Las estrellas que perseguimos (Amor y otros sueños 5) Capítulo 38
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Capítulo 38

Capítulo Treinta Y Ocho

Kjell

Vuelvo a mirar el reloj antiguo que hay sobre la chimenea del salón de la villa Blohm.

Las nueve menos veinte.

¿Dónde está?

Lo que tengo que hacer hoy ya me oprime el pecho. Pero ahora, al miedo a su reacción, se suma la preocupación por Sky.

¿Y si algún reportero la interceptara de camino a casa? ¿Y si los equipos de cámara se enteraran de que estaba aquí y se apostaran frente a la sede de Touch av lyx ?

Saco el teléfono del bolsillo y marco su número.

No suena. Solo salta el buzón de voz.

—¿Dónde estás, Sky? —digo después del pitido—. Me estoy volviendo loco de preocupación por ti. Por favor, dime que estás bien. O cómo puedo ayudarte, qué necesitas o...

La grabación termina con un clic.

Me paso las manos por el pelo. Algo no va bien. Ella no me dejaría esperando tanto tiempo sin dar señales de vida.

Jamás.

Cruzo el salón a toda prisa hacia el pasillo para ponerme la chaqueta y los zapatos. Luego abro de golpe la puerta principal… y me quedo paralizado a mitad de movimiento.

Sky.

Con expresión distante, está justo en el umbral. Tiene los labios amoratados, las mejillas hundidas.

Al verla, me quedo helado y me acerco a ella.

— Hej —digo con suavidad e intento abrazarla, pero enseguida se aparta—. ¿Qué pasa?

Durante un rato se limita a mirarme fijamente, como si estuviera valorando de qué forma podría hacerme el mayor daño posible.

—¿Qué pasa? ¿De verdad quieres saberlo? —pregunta por fin, con un tono tan frío que el viento invernal sueco parece una brisa suave en comparación—. ¿Acaso no lo sabes?

Niego con la cabeza e intento volver a abrazarla.

—Ni se te ocurra tocarme —sisea, furiosa.

—Vale —respondo, cada vez más inquieto, y pongo algo de distancia entre nosotros—. Pero al menos entremos.

Aunque el labio inferior le tiembla y los rizos están cubiertos por una capa de escarcha, no se mueve.

—No voy a ir a ninguna parte contigo.

Así que su humor tiene algo que ver conmigo.

¿Lo ha descubierto? Por favor, que no. No ahora. Ni así. Una oleada de pánico me recorre y me deja sin aliento.

—Vete de aquí. —Me clava la mirada y destila el mismo desprecio que en Polarnatt.

«Eres un pedazo de inútil» me decía borracha por aquel entonces.

Lo sabe, de algún modo lo sabe.

—Déjame explicarte...

—Tus mentiras no me valen —me corta—. Desaparece. No quiero volver a verte nunca más.

No, no puede simplemente echarme. No sin darme la oportunidad de arreglar las cosas. Presa de un pánico helado, la agarro de los brazos. Esto es demasiado importante; tengo que luchar por ello.

—Escúchame, Sky. Por favor.

Ella aparta mis manos con brusquedad.

—¿Para qué? ¿Para que sigas manipulándome? —me fulmina, encendida de rabia—. Ya no soy la pobre e ingenua Sky de antes. —La voz le tiembla peligrosamente—. Y tú no eres nadie, un cabrón retorcido que sería capaz de pisar a quien fuera.

Me quedo sin palabras. La manera en que me mira por encima del hombro, la barbilla alzada con soberbia, la contundencia irrevocable de su voz.

Ahí está otra vez, la Sky de antes.

Y duele más de lo que jamás habría imaginado ni en mis peores pesadillas.

—¿Quién eres? —murmuro, paralizado ante una verdad completamente nueva que empieza a abrirse paso en mí.

Sí, cometí un error, un puto error enorme. Ni siquiera sé en qué momento exacto, porque tardé en darme cuenta de en qué me estaba metiendo. Pero ella ni siquiera me da la oportunidad de explicarme. Es como si le diera igual lo que alguna vez hubo entre nosotros.

Como si le diera igual yo y todo lo que he intentado conseguir por ella.

—Al señor Muckraker probablemente le gustaría saber —prosigue— dónde piensas publicar la historia. ¿En Sanningens Ögonblick ? ¿O en Ryktesspegeln ?

Me quedo helado.

¿También conoce Ryktesspegeln ?

Sky me aparta y se dirige hacia la entrada, y se detiene con la espalda temblorosa.

—Date una vuelta y curiosea un poco. Eso se te da de maravilla, al fin y al cabo. Así encontrarás la respuesta y podrás destriparla a tu antojo.

Me muerdo el labio inferior, porque cualquier palabra que se forme ahora mismo en mi boca solo empeoraría las cosas.

De pronto se gira.

—Mañana mis abogados te enviarán un acuerdo de confidencialidad y lo vas a firmar. ¿Te ha quedado claro? —me increpa con un tono amenazante.

¿De verdad cree que sería capaz de publicar su historia sin su permiso?

¿Se ha vuelto loca?

La miro sin dar crédito: el mismo rostro que ayer me parecía tan hermoso es ahora solo una mueca de desprecio.

Hasta este momento ella lo ha sido todo para mí. No solo puse en juego el futuro de Sanningens Ögonblick , también mi amistad con Jakob, por protegerla.

—¿De verdad crees que publicaría una sola palabra sin tu consentimiento?

El pecho se me retuerce de dolor. Si eso es lo que piensas, entonces nada de lo nuestro fue nunca auténtico.

—No te conozco, Kjell Mattson —escupe, con un odio puro en la mirada—. Lo único que sé es que eres más mentiroso de lo que lo fueron tus padres.

Es increíble con qué precisión hunde el dedo en la llaga sin siquiera pestañear.

En los últimos meses he cometido errores. Pero mi mayor error fue creer que ella era distinta de la persona que conocí en Polarnatt .

—Así que esta es tu verdadera cara —digo, profundamente herido por el odio que acaba de lanzarme y por la forma en que me niega siquiera la oportunidad de explicarle mi error.

—Desaparece —grita con una voz estridente—. No quiero volver a verte nunca más.

Al menos en eso estamos de acuerdo. Sin decir una palabra más, me doy la vuelta. Recorro el sendero pavimentado hacia la verja, con la certeza de sentir su mirada taladrándome la espalda.

Suena su teléfono.

— Hej , June —dice con total aplomo.

Sigo caminando. Cada paso me acerca a la verja de la salida. Cuando apoyo la mano en el picaporte, oigo a Sky sollozar en voz baja.

Ese sonido me recorre la espalda como un escalofrío, aunque ya no debería afectarme. Con todas mis fuerzas, reprimo lo que mi estúpido corazón querría hacer.

No voy a volver. No voy a consolarla. Ella es tan distinta de quien fingía ser como yo.

Ese es el único pensamiento que me permito. Porque no soporto nada más.

Con prisa, aprieto el picaporte de la verja de hierro forjado y salgo a la calle.