine se toma la sopa a toda prisa, lame hasta la última gota de caldo, rebaña la menor migaja de pan o de pasta italiana, y luego se vuelve hacia mí y me mira muy satisfecha, como alguien que no merece ya ningún reproche porque ha cumplido concienzudamente con su deber.
Le sirven la ración que le corresponde y la despacha dando muestras de extremada complacencia; luego, tras haber tomado todos los platos, acaba bebiéndose la tercera parte de un vaso de agua.
Cuando tengo invitados a cenar, Éponine sabe que esa noche no voy a estar solo antes de ver a los comensales.
Mira su sitio y, si junto al plato hay cuchillo, cuchara y tenedor, da media vuelta y se sube al taburete del piano, que es su refugio en tales ocasiones.
Que quienes niegan que los animales razonan expliquen, si pueden, este hecho nimio, tan sencillo en apariencia, y que encierra todo un mundo de inducciones.
De la presencia junto a su plato de esos utensilios que únicamente el hombre puede manejar, la gata observadora y juiciosa deduce que, por esa vez, tiene que ceder el puesto a un invitado y se apresura a hacerlo.
Jamás se equivoca. Y solo si tiene confianza con el invitado se le sube a las rodillas y trata de conseguir alguna buena tajada recurriendo a su encanto y haciéndole carantoñas.