Las Marcadas Capítulo 2
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Capítulo 2

El Paraíso había sido un lugar para hombres.

Durante años, el cartel de la entrada prometió saunas, masajes y un espacio donde relajarse después de una larga jornada de trabajo. Nadie preguntaba demasiado.

Los clientes llegaban, aparcaban discretamente y cruzaban la puerta convencidos de que todo lo que ocurriera al otro lado quedaría sepultado bajo capas de confidencia y silencio.

Eso era, al menos, lo que querían creer.

El verdadero negocio de Salvador nunca estuvo en las saunas. Ni en los masajes.

Salvador sabía escuchar.

Y, sobre todo, sabía reconocer aquello que los demás intentaban ocultar.

Por El Paraíso pasaban empresarios, abogados, médicos, militares, políticos locales y hombres acostumbrados a pensar que sus secretos desaparecían con la cantidad adecuada de dinero.

Salvador les ofrecía discreción.

Ellos confiaban en él.

Lo que no sabían era que, durante años, había guardado algo mucho más valioso que el dinero.

Información.

Judit lo descubrió cuando su padre ya se encontraba cerca del final. La madre de Judit desapareció cuando ella tenía diez años. Una mañana salió de casa y no regresó.

Nunca apareció una explicación capaz de convencer a todo el mundo. En el pueblo hubo rumores.

Muchos.

Algunos decían que se había marchado voluntariamente.

Otros aseguraban que le había ocurrido algo.

Salvador pasó años buscándola.

Después dejó de hablar del tema.

Y terminó dedicando toda su vida a una sola cosa.

Su hija.

Judit llevaba media vida trabajando en aquel lugar.

Primero detrás de la caja.

Después encargándose de proveedores, cuentas y empleados. Pero en realidad, había empezado mucho antes.

Muchísimo antes.

Mientras otras niñas de su edad pasaban las tardes en academias o actividades extraescolares, Judit hacía deberes sentada en una mesa del despacho de Salvador.

Creció entre facturas, llamadas y proveedores.

Aprendió a llevar una caja registradora antes de obtener el carné de conducir.

Y cuando terminó los estudios, nadie tuvo que preguntarle qué haría después.

El negocio formaba parte de su vida mucho antes de convertirse en su trabajo.

Conocía los horarios de los clientes habituales.

Reconocía muchos coches antes incluso de ver quién se bajaba de ellos. Sabía cuándo alguien cruzaba aquella puerta buscando compañía y cuándo lo hacía intentando escapar de sí mismo.

Pero nunca había mostrado demasiado interés por lo que ocurría en las habitaciones del fondo.

Eso pertenecía al mundo de su padre.

No al suyo.

—Tú encárgate de la caja —solía decir Salvador—. Lo demás es cosa mía.

Y ella obedecía.

Durante años no necesitó saber más.

El negocio funcionaba.

Los clientes regresaban.

Las facturas se pagaban.

Y la vida seguía adelante.

Hasta que la enfermedad empezó a consumirlo.

Cada día pasaba más tiempo encerrado en su despacho.

Hablaba poco.

Dormía menos.

Los movimientos se habían vuelto lentos y frágiles.

Pero los ojos conservaban la lucidez de siempre.

Un brillo seco.

Atento.

Como si siguiera observando cosas que nadie más veía.

Una tarde la llamó.

Cuando entró en el despacho lo encontró sentado tras la mesa. La luz del atardecer entraba por la ventana y resaltaba el color amarillento de su piel.

Parecía cansado.

Mucho más cansado de lo que ella estaba dispuesta a admitir. Entre los dedos sostenía un pequeño pendrive.

Lo sujetaba con una delicadeza impropia de él, como si aquel trozo de plástico contuviera algo frágil.

O peligroso.

—¿Qué es eso?

Salvador observó el dispositivo durante unos segundos antes de responder.

—La razón por la que necesitaba hablar contigo.

Judit sonrió, esperando alguna de las respuestas evasivas de siempre. Pero su padre no le devolvió la sonrisa.

Ella borró la suya de inmediato.

—¿Qué ocurre?

Salvador dejó el pendrive sobre la mesa.

Con cuidado.

Demasiado cuidado.

—Aquí dentro hay cosas que podrían cambiar muchas vidas. Judit miró el dispositivo.

Después volvió a mirar a su padre.

—¿Para bien o para mal?

—Eso depende de quién lo tenga.

La respuesta quedó suspendida entre ambos.

Más pesada de lo que parecía.

—¿Y por qué me lo das?

Salvador respiró hondo.

Parecía más cansado que nunca.

Pero también más decidido.

—Porque yo ya no voy a necesitarlo.

Aquellas palabras golpearon a Judit con una fuerza inesperada. Por primera vez comprendió que su padre sabía exactamente cuánto tiempo le quedaba.

Y que había aceptado la idea.

—Escúchame bien —continuó él—. Hay personas que pagarían mucho dinero por esto.

—¿Porque salen en los vídeos?

—No.

Salvador negó lentamente con la cabeza.

—Porque creen que controlan su vida.

Guardó silencio unos segundos.

—Y muchas veces solo controlan una pequeña parte.

Judit observó el pendrive.

No parecía gran cosa.

Un objeto insignificante.

Algo que podía perderse en el fondo de un cajón.

Le costaba creer que contuviera algo capaz de cambiar el destino de nadie.

—¿Qué hay exactamente dentro?

Su padre apoyó la espalda en el sillón.

Durante unos segundos pareció debatirse entre responder o guardar silencio.

Finalmente habló.

—Personas.

La respuesta la desconcertó.

—¿Personas?

—Lo único que realmente importa siempre termina siendo personas. Judit frunció el ceño.

Aquello no aclaraba nada.

—Sigues sin responder.

Por primera vez apareció una leve sonrisa en el rostro de Salvador. —Lo harás tú sola.

Aquella conversación terminó poco después.

No volvieron a hablar del pendrive.

Ni de los nombres que contenía.

Ni de los secretos guardados en su interior.

Ni de las razones por las que Salvador había decidido conservarlos durante tantos años.

Fueron algunas de las últimas palabras importantes que intercambiaron. Poco después, Salvador murió.

Y Judit heredó dos cosas.

El Paraíso.

Y el pendrive.

Durante semanas el dispositivo permaneció escondido en un cajón. Judit no tenía ninguna prisa por descubrir lo que contenía. Quizá porque intuía que, una vez lo hiciera, ya no podría volver a mirar el mundo del mismo modo.

La vida siguió adelante.

Había facturas que pagar.

Proveedores que atender.

Empleados que seguían preguntando por Salvador cuando aún les costaba asumir que ya no volvería a cruzar la puerta.

Por las mañanas abría el local.

Por las noches cerraba la caja.

Y, cuando llegaba a casa, evitaba mirar el cajón de la cocina donde había guardado el pendrive.

Como si aquello pudiera esperar indefinidamente.

Pero los secretos tienen una forma extraña de hacerse notar. Incluso cuando nadie los busca.

Una noche terminó conectándolo al ordenador.

Lo hizo casi por aburrimiento.

Sin expectativas.

Sin imaginar que aquel gesto acabaría cambiando muchas más cosas de las que podía comprender en ese momento.

La pantalla se llenó de carpetas.

Decenas de carpetas.

Fotografías.

Vídeos.

Nombres.

Fechas.

Anotaciones escritas con la letra irregular de su padre.

Al principio no reconoció a nadie.

Hombres entrando y saliendo de habitaciones.

Comidas privadas.

Reuniones.

Conversaciones grabadas desde distintos ángulos.

Nada que pareciera especialmente grave.

Nada que justificara la importancia que Salvador le había dado. Aun así, siguió mirando.

Durante horas.

Aquello tenía algo de archivo histórico.

De colección privada.

Como si su padre hubiera dedicado media vida a reunir fragmentos de historias ajenas.

Judit cerró el ordenador cerca de la madrugada.

Seguía sin entender qué tenía delante.

Lo veía como una acumulación de escándalos potenciales. Nada más.

Hasta que una mañana encendió la televisión.

La noticia ocupaba los titulares.

El coronel Fernando Hernández había muerto.

Su fotografía apareció en pantalla durante apenas unos segundos. Pero fueron suficientes.

Judit lo reconoció al instante.

No al hombre.

A la imagen.

Había visto aquel rostro en una de las carpetas.

Corrió a buscar el archivo.

Lo encontró después de varios minutos.

El coronel aparecía sentado en una sala privada de El Paraíso. Acompañado por otras personas.

Conversaban.

Reían.

Bebían.

Nada ilegal.

Nada comprometedor a primera vista.

Y, sin embargo, aquello bastó para que comprendiera algo. Salvador no había pasado años guardando secretos por casualidad. Había estado observando.

Tomando notas.

Conectando nombres.

Personas que, aparentemente, no tenían ninguna relación entre sí. Judit cerró el archivo.

Aquello valía dinero.

Mucho dinero.

Y decidió averiguar cuánto.

Así conoció a Flor.

La observó por primera vez durante el entierro.

Recibía condolencias con una serenidad difícil de interpretar. Escuchaba.

Asentía.

Daba las gracias.

Pero tenía la sensación de que estaba pensando en otra cosa. Como si ya hubiera dejado atrás aquel momento.

Como si el futuro ocupara mucho más espacio en su cabeza que el pasado.

Judit esperó hasta encontrarla sola.

—Tengo algo que pertenecía a tu padre.

Flor levantó lentamente la mirada.

Sus ojos no reflejaron sorpresa.

Solo interés.

—¿Qué es?

—Creo que deberíamos hablar.

Flor la observó unos segundos.

Después asintió.

—De acuerdo.

Le dio una dirección.

Y Judit no necesitó preguntar.

Reconoció la zona de inmediato.

Una de las urbanizaciones nuevas de la loma.

El lugar donde vivían quienes podían permitirse contemplar el pueblo desde arriba.

Cuando llegó aquella tarde comprendió que el silencio también tenía categorías.

El silencio de las calles antiguas estaba lleno de conversaciones. De vecinos.

De vidas.

Aquel era distinto.

Más limpio.

Más vigilado.

Más caro.

Las avenidas parecían demasiado anchas.

Los jardines demasiado perfectos.

Las fachadas demasiado iguales.

Como si la propia urbanización hubiera sido diseñada para evitar sobresaltos.

Aparcó frente a una vivienda de líneas modernas y muros claros. Flor la esperaba junto a la entrada.

Exactamente igual que en el entierro.

Impecable.

Serena.

Difícil de leer.

—Pasa.

El interior de la casa resultaba elegante sin llegar a ser ostentoso. Todo parecía elegido con precisión.

Nada parecía colocado por casualidad.

Desde los grandes ventanales se veía una parte del pueblo extendiéndose hacia el valle.

Tan cerca.

Y al mismo tiempo tan lejos.

Judit dejó la chaqueta sobre una silla.

Abrió el bolso.

Y sacó el pendrive.