Las Marcadas Capítulo 1
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Las Marcadas

Las Marcadas

Por Jose Luis Sanchez Fuentes

© inepub.com

Capítulo 1

El Papiol no llamaba la atención.

Y quizá por eso nadie imaginó nunca que aquella historia empezaría allí. Desde la carretera parecía uno más de los pueblos que salpicaban la comarca.

Tranquilo.

Ordenado.

Casi invisible.

Un lugar que la mayoría observaba durante unos segundos desde la ventanilla del coche antes de continuar hacia Barcelona o hacia cualquier otro destino.

Un pueblo bastante normal.

O eso era lo que todos creían.

Años después, cuando periodistas, policías y jueces intentaron reconstruir lo ocurrido, descubrieron que nada había empezado con un asesinato.

Ni siquiera con una investigación.

Aquella historia había comenzado mucho antes.

Muchísimo antes.

Había empezado con secretos.

Con silencios.

Y con personas convencidas de que algunas verdades debían permanecer enterradas para siempre.

La localidad apenas superaba los tres mil habitantes.

Lo suficiente para que la mayoría se conociera de vista.

Pero no tanto como para saberlo todo unos de otros.

Allí los nombres circulaban con facilidad.

También las historias.

Sin embargo, siempre quedaban rincones donde los secretos encontraban refugio.

Porque los pueblos pequeños no esconden lo que no quieren mostrar. Lo entierran.

Bajo la rutina.

Bajo los saludos de cada mañana.

Bajo conversaciones aparentemente inofensivas.

Bajo silencios que nadie se atreve a romper.

Como la tierra seca que cubre una semilla durante años sin que nadie sospeche lo que crece debajo.

En El Papiol todos conocían a alguien que conocía a alguien más. El camarero sabía quién había discutido con su pareja.

La farmacéutica conocía los males de medio pueblo.

Los mecánicos escuchaban confesiones entre cambios de aceite y revisiones.

Las noticias viajaban deprisa.

Mucho más deprisa que los trenes que atravesaban la estación cada día. Y, aun así, había historias que parecían suspendidas en el tiempo. Historias que nadie mencionaba.

Historias que terminaban convirtiéndose en rumores.

O en leyendas.

Solo hacía falta una tarde de calor para verlo en directo.

La farmacéutica, Blanca, cerraba la reja a las ocho y cruzaba la plaza con una bolsa diminuta colgada del brazo.

En la terraza del bar, el camarero levantaba una mano sin necesidad de preguntar.

Ambos se sentaban.

Pedían café.

Intercambiaban comentarios aparentemente inocentes.

Y, antes de que terminara la tarde, el rumor de una infidelidad ya había recorrido media población.

Nadie pronunciaba nombres.

Nadie hacía preguntas.

Pero todos sabían de quién estaban hablando.

Era el mecanismo perfecto.

Decir sin decir.

Ver sin mirar.

El pueblo parecía dividido en tres mundos.

Abajo estaba la estación.

Pequeña.

Funcional.

Construida para quienes vivían con un pie en Barcelona y otro en casa. Por las mañanas llegaban las prisas.

Trabajadores con el café todavía en la mano.

Estudiantes medio dormidos.

Personas que viajaban a la ciudad para ganarse la vida antes de regresar, al caer la tarde, a un rincón donde aún era posible conocer a los vecinos por su nombre.

Muchos de ellos hacían una parada antes de volver a casa. Tomaban el camino de La Colmena, estaba justo al lado de la estación. El club abría cada tarde y no cerraba hasta bien entrada la madrugada. Su fachada era discreta.

Un viejo neón rojo.

Luces cálidas tras los cristales.

Una puerta siempre abierta.

Nada que llamara especialmente la atención.

Y, sin embargo, era quizá el lugar donde más historias comenzaban y terminaban.

Pocos recordaban que, muchos años atrás, aquel mismo edificio había albergado otro negocio.

Uno muy distinto.

Se llamaba El Paraíso.

Del antiguo local apenas quedaban los cimientos y algunos vecinos mayores que todavía utilizaban el nombre por costumbre.

Judit lo recordaba perfectamente.

Llevaba media vida detrás de aquella barra.

Había visto pasar generaciones enteras.

Había escuchado promesas.

Mentiras.

Confesiones.

Amenazas pronunciadas en voz baja después de unas cuantas copas. Si hubiera querido, podría haber escrito un libro sobre las personas que cruzaban aquella puerta.

Pero nunca lo haría.

En La Colmena existía una norma que nadie necesitaba explicar: Lo que ocurría allí dentro se quedaba allí dentro.

Más arriba, bastante más arriba, comenzaba el centro del pueblo. Las calles estrechas.

Los balcones llenos de flores.

Las terrazas donde siempre parecía haber alguien dispuesto a comentar el último rumor.

Y por encima de todo se alzaba el castillo.

Antiguo.

Silencioso.

Observando desde hacía siglos cómo los vecinos nacían, crecían y desaparecían.

Todavía más arriba, escondida entre la loma y los pinos, se extendía una urbanización relativamente nueva.

No formaba parte del trazado antiguo.

Allí las calles eran anchas.

Las parcelas amplias.

Los jardines demasiado perfectos.

Las casas se habían levantado hacía apenas unas décadas, cuando llegaron el dinero, la privacidad y la necesidad de mantenerse a cierta distancia.

Vivían médicos.

Empresarios.

Jueces.

Directivos.

Personas acostumbradas a que las puertas se abrieran antes de llamar. Desde abajo parecían formar otro mundo.

Uno más cómodo.

Más silencioso.

Y también más difícil de observar.

Porque las verjas, las alarmas y las fachadas impecables servían para algo más que para proteger la intimidad.

Servían para ocultar.

Y allí, igual que en el resto del pueblo, también se aprendió a enterrar cosas con cuidado.

Por encima de todo aquello comenzaba el monte.

Allí el ruido desaparecía poco a poco.

Los coches quedaban atrás.

Las conversaciones se apagaban.

Solo permanecían el viento.

El aroma a romero.

Y el crujido de las ramas bajo los pies.

Al final del camino se encontraba la ermita.

Pequeña.

Construida en piedra.

Castigada por el paso del tiempo.

En su interior se conservaba una antigua imagen de Santa Eulalia, protectora de los niños perdidos y abandonados.

Los más ancianos del pueblo contaban una historia que todos conocían. La historia de una niña que se perdió en la montaña durante una tormenta.

La buscaron durante días.

Vecinos.

Pastores.

Guardias.

Incluso personas llegadas de pueblos cercanos.

La lluvia había borrado los caminos y el frío hacía imposible que una niña tan pequeña pudiera sobrevivir sola entre aquellas montañas. Cuando ya nadie creía posible encontrarla con vida, apareció dormida junto a una vieja encina.

Pero no estaba sola.

Entre sus brazos abrazaba una pequeña talla de madera que nadie había visto nunca.

Representaba a una joven sosteniendo una palma entre las manos. La niña aseguró que una mujer vestida de blanco había permanecido con ella durante toda la noche.

Que la había protegido del frío.

Que la había acompañado mientras la tormenta rugía entre los árboles. Y que, antes de desaparecer, le había entregado aquella imagen para que nunca olvidara que los niños perdidos jamás están solos.

La historia se extendió rápidamente por toda la comarca.

Algunos hablaron de un milagro.

Otros de una simple fantasía nacida del miedo y del agotamiento. Pero la talla permaneció allí.

Y con el paso de los años se convirtió en objeto de veneración. Hace más de doscientos años los vecinos decidieron construir una pequeña ermita en aquel mismo lugar para custodiar la imagen y protegerla del paso del tiempo.

La llamaron la ermita de Santa Eulalia.

Desde entonces, generaciones enteras crecieron escuchando la misma promesa.

Que la santa velaba por los niños perdidos.

Por los abandonados.

Por aquellos a quienes nadie buscaba.

Nadie supo jamás qué ocurrió realmente aquella noche.

La mayoría dejó de hacerse preguntas hace mucho tiempo. Simplemente aceptaron la historia.

Como se aceptan las viejas leyendas cuando terminan formando parte de la identidad de un pueblo.

Y como casi todas las historias importantes de El Papiol.

Porque, aunque pocos lo sabían todavía, aquella tampoco era una historia sobre santos.

Ni sobre milagros.

Era una historia sobre niños. Sobre madres.

Sobre secretos.

Y sobre las consecuencias de creer que uno tiene derecho a decidir el destino de los demás.

Desde lo alto de la colina, el pueblo parecía tranquilo.

Demasiado tranquilo.

Como si nada pudiera alterar el equilibrio de aquel rincón encajado entre montañas, donde incluso el sol parecía moverse más despacio. Un lugar desapercibido.

O eso decían quienes nunca miraron lo bastante cerca.

Porque los secretos más peligrosos rara vez se esconden en las grandes ciudades, entre el ruido, las multitudes y el constante movimiento.

Se ocultan en lugares donde todo el mundo cree conocerse, donde las apariencias llevan años construyendo una falsa sensación de seguridad.

Allí, bajo la rutina cotidiana y las miradas familiares, la verdad permanece en silencio, esperando pacientemente el momento adecuado para salir a la luz.