LA DINASTÍA BLANCA, LA DINASTÍA NEGRA Théophile Gautier
De un gato que trajo de La Habana la señorita Aíta de la Peñuela, joven artista española cuyos estudios sobre gatos de Angora blancos se han visto y se siguen viendo aún en los puestos de los vendedores de grabados, llegó a mis manos un gatito de lo más primoroso que parecía una de esas borlas de cisne que se usan para darse polvos de arroz.
Por mor de su inmaculada blancura, lo llamé Pierrot, nombre que, cuando llegó a la edad adulta, creció hasta convertirse en el de Don Pierrot de Navarra, infinitamente más majestuoso y evocador de un rancio abolengo.
Don Pierrot, como todos los animales que reciben cuidados y mimos, se volvió de una afabilidad encantadora.
Participaba en la vida de la casa con esa dicha que hallan los gatos en la intimidad del hogar.
Sentado en su sitio habitual, muy pegado al fuego, parecía entender realmente las conversaciones e interesarse en ellas.
Seguía con la mirada a los interlocutores, lanzando a veces leves gritos, como si quisiera presentar objeciones y meter baza opinando de literatura, tema habitual de las charlas.
Era muy aficionado a los libros y, cuando encontraba uno abierto en una mesa, se tendía encima, miraba atentamente la página y pasaba las hojas con las zarpas; al fin, acababa por quedarse dormido como si efectivamente hubiese estado leyendo una novela de moda.
En cuanto cogía yo la pluma, se subía de un brinco al pupitre y miraba con suma atención cómo la plumilla de hierro iba sembrando de garabatos el campo del papel, mientras seguía con la cabeza cada cambio de línea.
A veces, intentaba participar en la labor y trataba de quitarme la pluma de la mano, sin duda para escribir también, pues era un gato estético, lo mismo que el gato Murr de Hoffmann, y tengo fuertes sospechas de que haya garabateado unas memorias de noche, en algún canalón, a la luz de sus fosforescentes pupilas.
Esas lucubraciones se han perdido, por desdicha.
Don Pierrot de Navarra no se iba a la cama hasta que no había regresado yo a casa.
Me esperaba detrás de la puerta y, en cuanto entraba en el recibidor, se me frotaba contra las piernas arqueando el lomo, mientras ronroneaba amistosa y jovialmente.
Luego, me iba abriendo camino, precediéndome como un paje, y, a poco que se lo hubiese pedido, me habría llevado la palmatoria.
Me conducía así al dormitorio, esperaba a que me hubiese desnudado y, a continuación, se subía a la cama de un salto, me sujetaba el cuello con las patas, me arrimaba el hocico a la nariz y me lamía con la lengüecilla sonrosada y áspera como una lima, al tiempo que lanzaba suaves gritos inarticulados para manifestar muy a las claras cuánto le complacía volver a verme.
Luego, cuando se le habían calmado tales arrebatos de ternura y era ya hora de dormir, se encaramaba a la cabecera de su cama y allí dormía, en equilibrio, como los pájaros en la rama de un árbol.
En cuanto me despertaba, venía a echarse junto a mí hasta que me levantaba.
Las doce de la noche era la hora que no debía rebasar al volver a casa.
Sobre este particular, Pierrot opinaba como las porteras.
En aquella época, habíamos organizado unos cuantos amigos una tertulia nocturna que se llamaba «la Sociedad de las cuatro velas», pues, en efecto, alumbraban el local cuatro velas puestas en candelabros de plata colocados en las cuatro esquinas de la mesa.
A veces, la conversación era tan animada que se nos olvidaba la hora y, al igual que la Cenicienta, corríamos el riesgo de que la carroza se nos convirtiese en calabaza y el cochero en rata.
Pierrot me esperó, en dos ocasiones, hasta las dos de la madrugada; pero, a la larga, lo disgustó mi conducta y se fue a dormir antes de mi regreso.
Esta muda protesta ante el inocente desorden de mi conducta me llegó al alma y, en lo sucesivo, me recogí puntualmente a las doce.
Pierrot se mostró rencoroso durante bastante tiempo; quiso asegurarse de que no se trataba de un falso arrepentimiento.
Pero, cuando se hubo convencido de la sinceridad de mi conversión, me devolvió sus favores y regresó a su puesto nocturno en el recibidor.
Conquistar la amistad de un gato no es cosa fácil.
Se trata de un animal filosófico, formal y tranquilo, apegado a sus costumbres, amigo del orden y de la limpieza, y que no prodiga su afecto a tontas y a locas: accede a ser amigo nuestro si somos dignos de él, pero no nuestro esclavo.
Sin menoscabo de la ternura que nos profesa, conserva el libre albedrío y solo hará por nosotros lo que considere sensato; pero, una vez que se nos ha entregado, ¡qué absoluta confianza nos muestra, qué incondicional afecto!
Se convierte en el compañero de nuestras horas de soledad, de melancolía y de trabajo.
Permanece veladas enteras en nuestro regazo, ronroneando quedamente, feliz de estar con nosotros, y desdeña la compañía de los animales de su especie.
En vano retumban en el tejado maullidos que lo convocan a una de esas veladas gatunas en que la grasa de los arenques ahumados sustituye al té; no se deja tentar y prolonga la vigilia con nosotros.
Si lo dejamos en el suelo, no tarda ni un instante en volver a su sitio, lanzando algo así como un arrullo que se asemeja a un dulce reproche.
A veces, se pone delante de nosotros y nos mira con ojos tan zalameros, tan tiernos, tan acariciadores y humanos que casi nos asustan, pues es imposible suponer que el pensamiento esté ausente de ellos.
Don Pierrot de Navarra tuvo una compañera de la misma raza, y no menos blanca que él.
El gran cúmulo de comparaciones níveas de que hice acopio en Sinfonía en Blanco mayor no bastaría para dar un idea de aquel inmaculado pelaje, que hubiera hecho parecer amarilla la piel del armiño.
Se llamó Seráfita, en recuerdo de la novela swedenborgiana de Balzac.
Jamás resplandeció con más acendrada blancura cuando escalaba con Minna las cumbres cubiertas de nieve del Falberg, la heroína de esa leyenda maravillosa.
Seráfita tenía un carácter soñador y contemplativo.
Se pasaba las horas muertas inmóvil en un cojín, despierta y siguiendo con la mirada, con intensa atención, espectáculos invisibles para los simples mortales.
Le gustaban las caricias; pero las devolvía con mucha reserva, y solo a las personas a las que favorecía con su estima, que no otorgaba con facilidad.
Gustaba del lujo y siempre podía uno estar seguro de encontrarla en el sillón más flamante o encima de la tapicería más adecuada para que resaltase su plumón de cisne.
Dedicaba muchísimo rato a asearse; se atusaba la piel con esmero todas las mañanas.
Se lavaba la cara con la pata y se cepillaba pelo por pelo con la sonrosada lengua hasta dejarlos todos más relucientes que la plata nueva.
Cuando alguien la tocaba, borraba inmediatamente las huellas de ese contacto, pues no podía sufrir que la despeinaran.
Poseía una elegancia y una distinción que evocaban la aristocracia y era, dentro de su raza, cuando menos duquesa.
La volvían loca los perfumes, hundía el hocico en los ramos de flores, mordisqueaba, con cortos espasmos de placer, los pañuelos impregnados de colonia; se paseaba por encima del tocador, por entre los frascos de esencias, olfateando los tapones; y, si la hubiera dejado hacer su gusto, de mil amores se habría puesto polvos de arroz.