Las hojas que nos quedan Capítulo 12 — La respuesta del banco
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Capítulo 12 — La respuesta del banco

La llamada del banco llegó un lunes por la mañana, cuatro días antes del festival, y desde el primer tono de voz del gestor al otro lado de la línea, Rosario supo que las noticias no serían buenas.

—Necesitan una proyección financiera más sólida que "esperamos que el festival genere ingresos" —resumió Rosario, colgando el teléfono con expresión sombría, en la mesa de la cocina donde se habían reunido a repasar los últimos preparativos—.

Quieren un plan de negocio real antes de considerar el refinanciamiento.

Con números, proyecciones, algo concreto.

—¿Para cuándo? —preguntó Elena, sintiendo que la ansiedad de las primeras semanas regresaba con fuerza renovada.

—Diez días después del festival. —Rosario se frotó las sienes—. Dicen que es su última extensión posible antes de que el consejo del banco tome una decisión definitiva.

Diez días no era mucho tiempo, pero tampoco era imposible, decidió Elena, sintiendo que su mente profesional, la que había pasado dos años redactando informes y presentaciones en Madrid, se activaba con una determinación que agradeció en aquel momento.

—Puedo hacer esto. —Sacó su portátil, ya calculando estructuras y proyecciones—.

Necesito los números exactos del festival en cuanto terminemos, y una proyección realista de lo que puede generar el rincón de café en los próximos doce meses, además de un plan de marketing continuo, no solo el impulso puntual del artículo de Marina.

—¿Y si los números no son suficientes? —La pregunta de Rosario, formulada en voz baja, contenía un miedo que Elena reconocía porque también ella lo sentía.

—Entonces buscaremos otra opción. —Mateo, que había estado escuchando desde la puerta de la cocina, entró y se sentó junto a ellas—. Pero no vamos a rendirnos antes de intentarlo con todo lo que tenemos.

Los siguientes días se convirtieron en una carrera doble: por un lado, ultimar cada detalle del festival, que ahora cargaba con la presión añadida de necesitar generar no solo buena publicidad sino ingresos reales y medibles; por otro, construir el plan de negocio que Elena presentaría al banco, trabajando hasta altas horas de la noche con hojas de cálculo que se multiplicaban en su portátil.

—Esto es una locura —admitió Elena una noche, casi a la una de la madrugada, con los ojos ardiéndole de mirar la pantalla—. Estoy intentando construir un plan de negocio de cinco años para una librería que hace tres semanas ni siquiera sabía si iba a sobrevivir hasta noviembre.

Mateo, que se había quedado con ella —oficialmente para ayudar a calcular costes de materiales para el rincón de café, aunque Elena sospechaba que la verdadera razón era simplemente no querer dejarla sola con tanta presión—, le sirvió una taza de té sin decir nada, dejándola sobre la mesa junto a su portátil.

—¿Sabes lo que creo? —dijo finalmente, sentándose frente a ella—. Creo que llevas toda tu vida profesional convenciendo a otras personas de que sus proyectos merecen la pena. Ahora estás haciendo lo mismo, solo que por algo que realmente te importa. Eso tiene que contar para algo.

—El banco no funciona con sentimientos, Mateo. Funciona con números.

—Los números que tú puedes hacer mejor que nadie que conozca.

—Su confianza no sonaba a consuelo vacío, sino a una certeza genuina que Elena encontró, en aquel momento de agotamiento, extrañamente reconfortante—.

Termina el plan. Yo me encargo de que el festival sea inolvidable. Entre los dos, esto puede funcionar.

Elena lo miró, sintiendo una gratitud que iba más allá de la ayuda práctica: la certeza tranquila de tener a alguien a su lado que creía en el proyecto —y en ella— sin reservas.

—¿Cuándo te volviste tan sabio? —preguntó, medio en broma.

—Siempre lo fui. —Mateo sonrió, con ese gesto que Elena empezaba a asociar exclusivamente con la sensación de estar en casa—. Solo que antes no me escuchabas tanto.

Trabajaron así hasta que el reloj marcó las dos de la madrugada, cuando Elena finalmente cerró el portátil con una versión preliminar del plan que, aunque todavía necesitaba ajustes, empezaba a parecerse a algo que un banco podría, con algo de suerte, tomarse en serio.

—Faltan tres días para el festival —dijo, mirando por la ventana hacia la plaza donde el arco de Mateo brillaba tenuemente en la oscuridad, esperando su momento—. Y después, diez días para convencer al banco de que todo esto vale la pena.

—Vale la pena. —Mateo se levantó, ofreciéndole una mano para ayudarla a ponerse de pie—. Pase lo que pase con el banco, ya ha valido la pena.

Elena aceptó su mano, y por un momento, mirando aquel pueblo dormido a través de la ventana, se permitió creer que quizás, contra todo pronóstico, las piezas realmente podrían encajar.

En medio de las largas noches de trabajo con las proyecciones financieras, Elena encontró un momento inesperado de conexión con Rosario que no tenía nada que ver con números ni bancos.

Fue una noche particularmente tarde, cuando ambas se encontraron en la cocina incapaces de dormir, cada una cargando sus propias preocupaciones.

—¿Alguna vez pensaste en dejar todo esto? —preguntó Elena, sirviendo té para las dos—. Cuando las cosas se pusieron realmente difíciles con la librería, quiero decir.

—Todos los días, durante un tiempo. —Rosario envolvió las manos alrededor de su taza, buscando el calor—. Después de que tu abuelo murió, pensé seriamente en vender y mudarme cerca de tu madre, en Vigo. Habría sido más fácil, sin duda.

—¿Por qué no lo hiciste?

—Porque cada vez que entraba en esta librería, sentía que él seguía aquí, en cierto modo.

—Rosario sonrió, con una tristeza dulce—.

En las estanterías que construyó, en los libros que eligió para la colección, en las historias que solía contarle a los clientes.

Vender hubiera sido perderlo de una manera que no estaba lista para afrontar.

—¿Y ahora? ¿Todavía sientes eso?

—Ahora siento algo distinto. —Rosario consideró la pregunta con cuidado—.

Ahora siento que esta librería está empezando una nueva vida, gracias a ti y a Mateo.

Y en cierta manera, eso también es una forma de honrar su memoria: no dejar que las cosas que él amó se queden congeladas en el pasado, sino permitir que crezcan y cambien.

La conversación se quedó con Elena, dándole una perspectiva renovada sobre el trabajo que estaba realizando: no se trataba solo de salvar un negocio o de complacer a un banco escéptico, sino de participar en algo mucho más profundo, la continuación de una historia familiar que se extendía mucho más allá de su propia vida individual.

Durante una de las pausas en el maratoniano trabajo nocturno con las proyecciones financieras, Mateo compartió con Elena algo que llevaba tiempo queriendo contarle: la historia detrás de por qué había decidido, siete años atrás, quedarse trabajando con su padre en vez de considerar otras opciones que en su momento también se le habían presentado.

—Tuve la oportunidad de hacer un aprendizaje especializado en restauración de muebles antiguos en Santiago —confesó, mientras ambos hacían una pausa para tomar café—. Era exactamente el tipo de trabajo que me apasionaba, más artístico que la carpintería funcional que hago normalmente.

—¿Por qué no lo hiciste?

—Porque justo en esa época tú te fuiste a Madrid, y mi padre tuvo un problema de salud que requirió que alguien se hiciera cargo del taller a tiempo completo.

—Mateo se encogió de hombros, aunque Elena pudo percibir el peso de la decisión detrás del gesto casual—.

Entre las dos cosas, decidí que quedarme en Robledal era lo correcto, aunque significara posponer indefinidamente esa otra pasión.

—¿Te arrepientes?

—A veces me pregunto qué hubiera pasado.

—Mateo consideró la pregunta con honestidad—.

Pero también sé que si me hubiera ido entonces, probablemente no estaríamos teniendo esta conversación ahora.

Las decisiones que tomamos, incluso las que implican sacrificios, terminan formando el camino que nos trae a donde estamos.

La confesión le dio a Elena una nueva perspectiva sobre los sacrificios silenciosos que Mateo había hecho a lo largo de los años, sacrificios que nunca había mencionado ni utilizado como excusa para hacerla sentir culpable por su propia partida, un gesto de generosidad emocional que ella apreciaba cada vez más a medida que conocía mejor la profundidad de su carácter.

Durante una de las noches de trabajo intensivo en el plan de negocio, Rosario se unió a Elena y Mateo con una caja de documentos antiguos que había encontrado mientras buscaba información adicional sobre el historial financiero de la librería: correspondencia entre su difunto esposo y varios proveedores a lo largo de las décadas, algunos contratos antiguos con distribuidores de libros que ya no existían, e incluso una serie de cartas de agradecimiento de clientes que habían encontrado en la librería libros que buscaban desde hacía años.

—Pensé que esto podría ser útil para entender mejor la historia comercial completa —dijo Rosario, extendiendo los documentos sobre la mesa—.

También pensé que os gustaría ver algunas de estas cartas.

Muestran el tipo de impacto que esta librería ha tenido en la vida de la gente a lo largo de los años.

Elena leyó varias de las cartas con genuina emoción, encontrando testimonios conmovedores sobre cómo la librería había ayudado a estudiantes a encontrar libros de texto difíciles de conseguir, cómo había servido como punto de encuentro para grupos de lectura informales décadas antes de que Elena considerara crear uno oficial, e incluso una carta particularmente emotiva de un hombre que agradecía a Rosario por haberle recomendado, años atrás, un libro que según él le había ayudado a superar un período de depresión severa.

—Esto debería formar parte de nuestra narrativa para el banco —sugirió Elena, súbitamente inspirada—. No solo números y proyecciones, sino evidencia tangible del impacto social real que esta librería ha tenido en la comunidad durante generaciones.

—¿Crees que a un banco le importaría algo así? —preguntó Mateo, aunque su tono sugería que él también veía el valor potencial de la idea.

—Quizás no directamente, pero podría ayudar a humanizar la solicitud, a mostrar que no estamos pidiendo dinero solo para salvar un negocio abstracto, sino para preservar algo que genuinamente importa a la comunidad.

—Elena ya estaba pensando en cómo incorporar algunos extractos de estas cartas, con el permiso apropiado, en su presentación final.

Durante una pausa breve en el trabajo nocturno con las proyecciones, Mateo preparó chocolate caliente para los tres, un gesto simple pero significativo que Elena empezaba a reconocer como parte del lenguaje de cuidado particular que él expresaba a través de acciones prácticas más que palabras elaboradas, una cualidad que apreciaba cada vez más a medida que profundizaba su conocimiento de su carácter.