El siguiente nombre
Tres semanas después, Airen había aprendido a despertarse sin mirar primero hacia dentro.
No siempre lo conseguía, pero la mayoría de las mañanas podía levantarse, hacer café y mirar la calle sin que la deuda fuera lo primero.
Seguía ahí, quieta, asentada. Airen estaba aprendiendo a vivir con ella sin que lo ocupara todo.
Aquello no significaba que todo estuviera bien: Logan seguía sin contarle lo que faltaba; Noa seguía apareciendo y desapareciendo cuando le convenía; Kai estaba cerca, pero entre ellos seguían quedando cosas que ninguno de los dos sabía cómo decir todavía; y Nico, desde lo de Tomás, parecía dormir menos que antes, si es que alguna vez había dormido bien.
Sin embargo, durante tres semanas no hubo nada, ningún rastro nuevo, ninguna deuda arrancada, ningún nombre más que añadir a la lista.
Nadie lo decía en voz alta, pero esas tres semanas habían empezado a parecer tranquilas.
Esa mañana, Airen iba por la calle cuando lo sintió: un tirón, pequeño, pero claro. La deuda se movió sola, sin que ella lo decidiera.
Airen se detuvo en mitad de la acera y apoyó una mano en la pared, intentando entender qué acababa de pasar. Duró un segundo. Después, nada.
La gente seguía pasando a su lado. Una mujer la esquivó sin mirarla. Un repartidor frenó la bicicleta junto al bordillo. Alguien hablaba por teléfono demasiado alto.
Todo seguía igual, pero Airen no.
Continuó caminando, aunque no pudo olvidarlo.
Nico la encontró dos horas después. Se puso a su lado.
—Ha vuelto a pasar.
Airen no preguntó qué. Ya lo sabía.
—¿Cuándo ?
—Esta noche, puede que antes. El rastro lleva horas.
—Esta mañana la deuda se movió sola —dijo Airen—. Un segundo. No lo provoqué yo.
Nico la miró.
—¿Hacia dónde?
—No lo sé, fue como si algo la llamara y ella respondiera.
Nico caminó unos pasos en silencio.
—Creo que le respondía a él.
Airen no dijo nada, porque si la deuda había respondido sola significaba que lo que estaba ahí fuera no buscaba portadores al azar: estaba practicando.
—¿Quién es esta vez? —preguntó.
Nico tardó un segundo en responder.
—Erik.
El nombre no le dijo nada, y eso casi lo hizo peor.
Nadia había tenido rostro, historia, un teléfono abandonado en un vagón. Erik, de momento, era solo un nombre más entrando en una lista que ninguno de ellos quería seguir escribiendo.
—¿Lo conocías?
—No mucho —dijo Nico—. Lo había visto en rastros antiguos. Cargaba con una deuda pequeña, estable, de esas que no suelen llamar la atención .
—Como Nadia.
Nico asintió.
—Como Nadia.
Airen sintió que el tirón volvía, muy leve, apenas una llamada desde algún punto de la ciudad. No era fuerte, no era doloroso, pero estaba ahí, y ahora sabía reconocerlo.
—No está cazando al azar —dijo.
—No.
—Está aprendiendo a elegir.
Nico no respondió. No hacía falta.
Durante tres semanas no había pasado nada porque aquello no se había detenido, solo había estado probando otra forma de moverse. Con Nadia había dejado rastro, con Erik quizá ya no.
Airen miró la calle, los coches, la gente, los escaparates abiertos como cualquier otro día. Todo seguía funcionando con una normalidad insoportable.
—Necesito ver su piso —dijo.
Nico asintió.
—Por eso he venido a buscarte.
Airen empezó a caminar.
La deuda volvió a moverse dentro de ella, apenas un pulso, como si, en algún lugar de la ciudad, algo hubiera aprendido a llamarla por dentro.
Y, esta vez, Airen supo que no podía esperar.