Capítulo 13 — La víspera
La víspera del festival, Robledal se transformó en una versión de sí mismo que Elena apenas reconocía: guirnaldas de hojas secas colgaban de fachada en fachada por toda la calle Mayor, el olor a castañas asadas de Carmen ya impregnaba el aire desde primera hora de la mañana, y el arco de Mateo, ahora completamente cubierto de calabazas naranjas cuidadosamente seleccionadas por doña Pilar, se erguía en la plaza como la pieza central de todo lo que habían construido en apenas tres semanas.
—El equipo de televisión llega mañana a las cuatro —anunció Carmen, entrando en la librería con una lista que no dejaba de crecer—. Marina confirmó que trae al fotógrafo, y doña Pilar dice que ha conseguido que venga también un grupo de música tradicional de Ourense.
—¿Un grupo de música? —Elena levantó la vista de las últimas etiquetas que estaba imprimiendo para los libros en oferta especial—. Eso no estaba en el plan original.
—Doña Pilar amplía los planes por su cuenta desde el minuto uno. —Mateo entró cargando las últimas sillas para la zona de lectura exterior, con una sonrisa resignada—. A estas alturas, creo que es mejor no cuestionarlo.
La tarde transcurrió en una nube de últimos detalles: probar las luces del arco cuando cayera la noche, colocar las mesas exactamente donde Carmen quería su puesto de castañas, revisar por tercera vez que el escaparate de la librería mostrara la selección perfecta de libros de otoño que Elena había preparado.
Fue al anochecer, cuando el trabajo del día finalmente dio paso a un breve momento de calma, que Elena se encontró sentada en los escalones de la librería junto a Mateo, ambos observando el arco iluminarse por primera vez en su totalidad contra el cielo ya oscuro.
—Es precioso —dijo ella, apoyando la cabeza en su hombro con una familiaridad que, dos semanas atrás, le habría parecido imposible—. De verdad, Mateo. Has hecho algo precioso.
—Lo hicimos entre todos. —Mateo le pasó un brazo por los hombros, y por un momento ninguno de los dos dijo nada más, simplemente disfrutando de la quietud extraña que precede a los grandes acontecimientos—. ¿Estás nerviosa por mañana?
—Aterrada. —Elena rio, aunque la palabra no era del todo una broma—. Todo depende de mañana. El festival, los números para el banco, si esto realmente puede convertirse en algo sostenible o si solo estamos posponiendo lo inevitable.
—Sea lo que sea que pase mañana —dijo Mateo, con esa calma suya que Elena había llegado a valorar profundamente—, ya has conseguido algo que nadie pensaba posible hace un mes. Mira esta plaza. Mira lo que la gente de este pueblo ha construido junto porque tú decidiste no rendirte.
—No fue solo yo.
—No. —Mateo la miró, con una expresión que combinaba orgullo y algo más profundo—. Pero fuiste tú quien lo empezó todo.
Rosario los encontró así unos minutos después, saliendo de la librería con tres tazas de chocolate caliente que repartió sin preguntar si las querían.
—Vuestro abuelo solía decir que la víspera de cualquier gran cosa siempre se siente más larga que el día en sí.
—Se sentó en el escalón junto a ellos, con la misma satisfacción tranquila que Elena había visto crecer en ella durante las últimas semanas—.
Mañana, pase lo que pase, esta librería habrá recordado al pueblo entero por qué merece la pena luchar por las cosas que importan.
—¿Y si no es suficiente para el banco? —preguntó Elena, incapaz de contener del todo la pregunta que llevaba pesándole toda la tarde.
—Entonces habremos luchado con todo lo que teníamos, que es más de lo que la mayoría de la gente puede decir. —Rosario le apretó la mano con una firmeza sorprendente para sus años—. Pero no vamos a pensar en eso esta noche. Esta noche, disfrutamos de lo que hemos construido.
Los tres se quedaron sentados en los escalones de la librería, bebiendo chocolate caliente bajo la luz cálida del arco recién encendido, mientras Robledal dormía a su alrededor, ajeno todavía a que al día siguiente se convertiría, aunque fuera por una noche, en el centro de algo mucho más grande que sí mismo.
Antes de que Rosario se retirara esa noche, dejando a Elena y Mateo solos en los escalones de la librería, se detuvo un momento para observarlos con una expresión que combinaba orgullo y una nostalgia suave.
—Vuestro abuelo hubiera adorado ver esto —dijo, aunque no especificó exactamente a qué se refería: si al festival, a la librería renovada, o a la pareja que Elena y Mateo formaban ahora frente a sus ojos—.
Siempre decía que Robledal necesitaba algo que le devolviera la vida, aunque nunca imaginó que sería su propia nieta quien lo lograría.
—No lo hice sola, abuela.
—Lo sé. —Rosario sonrió, mirando a Mateo con un cariño que él correspondió con una inclinación respetuosa de cabeza—. Pero fuiste tú quien tuvo el valor de intentarlo, cuando hubiera sido mucho más fácil quedarte en Madrid y dejar que las cosas siguieran su curso natural.
Cuando finalmente Rosario se retiró, dejándolos verdaderamente solos por primera vez en toda la tarde, Mateo rompió el silencio con una pregunta que llevaba días queriendo hacer.
—¿Has pensado en lo que dijo tu abuela? Sobre honrar la memoria de tu abuelo a través de todo esto.
—Constantemente. —Elena se acurrucó más cerca de él, buscando el calor contra el frío de la noche—. Hay algo extraño en sentir que estoy conectando con un hombre que apenas recuerdo bien, a través de un negocio que él construyó décadas antes de que yo naciera.
—¿Extraño en el buen sentido o en el malo?
—En el buen sentido, creo. —Elena consideró la pregunta con cuidado—. Como si estuviera descubriendo una parte de mi propia historia que había ignorado durante años, obsesionada con construir mi vida en cualquier otro lugar que no fuera este.
Mateo la abrazó con más fuerza, sin decir nada más, simplemente ofreciéndole el consuelo silencioso de su presencia mientras ambos contemplaban el arco iluminado, esperando juntos el amanecer del día que determinaría, en gran medida, el futuro de todo lo que habían construido durante las últimas semanas.
Más tarde esa misma noche, después de que Rosario se retirara a dormir dejando a Elena y Mateo todavía sentados en los escalones de la librería, Carmen se acercó una vez más, esta vez con una expresión más seria de la que había mostrado durante el resto del día de preparativos frenéticos.
—¿Puedo hablar con vosotros un momento? —preguntó, sentándose en el escalón restante con una taza de su propio chocolate caliente.
—Claro, Carmen. ¿Todo bien? —Elena notó cierta tensión en la postura habitualmente relajada de la panadera.
—Todo bien, es solo que quería agradeceros algo antes de que empiece la locura de mañana.
—Carmen sonrió, aunque con una emoción evidente en la voz—.
Llevo diez años con la panadería, desde que mi madre murió y heredé el negocio.
Y durante todo ese tiempo, había perdido un poco la pasión por lo que hago, ¿sabéis?
Se había convertido solo en trabajo, en rutina.
—¿Y ahora? —preguntó Mateo, con genuina curiosidad.
—Ahora, con todo esto del festival, de experimentar con nuevas recetas para las castañas, de formar parte de algo más grande que simplemente vender pan cada mañana, he recordado por qué me metí en este oficio en primer lugar.
—Carmen les sonrió a ambos con calidez—.
Así que gracias, de verdad, por devolverme algo que no sabía que había perdido.
La confesión de Carmen, tan genuina y desprevenida, conmovió profundamente a Elena, quien reconoció en aquellas palabras una versión distinta pero paralela de su propia experiencia en Robledal: la manera en que proyectos que parecían inicialmente centrados en resolver un problema específico terminaban, casi como efecto secundario, tocando y transformando muchas más vidas de las que originalmente se había propuesto alcanzar.
Mientras esperaban a que llegara la hora de dormir esa última noche antes del festival, Mateo compartió con Elena algo que llevaba guardando desde hacía días: una pequeña libreta donde había estado anotando ideas y bocetos para futuros proyectos de carpintería y diseño que quería explorar eventualmente, más allá del trabajo funcional que normalmente realizaba.
—Nunca le había mostrado esto a nadie —confesó, entregándole la libreta con cierta vulnerabilidad—. Son solo ideas, probablemente poco prácticas la mayoría, pero representan el tipo de trabajo que realmente me gustaría hacer algún día.
Elena hojeó la libreta con cuidado, encontrando bocetos detallados de muebles con diseños innovadores que combinaban funcionalidad tradicional con estética contemporánea, ideas para restauración de piezas antiguas que respetaban su historia mientras las adaptaban para uso moderno, e incluso conceptos para pequeñas estructuras arquitectónicas que podrían complementar espacios como el que habían creado para el rincón de café.
—Mateo, esto es realmente impresionante. —Elena lo miró con una nueva apreciación por talentos que no había conocido completamente hasta entonces—. ¿Por qué nunca has intentado desarrollar estas ideas más allá del papel?
—Miedo, principalmente. —Se encogió de hombros, con una honestidad poco característica en su habitual reserva emocional—. Miedo de intentarlo y fracasar, de descubrir que mis ideas no son tan buenas como pienso cuando las veo solo en mi cabeza o en papel.
—Pues yo creo firmemente que deberías intentarlo. —Elena le devolvió la libreta con una determinación evidente—. El mismo tipo de valor que me trajo de vuelta aquí para intentar salvar la librería, ese mismo valor podría ayudarte a explorar estas ideas que llevas guardando durante tanto tiempo.
La conversación marcó un momento de intimidad emocional particular entre ambos, revelando capas de vulnerabilidad y aspiración que iban más allá de la atracción física evidente que habían estado navegando durante las últimas semanas.
Mientras el pueblo entero dormía, ajeno a la magnitud del día que se avecinaba, Elena permaneció despierta unos minutos más, contemplando el arco iluminado desde su ventana y sintiendo una gratitud profunda por el camino inesperado que la había traído hasta ese momento preciso, rodeada de personas que se habían convertido, en apenas unas semanas, en parte esencial de su vida.