Las leyendas más terroríficas de España 2. Las brujas de Zugarramurdi
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2. Las brujas de Zugarramurdi

Aquelarres secretos, dos brotes de peste, un clima de miedo colectivo y la maquinaria de la Inquisición desplegada con toda su fuerza. Zugarramurdi, un pueblo de la Comunidad Foral de Navarra, fue escenario a comienzos del siglo XVII de uno de los juicios por brujería más conocidos de la historia.

María sufrió durante más de año y medio el tormento de permanecer atrapada en ese mundo.

Los remordimientos socavaron su salud hasta que cayó enferma.

Sin médico que pudiera curar su dolencia, se refugió en un sacerdote de Hendaya, que la ayudó a confesarse y liberarse del demonio.

Pero la cosa no acabó ahí. María aseguró que durante su estadía en aquel comité diabólico había viajado a Zugarramurdi para participar en asambleas de brujas, junto a vecinas cuyos nombres citó sin dudar; entre ellos, el de María de Jureteguía.

La señalada protestó indignada, aunque en un careo con Ximildegui cedió ante la presión del relato.

María se desmayó y, al recobrar la conciencia, confesó que también era bruja.

Su testimonio se amplió después ante fray Felipe de Zabaleta, monje del monasterio de Urdax que ejercía como párroco en Zugarramurdi.

El religioso la perdonó a cambio de que la hechicera se arrepintiera públicamente en su iglesia, lo cual desató un clima de histeria colectiva en el municipio navarro.

El abad del monasterio de Urdax, fray León de Araníbar, preocupado por la avalancha de acusaciones y retractaciones, dio parte al Santo Oficio.

Pronto se presentaron en la zona dos comisarios de la Inquisición, que recabaron testimonios durante seis meses.

Casi todos los inquisidores de Madrid recibieron los informes con escepticismo, pero enviaron a un visitador para aclarar la situación.

Se trataba de Juan del Valle Alvarado, jurista convencido de la realidad de la brujería y alarmado por los casos que se multiplicaban tanto en Francia como en su país.

Con él arreciaron las denuncias. La Inquisición garantizaba el anonimato a los delatores, lo que fomentó los señalamientos y sembró un clima de acusaciones continuas entre convecinos, que iban desde volar sobre escobas o transformarse en animales hasta pactar con el demonio y arruinar cosechas.

Al final, el tribunal inquisitorio de Logroño procesó a treinta y un acusados.

En medio del proceso, dos brotes de peste asolaron Logroño y su comarca, y acabaron con casi la mitad de los encausados.

Los médicos no entendían la rapidez de los fallecimientos y los inquisidores más inflexibles, Becerra Olguín y Juan del Valle, lo atribuyeron al diablo, que acudía de noche a poseer a las brujas y silenciarlas.

El tercer inquisidor, Alonso de Salazar, era mucho más escéptico y ponía en duda algunos testimonios de niños y adultos, que catalogó como más fantasiosos que reales.

La decisión del tribunal, con dos votos frente a uno, fue firme.

Dictaron once sentencias de muerte, cinco de las cuales ya correspondían a personas fallecidas por la peste.

Otros diecinueve confesos sufrieron penas de cárcel y confiscación de sus bienes.

El 7 de noviembre de 1610 se celebró el solemne auto de fe en Logroño, con más de treinta mil asistentes llegados de toda la región y del sur de Francia.

Los acusados desfilaron con sambenitos y corozas pintados con símbolos de llamas y demonios.

Los condenados fueron ejecutados públicamente en lo que se considera la última gran quema de brujas en España.

En la actualidad

Al año siguiente, el propio Salazar recorrió Navarra y el País Vasco para investigar nuevas acusaciones.

Su informe de 11.000 páginas concluyó que la mayoría de las confesiones eran producto de la presión social y la fantasía.

A partir de entonces, la Inquisición española fue mucho más cauta y no volvió a dictar sentencia de muerte por brujería en España.

Sin embargo, el viento aún sopla en Zugarramurdi y nos trae las cenizas de las supuestas brujas quemadas por la Inquisición.