Capítulo 34
Capítulo Treinta Y Cuatro
Kjell
Algo ha cambiado en Sky desde que habló con su madre.
La dulzura ha desaparecido de su expresión y la mandíbula se le ha endurecido.
Agarra el volante con tanta fuerza que se le ponen blancos los nudillos.
Mantiene la mirada clavada con tozudez en la carretera.
Yo la imito, porque no tengo ni idea de cómo reaccionar ante su cambio de humor.
La carretera está perfectamente despejada, pero se amontona mucha nieve a los lados. Refleja el escaso sol de la tarde, que se apaga en el horizonte frente a nosotros.
Ella sigue callada, así que tomo la iniciativa.
—Cuéntame. ¿Qué tal ha ido?
—Bien. —Se encoge de hombros, con la espalda tensa.
—¿Qué te dijo? —Alargo la mano hacia su brazo y se lo acaricio con suavidad, dejando claro lo preocupado que estoy.
Durante una fracción de segundo gira la cabeza hacia mí, con los ojos cerrados.
—De todo un poco.
Aunque intento leer su lenguaje corporal, no consigo averiguar qué le pasa. Hay demasiadas posibilidades.
—¿Averiguaste la verdad sobre el divorcio?
Asiente distraída y luego se masajea las sienes. Fuera lo que fuera lo que habló con su madre, la ha dejado confundida. No acaba de encajarlo y no sabe qué pensar.
—No tenemos que hablar de eso si no quieres —digo, acariciándole de nuevo el brazo. Aunque me encantaría saber si mi idea de que visitara a su madre ayudó a Sky a encontrarse un poco más a sí misma. A ganar una nueva perspectiva sobre su vida y sobre cómo la trató su padre.
Acciona el intermitente y se incorpora hacia la autopista en dirección al aeropuerto. Pasamos junto a un bosque desnudo y a un lago largo y serpenteante que se rinde enseguida a la oscuridad.
Es entonces cuando las veo.
Unas auroras boreales bailan en un tono azul verdoso intensísimo sobre el cielo. Iluminan el paisaje y bañan el mundo invernal con una luz mágica. Es un espectáculo que rara vez se ve en Estocolmo. Ojalá pudiera disfrutar de la vista, pero el silencio de Sky me supone demasiado sufrimiento.
Durante todo el trayecto, sigue mirando el juego de luces en el horizonte, mordiéndose el labio inferior y parpadeando con una frecuencia sospechosa.
—Con tu despedida, daba la impresión de que te habías reconciliado con ella —insisto de nuevo, incapaz de soportar su silencio.
Las comisuras de sus labios se curvan ligeramente.
—Sí.
¿Sí? ¿Nada más? ¿No va a contarme nada?
¿Por qué?
Rebobino en mi memoria. Cuando entramos en la casa, todo estaba bien. Su comportamiento extraño no puede tener nada que ver conmigo.
Salió de la habitación cuando yo estaba estirando las piernas y, a partir de ese momento, parecía un conejo asustado. Luego, en la despedida… sí, eso es… le mintió a su madre. ¿Por qué?
—¿Por qué dijiste que teníamos compromisos y que teníamos que irnos? —le pregunto sin rodeos—. No tenemos ningún compromiso. Al menos, que yo sepa.
En lugar de responderme, aprieta los labios.
Su rechazo me duele. No quiero esta distancia entre nosotros; quiero estar ahí para ella.
—Escucha… —empiezo con cautela, buscando las palabras adecuadas para volver a acercarme a ella.
—Déjalo —Sky niega con fuerza—. Por favor, Kjell, dame tiempo para ordenar mis pensamientos.
En sus palabras resuena un tono suplicante, casi al borde del llanto. Como si no pudiera soportar todas mis preguntas.
Enciende la radio y sube la música tan alto que tendríamos que gritar para oírnos.
Retiro la mano de su brazo y me hundo más en el asiento. Contemplo las auroras boreales y me muerdo la lengua.
Aquí pasa algo muy grave. El malestar en el estómago se intensifica hasta convertirse en un calambre en toda regla. Intento respirar hondo, pero no sirve de nada.
Porque hay una cosa que explicaría su comportamiento.
¿Y si su madre me hubiera reconocido?
No, por favor, eso no. No puede ser.
Pero, aunque fuera otra cosa, sigue habiendo un problema: con cada día que pasa, el vacío dentro de mí se hace más grande. Hasta ahora he logrado soportarlo, por Sky. Pero ahora mismo parece que mi mentira ni siquiera la protege; puede que lo esté empeorando todo.
Maldita sea. ¿Y ahora qué hago?
Confesarle la verdad. Ahora mismo.
Antes de que todo se derrumbe. ¿O será precisamente eso lo que termine por estropear todo?
Cuando el teléfono vibra en mi bolsillo, estoy a punto de sufrir un ataque de pánico. Respiro entrecortado mientras lo saco. En la pantalla de bloqueo aparece un mensaje nuevo de Jakob del que alcanzo a ver escasas palabras.
Mierda, Kjell…
Un escalofrío helado recorre mi espalda.
¿Ha llegado el final? ¿Tiene que declararse en quiebra Sanningens Ögonblick antes de lo que temíamos? ¿Solo porque no fui capaz de entregar suficientes artículos para Ryktesspegeln ?
Mierda.
Desbloqueo la pantalla a toda prisa para leer el resto de su mensaje.
Mierda, Kjell ¿Cómo pudiste traicionarme así?
Siento que la sangre se me hiela en las venas.