Capítulo 11
“once”
El viejo que no había retirado su mirada en ningún momento, por primera vez mira a la parte del habitáculo que se encuentra detrás de Aaron.
Este se percata de ello y gira la cabeza casi por completo.
Allí se encuentran a escasos metros, su mujer y su hija que, de la mano, se acercan despacio hacia él.
Ambas tienen una sonrisa que disimula dolor, con los ojos rojos de haber llorado.
Orgullosas, como si hubieran estado viendo todo lo que pasaba, pero con una expresión que cabalga entre la felicidad y la pena.
Intentan no llorar, pero cualquier mínimo movimiento en su cara, deja correr las lágrimas por sus mejillas.
Aaron mira al hombre por un segundo sin decir una sola palabra, pero preguntando a gritos con su mirada si puede levantarse y abrazarlas.
El viejo retira las manos de sus hombros y hace un mínimo asentimiento que provoca que se levante rápidamente y corra hacia ellas para fundirse en un abrazo que emana los sentimientos más bonitos que se pueden tener.
No dice nada, solo las besa con locura sin dejar de abrazarlas ni un instante, intentando que ese momento dure para siempre.
— ¡Os quiero! ¡Os quiero! Siento todo lo que os he hecho pasar.
¡Os quiero! ¡No lo olvidéis por favor! ¡Siempre os he querido!
¡Siempre habéis sido mi prioridad! ¡Sois mi todo!
¡Os quiero! ¡Para siempre! ¡Os quiero! – dice en plena locura sin dejar de besarlas ni mirarlas, intentando que sus rostros se queden grabados en su memoria para siempre.
Mil imágenes vienen a su cabeza: de cómo se conocieron, de su primer beso, del primer te quiero que se dijeron, de cuando supieron que estaban embarazados, de la primera vez que escuchó el latido de Lia estando todavía en la tripa, de la primera vez que la vio, de la primera vez que le agarró el dedo y le miró con su amor incondicional, del primer “Papá”, de los primeros pasos, de cómo la dormía todas las noches, del primer día de colegio, del primer te quiero de Lia, de todas las veces que buscó consuelo en sus brazos…
Lloran sin fin, sin casi respirar, sin dejar de abrazarse, como un puzzle que encaja a la perfección mientras las imágenes de todo lo que han vivido juntos se van amontonando unas contra otras desprendiendo felicidad. Hasta que una voz los interrumpe.
— Aaron. Lo siento. Es la hora
Con los ojos empapados, se desprende de los brazos de su mujer y su hija que, abrazadas, no pueden reprimir las lágrimas, ya sin hacer nada por evitarlo.
Sin poder dejar de mirarlas, echando la vista atrás a cada paso, se dirige hacia el viejo, qué le espera en el lado opuesto de la habitación, justo delante de un acceso que hasta entonces no había aparecido.
La entrada tiene mucha altura, casi hasta el techo de la sala, y es estrecha, justo de la medida de su cuerpo, como si estuviese hecho solo para él.
No tiene puerta, y en su interior, se extiende un pasillo que desprende una luz cegadora que no permite saber a dónde lleva.
Vuelve su vista hacia atrás una última vez, mientras el viejo, visiblemente emocionado, pone la mano en su hombro, haciendo un gesto de acompañamiento para que continúe. Antes de adentrarse, le mira y dice:
— Por favor, cuida de ellas.
A lo que asiente, provocándole una fe ciega en su gesto que le hace estar completamente seguro de que así será.
Ya sin dudarlo, da el primer paso para introducirse en aquel pasillo, y aunque no sabe que le espera, está completamente en paz, sin ningún miedo, sin nada en la cabeza que le haga detenerse.
Todo está impregnado de un silencio ensordecedor.
Avanza decidido hasta aproximadamente la mitad de este.
Gira su cabeza para mirar hacia fuera, pero ya no consigue ver nada.
Un resplandor invade todo a su alrededor de una forma mágica.
Pierde la percepción espacial. Ya no parece que esté en un pasillo, sino en medio de una luz infinita que flota a su alrededor y que le envuelve, haciéndose cada vez más brillante, cada vez más intensa, hasta cegarle de tal forma que no es capaz siquiera de ver su propio cuerpo, como si estuviese desapareciendo, consumido por la impoluta claridad que le rodea.
Ya no logra ver la parte inferior de su cuerpo.
Mira las palmas de sus manos que se esfuman ante sus ojos lentamente.
A lo lejos, un diminuto punto negro aparece, rompiendo el escenario de luz perfecta en el que se encuentra.
Da igual dónde mire, ese punto siempre permanece ante él.
Después de unos segundos, el punto comienza a hacerse cada vez más grande, como si se estuviese acercando a una velocidad vertiginosa.
Toda la luz desaparece engullida por una oscuridad que le hace dejar de sentirse vivo.
Fin