Las hojas que nos quedan
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Capítulo 1 — El regreso
El autobús dejó a Elena Castillo en la plaza de Robledal poco después de las cuatro de la tarde, cuando la luz de octubre ya empezaba a inclinarse hacia el color miel que solo existía, pensó ella, en los pueblos que uno no visita hace demasiado tiempo.
No había cambiado casi nada. La fuente seguía seca en el centro de la plaza, decorada ahora con un cerco de calabazas que alguien —probablemente doña Pilar, siempre doña Pilar— había colocado con esmero excesivo.
Las casas de piedra apretaban sus tejados unos contra otros como si se dieran calor.
Y al fondo, en la esquina donde la calle Mayor se curvaba hacia la iglesia, estaba la librería.
Páginas de Otoño. El cartel de madera colgaba un poco torcido, tal como Elena lo recordaba desde niña, tal como probablemente llevaba torcido los últimos veinte años sin que a nadie se le ocurriera enderezarlo.
Arrastró su maleta por el empedrado, sintiendo que cada rueda protestaba contra las piedras irregulares, y se preguntó, no por primera vez desde que había tomado la decisión, si aquello no sería un error monumental.
Dejar el trabajo —bueno, pedir una excedencia, que sonaba menos dramático pero no lo era menos— para volver durante dos meses a arreglar los problemas de una librería que llevaba años dando pérdidas no era precisamente el tipo de decisión que su vida en Madrid la había entrenado para tomar.
Pero la llamada de su abuela había sido clara, aunque la voz le temblara al otro lado del teléfono.
—Van a comprarla, Elenita. El banco del pueblo ya no quiere refinanciar, y el hijo de los Ordóñez ofreció comprar el local para hacer un apartamento turístico. Si no encontramos algo antes de que llegue la primera nevada, la librería se cierra.
Y así, sin pensarlo demasiado —o pensándolo tanto que terminó por no pensarlo en absoluto—, Elena había hecho las maletas.
La campanilla de la puerta sonó con el mismo tintineo desafinado de siempre cuando entró. El olor a papel viejo y a café recién hecho la envolvió como una manta.
—¡Ya era hora! —La abuela Rosario apareció detrás de una torre de libros sin catalogar, con las gafas colgando de una cadena sobre el pecho y una sonrisa que le arrugaba toda la cara—. Pensé que te habías arrepentido en la estación.
—Casi. —Elena la abrazó, y por un segundo todo el cansancio del viaje se disolvió en el olor a lavanda de su abuela—. El autobús de Ourense se retrasó una hora.
—Siempre se retrasa. Es tradición del pueblo.
—Rosario la soltó y la miró de arriba abajo, con esa mirada que solo las abuelas gallegas parecían dominar, capaz de evaluar el estado emocional completo de una persona en tres segundos—.
Estás flaca. Y tienes ojeras de estar mirando una pantalla catorce horas al día.
—Doce, como mucho.
—Da igual. Esta noche cenas caldo.
Elena rio, y fue un sonido extraño, como si llevara mucho sin usar esa parte de sí misma.
Estaba a punto de preguntar por los números de la librería —porque para eso había venido, al fin y al cabo, para intentar salvar aquel negocio con lo poco que sabía de estrategia y comunicación— cuando la campanilla volvió a sonar detrás de ella.
—Rosario, te traje las cajas que... —La voz se cortó a media frase.
Elena se giró.
Mateo Vidal estaba en el umbral, con una caja de madera bajo el brazo y una expresión que pasó, en el espacio de un segundo, por la sorpresa, la incredulidad y algo más que ella no supo nombrar del todo.
Había crecido. Por supuesto que había crecido, pensó Elena, con una punzada de estupidez ante su propio pensamiento; los dos tenían treinta y un años, no dieciséis.
Pero había algo desconcertante en ver al chico flaco y desgarbado que se subía a los manzanos del huerto de su abuela convertido en aquel hombre de hombros anchos y barba de tres días, con las manos ásperas de quien trabaja la madera y no un teclado.
—Elena. —Dijo su nombre como si comprobara que la palabra seguía funcionando.
—Mateo.
Un silencio se instaló entre ellos, denso como solo pueden serlo los silencios entre dos personas que se dijeron adiós de mala manera hace siete años y nunca hablaron de ello.
Fue la abuela Rosario quien lo rompió, con la practicidad despiadada de quien ha vivido demasiado para tener paciencia con las tensiones ajenas.
—Bueno, ya que estáis los dos aquí parados como dos bacalaos, Mateo, deja esa caja y ayuda a Elena a subir la maleta al piso de arriba. Yo voy a poner el caldo.
—Abuela, no hace falta que...
—Puedo yo sola con...
—He dicho que ya está decidido. —Rosario desapareció hacia la trastienda con una autoridad que no admitía réplica, dejándolos solos junto a las estanterías polvorientas, rodeados de libros que nadie parecía comprar ya.
Mateo dejó la caja sobre el mostrador y se acercó, sin mirarla del todo a los ojos.
—Tu abuela me contó que ibas a venir. No pensé que fuera tan pronto.
—Yo tampoco lo pensé. —Elena se cruzó de brazos, sintiendo el frío de octubre que aún se le había quedado pegado a la ropa desde la calle—. Parece que la librería está peor de lo que imaginaba.
—Está mal. —Mateo se pasó una mano por el pelo, un gesto que Elena reconoció con una nitidez incómoda: era el mismo gesto que hacía de adolescente cuando no sabía cómo decir algo difícil—.
Llevo intentando ayudar a Rosario con las cuentas y con arreglos, pero no soy exactamente un experto en salvar negocios. Solo sé hacer estanterías.
—Y aparentemente traer cajas.
Una sonrisa, breve pero real, cruzó el rostro de Mateo.
—Y traer cajas.
Elena cogió el asa de su maleta, decidida a poner fin a aquel momento antes de que se convirtiera en algo más complicado de lo que estaba dispuesta a manejar en su primer día de vuelta.
—Puedo sola con esto.
—Ya lo sé. —Mateo la miró entonces, de verdad, por primera vez desde que había entrado—. Pero mi madre me mataría si me viera dejarte subir esa maleta tú sola por esa escalera, así que.
Así que la cogió antes de que ella pudiera protestar, y subió los peldaños de madera crujiente hacia el piso donde Elena dormiría los próximos dos meses, dejándola abajo con el corazón latiendo a un ritmo que no tenía absolutamente nada que ver con el cansancio del viaje.
Fuera, las primeras hojas de octubre empezaban a caer sobre la plaza de Robledal, y en algún lugar de la iglesia, alguien ensayaba las campanas para el festival que llegaría, como cada año, cuando el otoño estuviera en su punto más dorado.
Elena no lo sabía todavía, pero el reloj ya había empezado a correr.
Elena se quedó un momento más en el umbral de la librería después de que Mateo desapareciera escaleras arriba con su maleta, dejando que sus ojos recorrieran cada rincón del local con la atención de quien busca, sin admitirlo del todo, pruebas de que el lugar todavía merece la pena salvarse.
Las estanterías de roble oscuro, talladas por su propio abuelo décadas atrás, conservaban las mismas muescas y arañazos que ella recordaba de su infancia, cuando se escondía entre ellas jugando a que era una exploradora perdida en una biblioteca encantada.
El mostrador de madera, pulido por años de manos apoyándose en él, tenía todavía la pequeña quemadura de cigarrillo que un cliente distraído había dejado en 1987, según la leyenda familiar que su abuelo repetía cada vez que alguien la señalaba.
Se acercó a la sección de poesía, la más pequeña de todas, y pasó los dedos por los lomos desgastados de una colección de Rosalía de Castro que reconoció de inmediato: la misma edición que su abuelo leía en voz alta los domingos por la tarde, cuando ella todavía era lo bastante pequeña para sentarse en su regazo sin que le resultara extraño.
—Sigue ahí, ¿verdad? —La voz de Rosario la sobresaltó desde la puerta de la trastienda—. El libro de tu abuelo.
—Pensé que lo habrías vendido hace años.
—Hay libros que no se venden. —Rosario se acercó, y por un momento las dos se quedaron en silencio frente a la estantería, cada una perdida en sus propios recuerdos de un hombre que llevaba diez años sin pisar aquella librería—. Se quedan ahí, esperando a que alguien vuelva a necesitarlos.
Elena sintió que se le cerraba la garganta, una emoción inesperada que atribuyó, al menos en parte, al cansancio del viaje y a la sobrecarga sensorial de estar de vuelta en un lugar tan cargado de memoria. Cerró el libro con cuidado y lo devolvió a su sitio exacto en la estantería.
—Vamos a necesitar más que nostalgia para salvar este sitio, abuela.
—Lo sé. —Rosario sonrió, con esa mezcla de tristeza y determinación que Elena empezaba a reconocer como su expresión por defecto desde que había llegado—. Pero la nostalgia no está de más para empezar.
Esa noche, después del caldo prometido y de una conversación superficial sobre el viaje que evitó cuidadosamente cualquier mención a Mateo, Elena subió al pequeño dormitorio bajo el tejado que había sido suyo de niña.
La cama era distinta —su abuela había cambiado el colchón en algún momento de los últimos quince años—, pero el papel pintado con flores descoloridas seguía siendo el mismo, y la ventana todavía se abría con el mismo chirrido particular que Elena recordaba haber usado, de adolescente, para escaparse a escondidas a encontrarse con Mateo en el huerto, cuando ambos tenían la edad suficiente para creer que las noches de verano eran infinitas.
Se asomó a esa ventana ahora, observando la plaza a oscuras, el contorno apenas visible de la fuente seca, la silueta familiar de los tejados de piedra recortándose contra un cielo cuajado de estrellas que Madrid nunca le permitía ver con tanta claridad.
En algún lugar de aquel pueblo, Mateo Vidal estaría cenando con sus propios padres, quizás pensando en ella con la misma intensidad confusa con la que ella pensaba en él, o quizás no pensando en nada de eso en absoluto, simplemente viviendo su vida como llevaba haciendo los últimos siete años sin que ella formara parte de ella.