Las Manchas Invisibles: Ella te vio primero (Nahdir 1) Sin rastro
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Sin rastro

Nadia llevaba siete años cargando con la deuda. No se trataba de la primera, la suya era más pequeña, más manejable, de esas que se asientan en el pecho y acabas aprendiendo a llevar porque no tienes otra opción. Había aprendido a vivir con ella. Había aprendido, sobre todo, a no tocarla.

Esa noche volvía tarde a casa. El metro iba casi vacío, el andén también. Era una de esas horas en las que la ciudad parece quedarse sin testigos. Llevaba un auricular en el oído y el teléfono en la mano, aunque no estaba mirando la pantalla.

Una noche normal. Hasta que la deuda pulsó.

Nadia se detuvo en seco. La deuda nunca hacía eso. El peso de siempre no se movía ni tiraba de ella, simplemente estaba. Pero aquello era distinto, era como si algo hubiera tirado desde fuera.

Miró alrededor: el andén, cuatro personas, una pareja al fondo, él mirando el móvil y ella con una bolsa grande apoyada contra la pared. Y alguien más.

Al otro extremo del andén había un hombre quieto, sin móvil, sin mirar los paneles, sin hacer nada que pudiera parecer normal a esa hora. Solo la miraba a ella.

No parecía curioso ni interesado. La miraba de una forma fija, incómoda, como si supiera exactamente a quién estaba mirando.

Llegó el tren y Nadia entró rápido. El hombre entró también en el mismo vagón, sin correr, sin prisa, como si supiera que no hacía falta. Las puertas se cerraron.

La deuda pulsó otra vez, más fuerte, como cuando alguien agarra algo tuyo sin pedirte permiso.

Nadia no apareció. Ni esa noche ni las siguientes .

El teléfono apareció en el suelo del vagón, con la pantalla intacta. El audífono seguía conectado, la música todavía sonaba cuando alguien lo recogió.

Lo que no apareció fue la deuda. Alguien se la había llevado. Y a Nadia con ella.