Las horas invisibles Capítulo 1
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Las horas invisibles

Las horas invisibles

Por Adrian Mangado Andres

© inepub.com

Capítulo 1

“uno”

— ¡Perdone!, … ¡Perdone!

— ¿Sí? – responde totalmente desorientado a la voz que no sabe de dónde viene exactamente, mientras mira hacia todos lados.

— ¿Está ocupado? – dice, señalando el asiento que está a su derecha.

— No, perdón. No me había dado cuenta de que me estaba hablando. Disculpe.

La voz toma asiento acompañado de un “gracias”.

Le mira intentando enfocar la imagen.

Es un hombre mayor, delgado, bastante alto para su edad, con el pelo blanco bien peinado con raya en un lado y una barba de 3 días bien cuidada.

Su cara rebosa tranquilidad y en cierto modo resulta hasta familiar, como esas típicas personas que le suenan de algo a todo el mundo.

Viste un traje clásico verde botella con líneas que forman cuadrados perfectos de color marrón.

Sujeta un sombrero del mismo color verde que el traje en la mano derecha, y lleva sobre el antebrazo izquierdo dobladas una gabardina y una bufanda, todo a juego como si hubiera salido de un anuncio de una revista de moda.

Tras un breve silencio, el hombre se decide:

— ¡Me impresionó mucho!

— ¿Cómo dice? – contesta Aaron mirándole con incredulidad sin saber muy bien a qué se refiere.

— Estuve en una de sus charlas hace unos años.

Una que impartió en la Universidad Complutense sobre “¿Qué es el éxito y cómo sobrevivir a él?” y me quedé impresionado.

Normalmente las personas creen que el éxito es algo muy distinto a lo que usted dijo, y que hay que sobrevivir mientras no se tiene, y no cuando ya lo disfrutas.

— Muchas gracias. – responde de forma incómoda.

— Verá…  ̶  arranca de nuevo el hombre mayor mientras le mira sonriente haciendo otro intento por entablar conversación  ̶ por mi trabajo hablo con muchas personas y son muy pocas las que logran dejarme huella. Usted lo consiguió.

— Gracias – vuelve a responder de forma cortante y mirando seguidamente para el otro lado mientras suspira, dejando claro que no tiene muchas ganas de hablar.

— ¿Sigue dando charlas? Porque la última que pude encontrar es de hace ya unos años. Y mire que he buscado en Internet sobre usted. Pero nada. No aparecía ninguna ponencia nueva. Y sin esperármelo… ¡cómo es la vida! Me lo encuentro aquí, en un aeropuerto lleno de gente.

— ¿Cuántas posibilidades hay de que eso ocurra?

Aaron le interrumpe hablándole muy serio.

— Sí, ya es casualidad… Perdone, pero voy a ir a comer algo y hacer algunas llamadas mientras sale el número de puerta. Encantado de haberle conocido – le dice levantándose de forma atropellada y esbozando una sonrisa falsa hacia el hombre.

— ¡Mucha suerte! – le grita el hombre mientras se aleja.

Aaron se da la vuelta y asiente con la cabeza mirándole de reojo mientras el hombre clava en él una mirada intensa a pesar de que le da la espalda.

Finge que va a comprar algo para comer, yendo en la dirección de una de esas tiendas de autoservicio de los aeropuertos, pero ni siquiera entra, aprovechando la situación para sentarse en una fila de asientos que está totalmente vacía justo al otro lado de la plaza.

Se sienta, dejando el abrigo en el asiento de al lado y levanta la mirada.

Entre la marabunta de gente que se mueve de un lado al otro, aparece la cara del hombre del que había huido, le está mirando fijamente desde el otro lado de la plaza sin pestañear, y dibuja una sonrisa que le hiela la sangre.

No sabe lo que hacer así que saca su móvil del bolsillo para intentar evadirse.

Tiene un 10 % de batería, pero no quiere levantar la vista del teléfono, así que coge sin mirar el cargador de su mochila y lo enchufa con dificultad en uno de esos “hubs” que hay a los lados de los asientos mirando a todas partes menos al frente, mientras recibe un Whatsapp de su mujer.

Lo abre. «Solo confía. Te quiero». – pone el mensaje, que lleva un enlace adjunto.

Pulsa en él y aparece un artículo de un periódico de hace 3 años en el que se le proclamaba uno de los grandes ponentes de habla hispana.

El artículo apareció justo después de que llenase un recinto con cinco mil personas en México y se hicieran cientos de shorts en YouTube y vídeos en TikTok que provocaron que su carrera diese un subidón increíble haciéndole aparecer en todas partes.

Redes sociales, podcasts, radio, televisión...

En él, destacaban como había emergido entre los ponentes clásicos debido a su estilo directo, y la energía que imprimía creando discursos con muchísimo ritmo que llegaban al oyente.

Pero eso queda ya muy lejos, exactamente 2 años, que fue cuando todo empezó a desmoronarse.

Comienza a leer el artículo, pero lo deja a la mitad.

Se lo sabe de memoria porque lo leía justo antes de cada ponencia para coger confianza y que no se le olvidase lo bueno que era.

Pero ahora solo le produce nervios. Nervios de no estar a la altura de lo que un día fue y que hoy no encuentra.

Al menos le ha servido para olvidarse de ese hombre que le miraba desde el otro lado.

“¡El hombre…!”. Sin querer levanta la mirada inconscientemente, sintiendo la necesidad de saber si aquel viejo le sigue observando, y empieza a concentrarse buscando un hueco entre la gente que le permita verle, hasta que lo encuentra y se da cuenta de que el asiento donde estaba sentado está vacío.

De repente, suena su teléfono, asustándole.

— ¡Joder! – dice mirando el móvil sobresaltado, dando un respingo en el asiento al tiempo que coge la llamada.

Es su representante.

— Hola Fernando – dice mientras suspira.

— ¿Qué te pasa?

— Nada, que estaba buscando a alguien.

— ¿Que estabas buscando a alguien? ¿Pero no estas en el aeropuerto?

— Si, pero me ha venido un hombre a hablar y ahora no sé dónde está.

— ¿Pero un hombre del aeropuerto?

— No, un viejo que me conocía de haber ido a la charla de la Complutense y se me ha puesto a hablar.

— Bueno…, sigues teniendo admiradores.

— Si, supongo…

— Mientras no sean locos que intenten matarte, todo va bien.

— No sé si intentaba matarme, pero me ha acojonado bastante.

— ¿Por qué? ¿Te ha hecho algo?

— Sonreírme de una forma muy rara.

— Bueno, es normal si estaba impresionado.

— ¿Qué has dicho? – pregunta alterado recordando que el hombre le dijo lo mismo.

— Que si estaba impresionado… joder, le pasa a la gente cuando ve un famoso ̶  dice Fernando sin entender nada.

— Hmmm – murmura ̶  Yo no soy famoso.

— A ver, es verdad, ahora no eres lo que se dice famosísimo, porque esto va rápido, pero hace solo un par de años eras el hombre de moda. Acuérdate que todos se pegaban por un trozo de ti.

— Ya. – responde serio.

— Bueno, a lo que íbamos, te llamaba para decirte que ya no hay entradas – dice muy emocionado alzando la voz según termina la frase.

— ¿Cómo? – responde entre alucinado y atemorizado mientras achina los ojos.

— Pues eso, que nadie se lo quería perder. Vas a volver por todo lo alto. Joder, dos años fuera del radar y vuelves como si nunca te hubieras ido. – dice con satisfacción.

— Igual, lo que se dice igual, no vuelvo, ya lo sabes. Pero… ¿cuánta gente cabe?

— Los necesarios. – le responde Fernando mientras se hace un silencio al otro lado de la línea telefónica. – Joder, ya sabía yo que tenía que haber ido contigo.

— No, no hace falta – dice tomando aire Aaron.

— ¡Si! – espeta Fernando – La verdad es que es un momento importante y soy tu amigo.

— No – responde Aaron.

— Sí. Sí que lo es.

— No, digo que no eres mi amigo. – contesta con sorna tomándole el pelo.

— ¡Qué cabrón eres! – suelta Fernando mientras se ríe.

— Te aviso cuando llegue. Ciao.

— Ok. Buen viaje. – se despide.

Cuelga el teléfono y se queda pensativo dándole vueltas en su mano, sintiendo miedo y satisfacción por la buena noticia a partes iguales. La llamada le ha hecho despejarse y ya casi no recuerda el incidente con el viejo, aunque en el fondo algo no le deja disfrutar completamente del momento.

Se recuesta sobre el asiento apoyando la cabeza en el respaldo y cierra los ojos poniendo las dorsales de sus manos sobre los mismos mientras pierde la consciencia quedándose traspuesto.

De repente, vuelve en sí sobresaltado, pensando que se ha quedado dormido durante bastante tiempo. Mira el reloj y se tranquiliza al ver que solo han pasado 5 minutos. Suspira aliviado mientras recobra totalmente la posición.

El reloj marca las 20:48, solo faltan dos minutos para que salga el número de puerta de embarque, pero desde donde está no es capaz de ver la pantalla donde aparecen todos los vuelos, así que se pone de pie, se coloca bien la camisa que tenía por fuera del pantalón, coge su abrigo y su mochila cargándola sobre su mano, y se dirige hacia la zona de las pantallas.

Tan pronto como el reloj marca las 20:50, aparece su número de puerta de embarque: La D53, pero algo ocurre antes de que retire la vista de las pantallas…

Al mismo tiempo que aparece la puerta de embarque de su vuelo, todos los demás vuelos de salida que aparecen en la pantalla, cambian su estado a CANCELADO.

— ¡Pero qué cojones! – exclama para sí mismo, mientras mira incrédulo la pantalla ante lo que está pasando.

Nunca había visto algo así, pero hay algo que le produce más incertidumbre y es que nadie de los allí presentes reacciona ante lo que está pasando.

— ¿Cómo puede ser que ninguna de las personas que están aquí le dé la más mínima importancia a lo que acaba de ocurrir? – piensa incrédulo mientras mira a todos lados intentando percibir la más mínima reacción.